sábado, 13 de enero de 2018

Serrano









En alguna esquina de la calle Serrano está la casa de mis abuelos paternos.
En la planta baja funcionaron durante mucho tiempo los consultorios de mi papá y de mi mamá y la planta alta estuvo siempre alquilada.
Hay además una terraza.
Por distintas cuestiones este año la planta alta quedó vacía. La tarde que la desocuparon los antiguos inquilinos yo fui con Valen y con Pili; no es un lugar al que me guste subir porque me trae bastantes recuerdos, algunos buenos y otros no tanto. Cuando terminamos la recorrida yo solo pensaba qué hacer con ese lugar pero ellas ya habían coincidido en la respuesta sin ni siquiera haber hablado. “Está buenísimo para hacer una fiesta”. “Por supuesto que no” les aclaré y les añadí lo que me pareció el mejor argumento “aparte le tienen que pedir permiso al tío”.

Como se acercaba la fecha en que se iban a España consideraron que el mejor lugar para una fiesta de despedida era ese. Cuando le pidieron permiso al tío, el tío no solo las dejó sino que además les contó que él había hecho un par de fiestas cuando la planta alta había quedado vacía en otra época, que en una habían descubierto a la mañana siguiente a un invitado dormido debajo de las hojas de la terraza y que en otra alguien no llegó al baño y había dejado su recuerdo en un cuartito que, en estos momentos, tiene serios peligros de que se le derrumbe el techo. Así, envalentonadas por tan lindas experiencias, organizaron una fiesta de despedida que convocó no más de setenta personas y que sin mayores problemas terminó a las 7 de la mañana.

Frente a ese éxito el anteúltimo fin de semana de 2017 Pili decidió festejar ahí su cumple junto con Clarita que también cumplía en esos días.
Ahí ya el evento se complicó un poco más.
Primero porque fueron más invitados.
Después, por una serie de cuestiones de infraestructura: el baño y el desagüe de la cocina se taparon; Pili sostenía que la planta alta no tiene una rejilla para que se vaya el agua que corría por las escaleras por las que algunas personas, ella por ejemplo, se resbalaban golpeándose distintas partes del cuerpo; Alguno de los presentes había pisado caca de perro desparramándola por toda esa laguna que cubría la fiesta así que al día siguiente había un olor asqueroso que traspasaba la puerta de entrada y llegaba hasta la vereda llena de botellas rotas.
Por último la vecina que la fiesta anterior se había limitado a tocar el timbre para pedir que bajaran la música, esta vez no estuvo tan comprensiva y a las seis de la mañana subió a su terraza a gritar y a tirar diversas cosas como una espátula que nos sirvió para abrir la ventana de nuestro baño que estaba atrancada y un VHS de Corre Lola corre con su caja que no podemos ver porque ya no tenemos más reproductor de video, igual la vimos en el cine hace muchísimo tiempo.

Pese a todo ese desastre el martes siguiente Valen me mandó un wa desde el trabajo “Te tengo que pedir un favor, te pago si querés” El favor era hacer una fiesta el 31 de diciembre después de las 12 de la noche. Antes de que le dijera que sí o que no ya había un flyer circulando. Fiesta en Palermo, entrada una bebida por persona. Con algunas condiciones acepté. Y el tío creo que también volvió a autorizar. Ese mismo martes a la tarde un equipo de destapadores intentó, sin lograrlo, destapar los desagües del lugar. El miércoles el evento ya tenía 500 invitados en fb. El 31 Valen se fue alrededor de la 1 para estar temprano, Pili la siguió un poco más tarde antes de avisarme que “Paso un rato por Serrano pero sigo a otra fiesta”.
A las 3 salí para llevar a mis tías a su casa que queda por Recoleta, a las 3.30 volvía por Córdoba y decidí, por las dudas, pasar por la fiesta. Cuando llegué la vereda estaba llena de gente, la vereda de enfrente estaba llena de gente, la calle estaba cortada por la gente y parado sobre Serrano había un patrullero. Estacioné a la vuelta y esperé a ver qué pasaba. Cuando ví que los policías bajaban del auto bajé yo también del mío y entablé con ellos el siguiente diálogo en la puerta de la casa.
YO: “ Hablen conmigo que soy la dueña de casa”
AGENTE: “Buenas noches, veo que están festejando la llegada del nuevo año”
YO: “Sí, claro”
AGENTE: “Bueno, le pido que los invitados no se amontonen en la vereda, o que entren o que circulen y otra cosa que le pido es que no profieran insultos desde la terraza como yuta puta, así vamos a poder tener una fiesta tranquilos, nosotros estamos de guardia hasta las 6 de la mañana”.
Agradecí, despedí al cana y traté de meter adentro de la casa a veinte personas supuestamente encargadas de la puerta, no demasiado concientes de la gravedad de la situación.
Pili indignada porque yo estaba hablando con el agente me decía “Pero ma, es la policía”; una amiga de Pili que me preguntaba si yo había manejado hasta allí copeteada; una amiga de Valen “Ojalá que fueras mi mamá”, Valen estresada por la situación y yo gritando al público de las veredas circulen circulen, al mejor estilo de la policía.
A las 4 decidí irme mientras veía cómo de todos lados seguían llegando contingentes a la fiesta.

A las 9 de la mañana del 1ero de enero me levanté para confirmar que mis hijas mayores ya estaban en sus respectivos cuartos. No había ninguna. Valen no me preocupó tanto porque supuse que se habría quedado a limpiar un poco, la llamé y me dio directo el contestador. Pili me preocupaba un poco más. Me atendió en seguida. “Recién terminamos de echar a la gente, quedaban como 100, al final me quedé a cuidar un poco”. “Te voy a buscar” le avisé.
9.30 llegué a Serrano. En la vereda había tantas personas como a las 4 de la mañana, la mayoría sucias de algo que parecía barro. “ No es barro, es la mugre que se hace en el piso por el tema de que no hay rejilla y está todo tapado” me aclaró Pili. Un muchacho en cueros con no mucha estabilidad la empezó a perseguir, se notaba que quería volver a entrar, Pili lo echó.
A una cuadra un grupo con una heladera y una guitarra prolongaba el jolgorio en la vereda.
A las 11.00 volví a buscar a Valen que supuestamente había terminado de limpiar o, por lo menos, de secar la inundación; a dos cuadras había un grupo de chicos entre los que llamaba la atención uno con una camisa multicolor “Esos vuelven de la fiesta” me dijo Valen, “se ve que se quedaron dando vueltas hasta ahora”.

Durante todo el día se fue armando el rompecabezas de la fiesta a partir de las conversaciones de mis hijas:
Creo que en un momento había 300 personas en la terraza, tenía miedo de que se viniera abajo; muchos rodaron por las escaleras; otros se encerraron en el cuarto del peligro de derrumbe que no sé de dónde contaba con un colchón; otros pillaron en botellas y los obligamos a llevarse las botellas pero otros las dejaron; a las 8 de la mañana Pili cortó la música y unos del Pelle le empezaron a gritar vos sos la dictadura; a las 8.30 unos chicos que no hablaban español preguntaron si seguía la fiesta; otros llegaron en moto a las 7.30 y Pili les avisó que era hora de irse y no de llegar, la vecina esta vez optó por devolver las cosas que le caían en su terraza como vasos y botellas y al día siguiente pidió hablar con las madres de esas chicas; a las 5 Clarita tuvo que cruzar a echar a unos cirujas que querían participar de la reunión; en algún momento fue el SAME; uno dijo yo escuché que decían me invitó Agus, dije lo mismo y entré; para sacar las fotos se subieron al tanque de agua; más tarde volvió la policía pero no entró; yo cuando te ví en la puerta pensé que la policía te había llamado; en un momento vinieron unos de tercer año y les tuvimos que decir que se fueran porque la fiesta era para más grandes.

Tres finales

Le mandaron las fotos de la fiesta al tío. Les contestó que la próxima vez cobren entrada. Después me mandó un mensaje a mí, que no entendía cómo no se había venido abajo la casa. Espero que no autorice más fiestas.

La semana pasada Valen me muestra un mensaje que le mandó un amigo por WA: “ Sé que estoy poniendo el dedo en la llaga pero tengo una amiga que quiere alquilar Serrano para su cumpleaños, no van a ser más de 50 personas” “No, no, el lugar está clausurado” le contestó.


Febrero de 1981. Cerca de Carnaval. Con mi hermano tenemos unos amigos que viven por Niceto Vega cerca de Serrano, una nena y un varón que tienen nuestra misma edad y con los que vamos a las mismas escuelas. Las chicas al Lengüitas, los chicos al Acosta. Pasamos juntos un montón de tiempo. Los fines de semana vamos al Atalaya o al Rialto y si no, boludeamos por ahí. Una tarde de calor decidimos ir a Serrano. No sé por qué tenemos la llave. La planta alta está vacía. Hace calor. Jugamos al carnaval, nos tiramos baldazos de agua y descubrimos una manguera en la terraza. Seguimos jugando. De repente el agua empieza a bajar por las escaleras: terraza, planta alta, planta baja, vereda, calle. Me acuerdo que en el placard del consultorio de mi papá hay unas toallas, secamos todo el piso, doblamos las toallas y las volvemos a guardar en los cajones. Cuando descubren el desastre nos retan aunque no demasiado. 
Pero tiene razón Pili, en Serrano no hay rejillas.

lunes, 1 de enero de 2018

Tatuaje








Cuando nuestras hijas nacieron decidimos no agujerearles las orejas a ninguna.
Entonces, cuando cumplieron dieciocho lo primero que hicieron fue ir a la Bond a ponerse aros. Valen en la nariz, Pili en la oreja.
Ahora ya van por el quinto o el sexto en cada oreja. Tienen aritos desde el lóbulo hasta la parte de arriba de la oreja que no sé cómo se llama.
La otra noche nos quedamos hablando sobre los lugares donde es más peligroso hacerse agujeros y los que duelen más.
De ahí derivamos al tema de los tatuajes.
Ninguna de las dos se anima por ahora, pero lo tienen como una posibilidad.
Y yo me volví a acordar de algunas cosas

En 2008 Meneca me trajo de regalo de Francia una F inicial del Leccionario de Montmajour, del siglo XII.
A Patricio le trajo una P.
Como hacía poco que me había comprado el Clio se me ocurrió agrandarla, hacerle un vinilo y pegarla en la puerta de adelante. El hombre que me lo hizo no era muy amigable y como leyó la imagen horizontal y no vertical no la entendió y me preguntó de bastante mal modo si eso era un trabuco o alguna otra arma antigua. “No señor”, le contesté, “es la inicial de mi nombre y la del nombre de mi hijo que se murió el año pasado”. Terminó rápido su trabajo sin levantar la vista de la F que quedó perfecta.
Y el Clío quedó bien tuneado.
Meses después le estuve dando vueltas a la idea de tatuarme la F en alguna parte del cuerpo, me llevaba para siempre además de las iniciales de los nombres la fuerza que necesitaba tanto.

Casi diez años después, con la certeza de que ya no me tatúo, con la F tuneando ahora el Nissan en su azul eléctrico, con el 2017 cerrado vuelvo a pensar en la F.
En el origen vuelve a estar Meneca, el libro que armamos con Gloria y la cantidad de historias que nos quedaron por el camino.
También Patricio con quien dimos un seminario en este año, que nos dejó volver un poco a esas otras épocas en las que nos reíamos todos los días de cualquier cosa.

La F sigue siendo la fuerza que cruzó 2017 pero no fue mía: la fuerza de mi mamá que ya sin poder moverse me llamó el 24 de marzo a la mañana para decirme que por favor no me olvidara de pasar, que quería darme un abrazo el día de mi cumple o el día ese en el sanatorio, en el que me confundió con Maite “por lo negra y por lo linda” o cuando ya al final me preguntó dónde era la fiesta de casamiento que teníamos y al contestarle yo "en el Zamorano" se quedó tranquila.
La fuerza de mis tres hijas más grandes que me sostuvieron cuando yo dejé de ser hija y por supuesto la fuerza de Luis, de su compañía y de su calma.

Hubo otras fuerzas, también tristes, tampoco mías: la fuerza de Milagro, cuando la abracé llorando y me dijo en el medio del patio del penal: “Acá no se viene a moquear”; la fuerza de la mamá de Santiago a la que no me dio el alma para abrazar cuando la vi sentada al lado del cajón de su hijo.

La F de fútbol. Tres, cuatro días por semana parada abajo del arco, explotando de alegría cuando podía volar un poco y al acariciar la pelota en el ángulo la mandaba al corner. Sentir cada partido, pese a las heridas de guerra: dedos violetas, cabeza rota, rodillas sangrando; como una de las mejores cosas del año que se fue.

La familia, la de los doce que somos y la de todas y todos que nos acompañan.
Valen y Pili paseando por España. Maite creciendo. Sonsi creciendo. Consu cruzando el Riachuelo con el atardecer rosa atrás. Ruli razonando como adulta. Octi loco por Spiderman. Estani escribiendo Esti “Bruno”Luján en su primera prueba de 1er grado porque es Batman. Loli en su burbuja de pequeños ponies. Toto que parece un bebé.
Raquel que en 2017 vino tres veces.
Mi hermano. Su familia en Sevilla.
Todo con Vero: elijo el sol explotándonos en la cabeza en esa marcha de mitad de marzo, cuando Vero me abrazó tan fuerte después de que le dije que mi mamá se iba a morir el día de mi cumple porque a veces en la vida me pasan así las cosas .
Enru, cuando me visitó de paso para su facultad.
Las cervezas con Coni.
Los piscos sour con María ese mediodía de sol en La mar.
Los viajes con Xime, su graduación como copilota experta con un excelente manejo del google maps que permitió atravesar La Banda en menos de una hora; el día que le convidamos hojas de coca a medio congreso, el día que nos escapamos al Aconcagua, el día que descubrimos casi por casualidad la bodega.
La bodega a la que volví con Luis hace poco y en la que vamos a festejar alguna vez algo.
Claudio y Amali que el jueves santo se llevaron a Consu y a los cuatro más chiquitos a pasar todo el día con ellos.
La mesa de fin de año con amigos queridos. Las compañías. Las buenas noticias.

Las fiestas, la comunión de Consu, los cumples de todos, las pijamadas de Octi y Estani, las pool parties de Maite llenas de adolescentes que dejaron todo embarrado, las fiestas en Serrano sobre las que en algún momento voy a escribir, la del aniversario del Zamorano que me perdí porque volaba de fiebre, de gripe y de tristeza.

Fabi que nunca dudó en encontrarse conmigo cada vez que se lo pedí. La primera vez me aconsejó, me alivió y ya en las siguientes me contó historias buenísimas.

La fe. No cualquiera. La de Solange, una nena hermosa, recibiendo la confirmación y convirtiéndome en su madrina.
La de Luis y Fran y el padre Paco; la de las milanesas en la Isla Maciel, la de la tarde de mayo en la inauguración de la capilla, la del mediodía de diciembre pintando el mural y compartiendo tantas cosas.
La que nos llevó caminando a Luján riéndonos casi todo el viaje.
La de Mariano, que me mandó el mejor mensaje cuando empezaba el domingo de Pascua y me copió Abril en Managua en mi pen drive de música para el auto.

Y por supuesto que sigue siendo la F de Felipe. De diez años de jabalíes y diamantes, del rayo que no cesa y que lastima en el recuerdo, pero también en la posibilidad del olvido.

La letra de lo que falta, los proyectos. Historias de la arquera soviética, de las canchas de fútbol, seguir retomando las sevillanas con Noelia; acompañar mucho a Sonsi en el esfuerzo que le toca, jugar dos o tres campeonatos, cambiar los guantes; transitar con Loli y Toto el último año del jardín que significa abandonar el jardín para siempre después de 17 años; seguir acompañándonos todos, seguir llenando de vida esta F que no vale la pena tatuarme en la piel porque la llevo tatuada en las venas.

Felicidades