lunes, 24 de julio de 2017

Meses





En distancias y no en tiempo en estos meses pasaron algunas cosas.
Por diversas razones no tuve ganas de escribir ninguna;  pasaron igual.

I

Un domingo de mayo, de superclásico nos subimos con Xime a mi Nissan nuevo, azul eléctrico, brillante, un poco más lindo que el que quise siempre, rumbo a Jujuy.
Viajamos todo el día y paramos a dormir en Ojo de Agua. Habíamos reservado un hotel al borde de la ruta, al lado de una estación de servicio. Llegamos cuando se estaba haciendo de noche, justo cuando River con un gol ampliaba la diferencia y remataba el partido. El bar de la YPF, lleno de hinchas millonarios, explotó de alegría.
Pero nosotras estábamos más atentas a un fantasma que nos había acompañado todo el trayecto anunciándose bajo diversas formas: una figura negra que cruzó la ruta desierta cuando empezaba a llover, el celu que nos marcaba dos horas distintas, el cementerio que descubrimos al lado del hotel y el relato, encontrado por Xime en Internet,  de la aparición de un fantasma en una foto que habían sacado dos chicas de Ojo de Agua en Jujuy. Y el remate, que me contó recién al día siguiente cuando un sol tranquilizador disolvía las gotitas de escarcha de las ópticas del Nissan que habían recibido durante la noche su bautismo de fuego: una de las chicas que compartía la foto con el fantasma se llamaba Ximena.

II
La semana en Jujuy la pasamos entre paseos y un congreso.
Subimos a alturas y a paisajes impensados, mascamos coca, nos reímos de todo y de todos.
En Purmamarca comí un chivito riquísimo.
En Humahuaca compré habas, mote y papines de todos los colores. Verdes, marrones, naranjas, violetas que después Luis iba cocinar con brie de cabra .
En el penal de Alto Comedero conversamos con Milagro sobre las mujeres de siete polleras,  la piel  oscura y el fútbol. Al despedirnos  la abracé fuerte y le pedí que cuando estuviera libre me invitara a atajar en su equipo.
Ya  en la ruta de regreso pudimos ver en los campos de soja de Santiago del Estero los suris que la Puna nos había retaceado.  
Hace ocho años Salta, ahora Jujuy. Manejar miles de kilómetros hacia el norte es mi antídoto contra la tristeza.

III
El mes siguiente se pasó entre la gripe A, los pintores y la corrección de las galeras del libro de Meneca. Por primera vez en mi vida tuve que ir a una guardia: elegí una a dos cuadras de mi casa de Plaza. Volé de fiebre durante tres días y me perdí la fiesta de aniversario del  Zamorano.
Unos días después Valen se fue a New York y terminó de hacerme dar cuenta lo grande que está. En unos meses cumple la edad que yo tenía cuando nació ella. A veces peleamos. El otro día me peleé con Pili, que también está muy grande, porque me pidió que le comprara unas entradas para Coldplay, me enojé tanto que estuve despierta gran parte de la noche. A la mañana me arrepentí, la abracé llorando y le regalé dos entradas. La semana siguiente le dije a Valen que no podía tener como único interés ir a bailar. “Estoy de vacaciones, promocioné todas las materias y el año que viene me recibo” me contestó.
Y es cierto.
La sensación de que tengo la edad justa para las cuatro nenas del medio; de que estoy joven para las grandes y sin paciencia para los chiquitos. Se la conté a Fabiana en el Martinez nuevo que abrieron por acá cerca. Se la conté el otro día a Soledad en la puerta de su casa. Y me quedé bastante contenta con mi propia interpretación. Me faltó Enru.

IV
Las pruebas del libro de Meneca me demandaron dos semanas.  Al final ya no leía el contenido de los capítulos, sólo corregía con colores los errores y cuestiones formales. Uno de los últimos días, cuando ya las letras bailaban todas iguales ante mis ojos, encontré, de casualidad, un  trabajo sobre novelas en que las hijas hablan de sus madres. La autora recorría textos de escritoras españolas contemporáneas y definía para todos ellos algo así como un género: la evocación de la madre muerta. Definía también un estado post pérdida en el que se vuelven a pensar no solo las relaciones de maternidad hacia arriba sino también hacia abajo. Quedé contenta, desde la literatura podía explicarse mi furia  contra las entradas de Coldplay o contra los bailes de Valen.

V
Así pasé estos meses, saliendo de casa solo para llevar y traer niños o para ir a jugar al fútbol. En agosto voy a tratar de empezar un año al que todavía no me pude subir y que debería no haber empezado nunca.
Algunas perspectivas: viajar a Mendoza, empezar a jugar un campeonato en las canchitas de Palermo, escribir la historia de la arquera que se va vestida de hombre a jugar un mundial a la URSS, canjear unos puntos para ir a ver a Bon Jovi en la cancha de Vélez , retomar la calma.
Como siempre la vida sigue.