En distancias y no en
tiempo en estos meses pasaron algunas cosas.
Por diversas razones no
tuve ganas de escribir ninguna; pasaron
igual.
I
Un domingo de mayo, de
superclásico nos subimos con Xime a mi Nissan nuevo, azul eléctrico, brillante,
un poco más lindo que el que quise siempre, rumbo a Jujuy.
Viajamos
todo el día y paramos a dormir en Ojo de Agua. Habíamos reservado un hotel al
borde de la ruta, al lado de una estación de servicio. Llegamos cuando se
estaba haciendo de noche, justo cuando River con un gol ampliaba la diferencia
y remataba el partido. El bar de la YPF, lleno de hinchas millonarios, explotó
de alegría.
Pero
nosotras estábamos más atentas a un fantasma que nos había acompañado todo el
trayecto anunciándose bajo diversas formas: una figura negra que cruzó la ruta
desierta cuando empezaba a llover, el celu que nos marcaba dos horas distintas,
el cementerio que descubrimos al lado del hotel y el relato, encontrado por
Xime en Internet, de la aparición de un
fantasma en una foto que habían sacado dos chicas de Ojo de Agua en Jujuy. Y el
remate, que me contó recién al día siguiente cuando un sol tranquilizador
disolvía las gotitas de escarcha de las ópticas del Nissan que habían recibido
durante la noche su bautismo de fuego: una de las chicas que compartía la foto
con el fantasma se llamaba Ximena.
II
La
semana en Jujuy la pasamos entre paseos y un congreso.
Subimos
a alturas y a paisajes impensados, mascamos coca, nos reímos de todo y de
todos.
En
Purmamarca comí un chivito riquísimo.
En
Humahuaca compré habas, mote y papines de todos los colores. Verdes, marrones,
naranjas, violetas que después Luis iba cocinar con brie de cabra .
En
el penal de Alto Comedero conversamos con Milagro sobre las mujeres de siete
polleras, la piel oscura y el fútbol. Al despedirnos la abracé fuerte y le pedí que cuando
estuviera libre me invitara a atajar en su equipo.
Ya
en la ruta de regreso pudimos ver en los
campos de soja de Santiago del Estero los suris que la Puna nos había
retaceado.
Hace
ocho años Salta, ahora Jujuy. Manejar miles de kilómetros hacia el norte es mi
antídoto contra la tristeza.
III
El
mes siguiente se pasó entre la gripe A, los pintores y la corrección de las
galeras del libro de Meneca. Por primera vez en mi vida tuve que ir a una
guardia: elegí una a dos cuadras de mi casa de Plaza. Volé de fiebre durante
tres días y me perdí la fiesta de aniversario del Zamorano.
Unos
días después Valen se fue a New York y terminó de hacerme dar cuenta lo grande
que está. En unos meses cumple la edad que yo tenía cuando nació ella. A veces
peleamos. El otro día me peleé con Pili, que también está muy grande, porque me
pidió que le comprara unas entradas para Coldplay, me enojé tanto que estuve
despierta gran parte de la noche. A la mañana me arrepentí, la abracé llorando
y le regalé dos entradas. La semana siguiente le dije a Valen que no podía
tener como único interés ir a bailar. “Estoy de vacaciones, promocioné todas
las materias y el año que viene me recibo” me contestó.
Y es
cierto.
La
sensación de que tengo la edad justa para las cuatro nenas del medio; de que
estoy joven para las grandes y sin paciencia para los chiquitos. Se la conté a
Fabiana en el Martinez nuevo que abrieron por acá cerca. Se la conté el otro
día a Soledad en la puerta de su casa. Y me quedé bastante contenta con mi
propia interpretación. Me faltó Enru.
IV
Las
pruebas del libro de Meneca me demandaron dos semanas. Al final ya no leía el contenido de los
capítulos, sólo corregía con colores los errores y cuestiones formales. Uno de
los últimos días, cuando ya las letras bailaban todas iguales ante mis ojos,
encontré, de casualidad, un trabajo sobre
novelas en que las hijas hablan de sus madres. La autora recorría textos de escritoras
españolas contemporáneas y definía para todos ellos algo así como un género: la
evocación de la madre muerta. Definía también un estado post pérdida en el que
se vuelven a pensar no solo las relaciones de maternidad hacia arriba sino
también hacia abajo. Quedé contenta, desde la literatura podía explicarse mi
furia contra las entradas de Coldplay o
contra los bailes de Valen.
V
Así
pasé estos meses, saliendo de casa solo para llevar y traer niños o para ir a
jugar al fútbol. En agosto voy a tratar de empezar un año al que todavía no me
pude subir y que debería no haber empezado nunca.
Algunas
perspectivas: viajar a Mendoza, empezar a jugar un campeonato en las canchitas
de Palermo, escribir la historia de la arquera que se va vestida de hombre a
jugar un mundial a la URSS, canjear unos puntos para ir a ver a Bon Jovi en la
cancha de Vélez , retomar la calma.
Como
siempre la vida sigue.