lunes, 30 de noviembre de 2020

No, no te vayas Campeón






El miércoles se murió Diego, el miércoles o no sé cuándo porque a partir de ahí el tiempo ya no avanzó. En Argentina se paró el sol. En Nápoles se paró la tarde frente al mar. Y así se fueron congelando todos los paisajes del mundo. Maradona es el chico de Villa Fiorito, que tenía dos sueños en un video en blanco y negro con la cinta gastada de tanto rebobinarlo: salir campeón con la octava y jugar en la selección. Es el jugador de Argentinos Juniors, de esa Paternal llena de depósitos en la que me quedo trabada siempre que estoy apurada para llegar a Puan porque camiones gigantes tienen que entrar en garages de un metro y medio de ancho y mientras espero pensando “no llego a dar el Polifemo” me doy cuenta de que todas las esquinas están pintadas de rojo y blanco y tienen dibujos de Maradona en las paredes. 
Es el jugador que hizo temblar la Bombonera y sacó campeón a Boca, ese Boca que tan cerca sentí en algún momento porque mi abuelo era de Boca, mi hermano es de Boca, me había enamorado de un pibe que entrenaba en la Candela y era de la Fede y después llegó Luis, también de Boca. 
Y Diego también es el que levantó la copa del mundo en el estadio Azteca después de bordar gambetas con hilos de oro, como un artista pinta sus mejores cuadros o así como Góngora escribió el Polifemo. Derroche generoso de jugadas épicas, festival de goles: Inglaterra, Bélgica o Uruguay. 
Es el Diego de la resistencia en el mundial de Italia, el que defendió los colores, los símbolos y el fútbol argentino en el país que lo vio consagrarse definitivamente como el mejor jugador del planeta. 
Y es el que fue capaz de reinventarse, de volverse caleidoscopio, de formar mil y una imágenes y de brindarse generosamente para que todxs lo reinventaran: el mito Maradona, el negocio Maradona, la historia Maradona, la vida privada Maradona, la Patria Grande Maradona. Más equipos, más mundo, más solidaridad, más Argentina, más resistencia, más Diego. 
Seguramente por eso, el miércoles a la tarde la gente salió a las calles, al Obelisco, a la plaza de Mayo, a la cancha de Boca, a la cancha de Argentinos Juniors con la tristeza de haber perdido la versión Diego de cada une. Las paredes y las veredas se llenaron de velas, de fotos, de banderas, de camisetas, de flores. La incredulidad, las lágrimas, el dolor de repente cubrieron la atmósfera. En las rejas del hospital Eva Perón, donde nació alguien pegó una hoja de papel en donde decía Acá nació. Después, el jueves lloramos en las calles explotadas de gente que avanzaba desbordada como la lava de un volcán. Lloramos en cada una de las personas que esperó cinco horas bajo la sombra lila de los jacarandás para poder despedirlo en la casa Rosada hasta que la ciudad se quedó knock out viendo por dónde se empieza otra vez. 


 II 

 Para mí Maradona es el balcón de la Casa Rosada festejando la copa del mundo frente a una plaza llena, es la estatua de Belgrano con chicos montados en el caballo revoleando camisetas argentinas, es el redoblar de bombos de los pibes del industrial que vinieron a la puerta del colegio y acordaron un festejo tranquilo y un caminar juntes a Plaza de Mayo, es la fiesta del cuerpo adolescente coronada porque tu país salió campeón del mundo, el deseo que pido en vano para mis hijas e hijos cuando les veo crecer tan rápido Mundial a Mundial. 
Y muchas más cosas, tal vez más difíciles de explicar y de compartir: los silos de Puerto Madero, los granos en el empedrado y el miedo siempre de cruzar alguna rata que fuera por su alimento cuando volvíamos del campo con Coni; la tele diminuta de algo parecido a unos foodtrucks que había por Alem y en la que justo esa tarde de niebla y frío enganchamos en una imagen fantasma el gol.
 Es mi hermano en medio de la Puna, ese invierno del '86 en Jujuy que le regaló su Gráfico de Argentina Campeón a un pibe que salió de ahí, de la nada. Es la celebración que continuó en septiembre, cuando subimos cantando a los gritos por las escaleras como si el Mundial hubiera sido el día anterior a sacarnos la foto de la división y la imagen quedó congelada en un par que salieron saltando y que cuando la vimos dijimos “Parecen Diego en el balcón” . 
 Y es también la mujer que vendía las medias en Samarkanda y la noticia de la copa América en la madrugada moscovita.
Más:  la damajuana que compramos para ver Argentina-Rumania en Italia '90 con las chicas de hockey porque todavía no había fútbol para todas; los bocinazos del tren en la definición contra Yugoslavia un sábado que me tuve que ir a jugar a San Fernando en medio de los penales mientras en casa mi papá hacía un asado y en vez de ver a la selección escuchaba en una radio colgada en la parrilla un programa del fútbol de ascenso; el partido contra Brasil que ví sola sin poder comentar con nadie semejante lección de aguante y de magia futbolera; la carta que me escribió Luis el día del partido contra Italia y se traspapeló entre las páginas de una monografía que entregué para aprobar Española I. 
Y es una tarde en la terraza del Zamorano con mi hermano y mi primo con las banderas de Argentina y de España esperando infructuosamente que pasara por la autopista el bondi con los subcampeones de Italia '90 y la confusión de una pobre mujer que estaba ahí en la terraza salida de no sé dónde y que mandó “ Bilardo en el '78”. 
El miércoles a la noche cuando ví pasar el cortejo fúnebre por el puente de Avenida San Martín camino a la cochería de La Paternal envuelto en bocinazos, en gritos y en banderas al viento me acordé de esa escena y tal vez de todas las otras y me atenazó fuerte la sensación de que además de haber crecido me quedaba algo más sola. 




III

Canciones hay miles, videos hay miles, discursos hay miles, análisis hay miles. No soy experta en crónicas, ni en crítica cultural, ni en historia de los mundiales, ni en consumos masivos, ni en ficciones, ni en jugadas de gol, ni en nada. Solo sé mucho de algunas cosas, casi inútiles. Por eso a Diego lo despido con dos poemas. Al del '86 lo despido con la Oda XXX de Horacio, que en esa primavera me llenó la cabeza y ya no me abandonaría más

Exegi monumentum aere perennius
regalique situ pyramidum altius,
quod non imber edax, non Aquilo impotens
possit diruere aut innumerabilis
annorum series et fuga temporum.
Non omnis moriar multaque pars mei
vitabit Libitinam; usque ego posterea
crescam laude recens, dum Capitolium
scandet cum tacita virgine pontifex.

He concluido una obra más durable que el bronce,
y más alta que el túmulo real de las pirámides;
no podrán derruirla la ávida tormenta
ni el Aquilón furioso, ni la incontable serie
de los años, el tiempo que se fuga, veloz.
No moriré del todo pues gran parte de mí
evitará la Muerte: mientras al Capitolio
el pontífice suba con la virgen callada,
renaceré en la estima de los tiempos futuros.



Y al Diego de 2020 lo despido con lo que seguramente es una de las mejores elegías en español del siglo XVII, la de Lope a su amigo poeta Baltasar Elisio de Medinilla, esa que empieza “Si lágrimas de amor pudieran tanto/si versos de dolor, si amistad pura,/que naciera tu vida de mi llanto” y que termina “Otras veces, más triste, no lo creo/y como de mí mismo me levanto/por ver si me engañase mi deseo;/mas contra la verdad no pueden tanto/las mentiras de amor, tu muerte es cierta./Venid musas, venid al triste llanto”


Y me guardo una imagen para un posible futuro cuento: recitando estos poemas peregrinamos a Luján en algún octubre post pandemia por una avenida que ya no se llama Rivadavia sino Diego Armando Maradona. Vamos las que vamos siempre pero con la parroquia San Diego Maradona y compañeres mártires, de los carros aturde el Marado Marado que a nosotras, por lo menos a Vero y a mí, no nos gusta tanto porque somos más de Horacio y de Lope, solo nos gusta un poco porque tal vez nos recuerda las madrugadas de huellas y ríos en Beruti con Ceci, viendo por tele las peripecias de un Diego desconocido. En el primer puente antes de entrar a Luján, ese en el que siempre están bautizando, esta vez hay algo raro, hay mucha más luz que no viene de los reflectores gigantes, viene directamente de los cielos y en vez de bautizar, por los altoparlantes te invitan a ponerte unos guantes, a pararte debajo de los tres palos y a esperar que la virgen, la de Luján o la de los latinos que sube el Capitolio, toque el silbato para que Diego te patee desde los doce pasos. 





IV

El sábado en el partido de Grun hicimos un minuto de silencio. Yo grité fuerte Vamos Diego. Las pibas son pendejas, no saben de ratas en el puerto, de trenes embanderados o de copas del mundo entre las manos. Pero yo sí sé, y sé también que ahora nos toca dejar a un lado la tristeza y seguir construyendo el mito en las paredes, en las calles, en las banderas. Y sé también que el Diego, Diez, Dios, el pibe de Fiorito, el amigo de Fidel, de Hebe, el que le mandó el video a Emilio y le prometió que pronto iban a estar jugando juntos; nos esperará en cada uno de los potreros, en cada una de las canchas sin pasto, en las de pasto sintético, en las de cemento, en cada vez que una pelota de gol mueva las redes y en cada vez que se nos haga alarido, con un tajo en la garganta, el No, no te vayas campeón, quiero verte otra vez.