Se
acababa el día de la madre, y mientras escribía esto se me prendía fuego la
compu.
Por
eso recién lo subo hoy
Hace
quince días caminamos con Ceci a Luján. Nos encontramos en la puerta de San
Patricio a las 8.00 y a las 10.30 el colectivo nos dejó en el terraplén de la
General Paz. Parecía que iba a hacer calor, era la primera vez que caminábamos
las dos desde Liniers. Llegamos a Luján a la 1 y media de la mañana, agotadas.
A mí se me habían hecho unas ampollas en donde la planta del pie se junta con
los dedos. Sentía como si tuviera una serie de cuchillos que se me iban
clavando de a poco.
Hay
cuatro paradas antes de Luján: Castelar, Merlo, La Reja y Rodríguez. En cada
parada comíamos bananas, tomábamos jugo, hacíamos pis y seguíamos viaje. En
Rodríguez nos vendaron los pies. Por eso la primera vez que sentí esos
cuchillos pensé que era la tela adhesiva que se me había salido. Paré al
costado y ví que no, que eran las ampollas. De todas formas llegué. Creo que
porque hice un poco de trampa: había decidido dividir cada tramo pensando en
cada una de mis hijas y de mis hijos.
Desde
Liniers hasta Castelar fue lo más fácil. Valen y Pili, grandes con complicaciones
de grandes. Pili estaba en Bariloche, cuando volvió una semana después bajó del
colectivo diciéndome “tuve fiebre gede”. Desconozco la palabra pero entendí que
había tenido mucha fiebre. Al día siguiente fue a una guardia, le dieron
antibióticos. Ahora está decidiendo qué va a estudiar. Cuando llegué a Castelar
me entró un wa que Valen acababa de llegar a Italia con la abuela, pasearon
diez días por el sur. También está armando su futuro. Sin antibióticos.
Cuando
salimos para Merlo era mediodía, teníamos el sol justo en la cabeza. La primera
mitad del trayecto me tocaba Felipe. El asfalto ya me quemaba los pies. Le
pregunté a Ceci por Franco, el amigo de Felipe del jardín, pero no sabía nada,
ella tampoco lo había visto más en la puerta del cole; tendría que estar en
tercer año. Después me empecé a acordar de Maite cuando era chiquita, cuando la
traía del jardín, parábamos siempre en un kiosco y una vez se cayó en el agua
podrida. Hacía demasiado calor, nos desviamos unas cuadras del camino principal
y paramos en la plaza de Merlo.
Desde
Merlo hasta La Reja Sonsi y Consu. De frente hacia el oeste. El sol en los
ojos. Me empezaba a doler el cuerpo. Dos nenas tan diferentes y tan seguidas. Sonsi
está creciendo en sus nubes. De Consu dicen todos que es mi preferida. Puede
ser. El sol me tapaba los ojos. En La Reja me puse unas curitas. Hasta
Rodríguez Ruli y Octi. Raro que quede separado de Estani. Me lo acordé en neo,
cuando el cirujano me dijo no hay que operarlo, se va a poner bien y yo me
largué a llorar como si hubiera entendido al revés y el cirujano me miró como pensando esta mujer está loca. Y Ruli la de los ojos fuertes, mi nena más
despierta.
De
Rodríguez ya salimos de noche. Es el trayecto más largo. Me tocaban tres:
Estani que aprendió a leer, Toto que es un bebote y Lolita que ya nos agarró
viejos. Cuando me cansaba mucho me acordaba de todos. En ese momento me empezó
a funcionar el wa y recibí un montón de mensajes de gente muy querida. Algunos
sabían que estaba caminando, otros no. Estaba muy oscuro y en algunos lugares
había olor a agua estancada y a perros muertos. Seguimos. Llegamos. Antes de
caer dormida en el colectivo que nos traía de vuelta le conté a Ceci cómo había
armado el camino; ella me contó que estaba cansadísima pero cuando llegó en lo primero que pensó fue
en Hada.
Y eso
debe ser la maternidad: astilladas, con
cuchillos, con el sol quemándonos la cabeza o con los ojos en el medio de las
tinieblas, tratar siempre de seguir adelante hacia algún lado.