domingo, 3 de mayo de 2020

Soledades






Hay una virtualidad armónica, transparente, casi secreta.
No tiene nada que ver con las virtualidades desatadas, compulsivas de los últimos tiempos.

Es la virtualidad del peregrino
cuando al caminar por marismas turquesadas,
ve cómo las seis hijas del pescador cazan focas con arpones,
y canta con voces de sangre frente al océano que se mezcla con el arroyo
como un centauro espumoso.

Es la virtualidad de las soledades: los paisajes sin términos, los días errantes.

Aquella virtualidad en la que Walter vive en alguna casa de Berisso a principios del siglo XX.
Se levanta temprano cada mañana, trabaja como mecánico en un frigorífico, junto a obreros hinchas de Gimnasia.
Walter va los domingos a la cancha. Pero a la de Estudiantes.
Se sienta en los tablones que huelen a madera recién cortada y se imagina que la camiseta roja y blanca es la de algún equipo de su país natal al que va a volver en unos años pero con otro nombre.
Roja, estrella roja.
Es una buena historia, pero ya está escrita.

Existe una en la que todas las tardes Lev Yashin entrena en un arco del Monumental.
Cuatro hombres también vestidos de negro lo custodian desde el alambrado.
Yashin también lleva ropa negra pero viste alas, sus guantes reflejan el verde brillante del pasto.
Las pelotas le caen como si tuviera, dos, tres, veinte acorazados disparando sus cañones.
Las redes no tiemblan nunca, solo el viento que viene del río las puede mover un poco.
En la tribuna alguien lo mira deseando poder volar de esa manera.
Es una buena historia, pero no le interesa a nadie.

Hay más. Un río de Frigia famoso por sus cisnes pero cerca. Meandro de Brian.
El único lugar donde el Riachuelo no fue rectificado, un rulo, una isla de la tierra.
Un ovalo de plata en cuyas riberas se mezclan el mercurio y la sangre.
En algún lado de esa vuelta puede verse una cancha entre los álamos
Todos los mediodías el sol quema como una salamandra que viste estrellas. De la nada aparecen dos equipos, todas mujeres.
Unas con camisetas rojas, otras negras.
Juegan toda la tarde. A veces ganan unas, a veces otras.
Nadie sabe cómo llegan, ni cómo se van.
De las orillas a veces les tiran piedras pero nada perturba el fútbol de los días que se alargan casi como el meandro que no avanza.
Cuando se acaba el partido escriben un poema.
Para la cancha siempre usan la misma imagen: esmeralda engastada en mármol.
En algún momento del atardecer vuelven a cruzar a tierra firme.
Y al día siguiente otra vez a jugar y a escribir poesía.
Alguna de ellas es una de las hijas del pescador de la Soledad Segunda, cambió las focas y los arpones por el arco y los botines.
Todavía no lo sabe.
Es una buena historia, habría que escribirla.

Un manchón de tinta negra cayó una de estas tardes sobre mi ejemplar de las Soledades.
Manipulé mal la jeringa al llenar el cartucho y ahora mis Soledades están manchadas de negro.
Por no usar la otra pluma, la que lleva tinta roja, la que uso para escribir en mi cuaderno cuadriculado.

Hay una virtualidad armónica, transparente, casi secreta: se logra abriendo cualquier libro manchado.
En estos días mi virtualidad es de once, roja, negra, de fútbol y de Góngora.