I
El miércoles se murió Diego, el miércoles o no sé cuándo porque a partir de
ahí el tiempo ya no avanzó. En Argentina se paró el sol. En Nápoles se
paró la tarde frente al mar. Y así se fueron congelando todos los paisajes del
mundo. Maradona es el chico de Villa Fiorito, que tenía dos sueños en un video
en blanco y negro con la cinta gastada de tanto rebobinarlo: salir campeón con
la octava y jugar en la selección. Es el jugador de Argentinos Juniors, de esa
Paternal llena de depósitos en la que me quedo trabada siempre que estoy apurada
para llegar a Puan porque camiones gigantes tienen que entrar en garages de un
metro y medio de ancho y mientras espero pensando “no llego a dar el Polifemo”
me doy cuenta de que todas las esquinas están pintadas de rojo y blanco y tienen
dibujos de Maradona en las paredes.
Es el jugador que hizo temblar la
Bombonera y sacó campeón a Boca, ese Boca que tan cerca sentí en algún momento
porque mi abuelo era de Boca, mi hermano es de Boca, me había enamorado de un
pibe que entrenaba en la Candela y era de la Fede y después llegó Luis, también
de Boca.
Y Diego también es el que levantó la copa del mundo en el estadio
Azteca después de bordar gambetas con hilos de oro, como un artista pinta sus
mejores cuadros o así como Góngora escribió el Polifemo. Derroche generoso de
jugadas épicas, festival de goles: Inglaterra, Bélgica o Uruguay.
Es el Diego de
la resistencia en el mundial de Italia, el que defendió los colores, los
símbolos y el fútbol argentino en el país que lo vio consagrarse definitivamente
como el mejor jugador del planeta.
Y es el que fue capaz de reinventarse, de
volverse caleidoscopio, de formar mil y una imágenes y de brindarse
generosamente para que todxs lo reinventaran: el mito Maradona, el negocio
Maradona, la historia Maradona, la vida privada Maradona, la Patria Grande
Maradona. Más equipos, más mundo, más solidaridad, más Argentina, más
resistencia, más Diego.
Seguramente por eso, el miércoles a la tarde la gente
salió a las calles, al Obelisco, a la plaza de Mayo, a la cancha de Boca, a la
cancha de Argentinos Juniors con la tristeza de haber perdido la versión Diego
de cada une. Las paredes y las veredas se llenaron de velas, de fotos, de
banderas, de camisetas, de flores. La incredulidad, las lágrimas, el dolor de
repente cubrieron la atmósfera. En las rejas del hospital Eva Perón, donde nació
alguien pegó una hoja de papel en donde decía Acá nació. Después, el
jueves lloramos en las calles explotadas de gente que avanzaba desbordada como
la lava de un volcán. Lloramos en cada una de las personas que esperó cinco
horas bajo la sombra lila de los jacarandás para poder despedirlo en la casa
Rosada hasta que la ciudad se quedó knock out viendo por dónde se empieza otra
vez.
II
Para mí Maradona es el balcón de la Casa Rosada festejando la copa del
mundo frente a una plaza llena, es la estatua de Belgrano con chicos montados en
el caballo revoleando camisetas argentinas, es el redoblar de bombos de los
pibes del industrial que vinieron a la puerta del colegio y acordaron un festejo
tranquilo y un caminar juntes a Plaza de Mayo, es la fiesta del cuerpo
adolescente coronada porque tu país salió campeón del mundo, el deseo que pido
en vano para mis hijas e hijos cuando les veo crecer tan rápido Mundial a
Mundial.
Y muchas más cosas, tal vez más difíciles de explicar y de compartir:
los silos de Puerto Madero, los granos en el empedrado y el miedo siempre de
cruzar alguna rata que fuera por su alimento cuando volvíamos del campo con
Coni; la tele diminuta de algo parecido a unos foodtrucks que había por Alem y
en la que justo esa tarde de niebla y frío enganchamos en una imagen fantasma el gol.
Es mi hermano en medio de la Puna, ese invierno del '86 en Jujuy que le regaló su Gráfico de Argentina Campeón a un pibe que salió de ahí, de la nada. Es la
celebración que continuó en septiembre, cuando subimos cantando a los gritos
por las escaleras como si el Mundial hubiera sido el día anterior a sacarnos la
foto de la división y la imagen quedó congelada en un par que salieron saltando
y que cuando la vimos dijimos “Parecen Diego en el balcón” .
Y es también la mujer que vendía las medias en Samarkanda y la noticia de la copa América en la
madrugada moscovita.
Más: la damajuana que compramos para ver Argentina-Rumania
en Italia '90 con las chicas de hockey porque todavía no había fútbol para
todas; los bocinazos del tren en la definición contra Yugoslavia un sábado que
me tuve que ir a jugar a San Fernando en medio de los penales mientras en casa
mi papá hacía un asado y en vez de ver a la selección escuchaba en una radio
colgada en la parrilla un programa del fútbol de ascenso; el partido contra
Brasil que ví sola sin poder comentar con nadie semejante lección de aguante y
de magia futbolera; la carta que me escribió Luis el día del partido contra
Italia y se traspapeló entre las páginas de una monografía que entregué para
aprobar Española I.
Y es una tarde en la terraza del Zamorano con mi
hermano y mi primo con las banderas de Argentina y de España esperando
infructuosamente que pasara por la autopista el bondi con los subcampeones de
Italia '90 y la confusión de una pobre mujer que estaba ahí en la terraza salida
de no sé dónde y que mandó “ Bilardo en el '78”.
El miércoles a la noche cuando
ví pasar el cortejo fúnebre por el puente de Avenida San Martín camino a la
cochería de La Paternal envuelto en bocinazos, en gritos y en banderas al viento
me acordé de esa escena y tal vez de todas las otras y me atenazó fuerte la sensación de que
además de haber crecido me quedaba algo más sola.
III
Canciones hay miles, videos
hay miles, discursos hay miles, análisis hay miles. No soy experta en crónicas,
ni en crítica cultural, ni en historia de los mundiales, ni en consumos masivos,
ni en ficciones, ni en jugadas de gol, ni en nada. Solo sé mucho de algunas
cosas, casi inútiles. Por eso a Diego lo despido con dos poemas. Al del '86 lo
despido con la Oda XXX de Horacio, que en esa primavera me llenó la cabeza y ya
no me abandonaría más
Exegi
monumentum aere perennius regalique
situ pyramidum altius, quod
non imber edax, non Aquilo impotens possit
diruere aut innumerabilis annorum
series et fuga temporum. Non
omnis moriar multaque pars mei vitabit
Libitinam; usque ego posterea crescam
laude recens, dum Capitolium scandet
cum tacita virgine pontifex.
|
He
concluido una obra más durable que el bronce, y
más alta que el túmulo real de las pirámides; no
podrán derruirla la ávida tormenta ni
el Aquilón furioso, ni la incontable serie de
los años, el tiempo que se fuga, veloz. No
moriré del todo pues gran parte de mí evitará
la Muerte: mientras al Capitolio el
pontífice suba con la virgen callada, renaceré
en la estima de los tiempos futuros.
|
Y al Diego de 2020 lo
despido con lo que seguramente es una de las mejores elegías en
español del siglo XVII, la de Lope a su amigo poeta Baltasar Elisio
de Medinilla, esa que empieza “Si lágrimas de amor pudieran
tanto/si versos de dolor, si amistad pura,/que naciera tu vida de mi
llanto” y que termina “Otras veces, más triste, no lo creo/y
como de mí mismo me levanto/por ver si me engañase mi deseo;/mas
contra la verdad no pueden tanto/las mentiras de amor, tu muerte es
cierta./Venid musas, venid al triste llanto”
Y me guardo una imagen
para un posible futuro cuento: recitando estos poemas peregrinamos a Luján en algún octubre post pandemia por una
avenida que ya no se llama Rivadavia sino Diego Armando Maradona.
Vamos las que vamos siempre pero con la parroquia San Diego
Maradona y compañeres mártires, de los carros aturde el Marado
Marado que a nosotras, por lo menos a Vero y a mí, no nos gusta
tanto porque somos más de Horacio y de Lope, solo nos gusta un poco
porque tal vez nos recuerda las madrugadas de huellas y ríos en Beruti con Ceci, viendo por tele
las peripecias de un Diego
desconocido. En el primer puente antes de entrar a Luján, ese en el que
siempre están bautizando, esta vez hay algo raro, hay mucha más luz
que no viene de los reflectores gigantes, viene directamente de los
cielos y en vez de bautizar, por los altoparlantes te invitan a
ponerte unos guantes, a pararte debajo de los tres palos y a esperar
que la virgen, la de Luján o la de los latinos que sube el
Capitolio, toque el silbato para que Diego te patee desde los doce
pasos.

IV
El sábado en el partido
de Grun hicimos un minuto de silencio. Yo grité fuerte Vamos
Diego. Las pibas son pendejas, no saben de ratas en el puerto, de
trenes embanderados o de copas del mundo entre las manos. Pero yo sí
sé, y sé también que ahora nos toca dejar a un lado la tristeza y
seguir construyendo el mito en las paredes, en las calles, en las
banderas. Y sé también que el Diego, Diez, Dios, el pibe de
Fiorito, el amigo de Fidel, de Hebe, el que le mandó el video a
Emilio y le prometió que pronto iban a estar jugando juntos; nos
esperará en cada uno de los potreros, en cada una de las canchas sin
pasto, en las de pasto sintético, en las de cemento, en cada vez que
una pelota de gol mueva las redes y en cada vez que se nos haga
alarido, con un tajo en la garganta, el No, no te vayas campeón,
quiero verte otra vez.