martes, 16 de febrero de 2021

Oda XVIII

 
¿Y dejas Pastor santo, 
llovía, nos sentamos
en unos bancos de cemento 
 tu grey en este valle hondo, escuro, 
 con soledad y llanto; 
 comimos pan de queso 
 y tú, rompiendo el puro 
aire, ¿te vas al inmortal seguro? 
Pareció que habíamos esperado tanto 
 Los antes bienhadados, 
 y los agora tristes y afligidos, 
eran trámites largos 
 y justo se habían agarrado a balazos 
 en los quinchos de River 
 a tus pechos criados, 
 al final fueron sólo algunas horas 
 de ti desposeídos,
 ¿a dó convertirán ya sus sentidos? 

¿Qué mirarán los ojos, 
ya después cada febrero, el mar, las piedras 
a veces el viento 
que vieron de tu rostro la hermosura, 
un verano había muchos animales muertos 
en la orilla: lobos marinos, gaviotas, una tortuga 
que no les sea enojos? 
Quien oyó tu dulzura, 
otros se llenaban de algas y de espuma 
y casi nunca de sangre. 
¿qué no tendrá por sordo y desventura? 

 Aqueste mar turbado, algunos diamantes lo cortan. 
Otros, solo lo reflejan 
como vidrios. 
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto 
al viento fiero, airado? 
Podríamos haber levantado toda la arena de la playa de Quequén, 
jugando a la pelota, 
armando arcos chiquitos 
pero no. 
Estando tú encubierto, 
¿qué norte guiará la nave al puerto? 

¡Ay!, nube, envidiosa 
¿por qué el recuerdo se desangra?
aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas? 
¿Dó vuelas presurosa? 
Una esmeralda engastada en sal 
que ya no existe. 
Empiezo un cuaderno en blanco, escribo los nombres de cada luchador 
de Cien por Ciento lucha, me los olvido. 
¡Cuán rica tú te alejas! 
Ya no habrá casi tormentas 
hasta que nos encontremos en campos de plata. 
 ¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!