Hay una virtualidad
armónica, transparente, casi secreta.
No tiene nada que ver con
las virtualidades desatadas, compulsivas de los últimos tiempos.
Es la virtualidad del
peregrino
cuando al caminar por
marismas turquesadas,
ve cómo las seis hijas
del pescador cazan focas con arpones,
y canta con voces de
sangre frente al océano que se mezcla con el arroyo
como un centauro
espumoso.
Es la virtualidad de las
soledades: los paisajes sin términos, los días errantes.
Aquella virtualidad en la
que Walter vive en alguna casa de Berisso a principios del siglo XX.
Se levanta temprano cada
mañana, trabaja como mecánico en un frigorífico, junto a obreros
hinchas de Gimnasia.
Walter va los domingos a
la cancha. Pero a la de Estudiantes.
Se sienta en los tablones
que huelen a madera recién cortada y se imagina que la camiseta roja
y blanca es la de algún equipo de su país natal al que va a volver
en unos años pero con otro nombre.
Roja, estrella roja.
Es una buena historia,
pero ya está escrita.
Existe una en la que
todas las tardes Lev Yashin entrena en un arco del Monumental.
Cuatro hombres también
vestidos de negro lo custodian desde el alambrado.
Yashin también lleva
ropa negra pero viste alas, sus guantes reflejan el verde brillante
del pasto.
Las pelotas le caen como
si tuviera, dos, tres, veinte acorazados disparando sus cañones.
Las redes no tiemblan
nunca, solo el viento que viene del río las puede mover un poco.
En la tribuna alguien lo
mira deseando poder volar de esa manera.
Es una buena historia,
pero no le interesa a nadie.
Hay más. Un río de
Frigia famoso por sus cisnes pero cerca. Meandro de Brian.
El único lugar donde el
Riachuelo no fue rectificado, un rulo, una isla de la tierra.
Un ovalo de plata en
cuyas riberas se mezclan el mercurio y la sangre.
En algún lado de esa
vuelta puede verse una cancha entre los álamos
Todos los mediodías el
sol quema como una salamandra que viste estrellas. De la nada
aparecen dos equipos, todas mujeres.
Unas con camisetas rojas,
otras negras.
Juegan toda la tarde. A
veces ganan unas, a veces otras.
Nadie sabe cómo llegan,
ni cómo se van.
De las orillas a veces
les tiran piedras pero nada perturba el fútbol de los días que se
alargan casi como el meandro que no avanza.
Cuando se acaba el
partido escriben un poema.
Para la cancha siempre
usan la misma imagen: esmeralda engastada en mármol.
En algún momento del
atardecer vuelven a cruzar a tierra firme.
Y al día siguiente otra
vez a jugar y a escribir poesía.
Alguna de ellas es una de
las hijas del pescador de la Soledad Segunda, cambió las focas y los
arpones por el arco y los botines.
Todavía no lo sabe.
Es una buena historia,
habría que escribirla.
Un manchón de tinta
negra cayó una de estas tardes sobre mi ejemplar de las Soledades.
Manipulé mal la jeringa
al llenar el cartucho y ahora mis Soledades están manchadas
de negro.
Por no usar la otra
pluma, la que lleva tinta roja, la que uso para escribir en mi
cuaderno cuadriculado.
Hay una virtualidad
armónica, transparente, casi secreta: se logra abriendo cualquier
libro manchado.
En estos días mi
virtualidad es de once, roja, negra, de fútbol y de Góngora.