lunes, 26 de marzo de 2018

Cumple


En esta foto debo tener dos años.
La descubrió Enru hace unos días revisando fotos viejas y las mandó a un grupo de wa que tenemos con Amanda y con Lorena: amigas desde que nacimos porque heredamos la amistad de nuestras mamás. Casi todas las que mandó eran unas fotos del corso de Cuenca, en realidad del corso solo una que está mi hermano disfrazado de pirata; las demás son de una pizzería a la que fuimos a comer después porque aparecemos disfrazadas y comiendo pizza.
Esta foto es de algún cumpleaños, no mío sino de alguna de mis amigas. Ahí éramos muy chiquitas, por eso nuestras mamás nos tenían a upa. Después los cumples se pusieron más divertidos, primero venían las animadoras y había chicos desconocidos, pero como nosotras nos quedábamos hasta lo último cuando se iban las animadoras nos poníamos a jugar al cuarto oscuro, nos tirábamos almohadones y nos escondíamos abajo de la cama, pensábamos que esa era la mejor forma para quedarnos más tiempo. Igual en algún momento los cumples siempre se acababan.

El sábado cumplí años.
Empecé el día con una linda fiesta, con la casa llena de gente. Cuatro horas antes de que empezara, el jardín se llenó de piedras y pensé que no ibamos a poder ni bailar, ni jugar al metegol ni nada.
Pero de a poco las piedras se fueron derritiendo y todo volvió a su lugar.
Recibí las doce de la noche con los mejores acompañantes: Luis, mis hijas e hijos, mis amigas y amigos queridos, las amigas y los amigos de mis hijas e hijos.
Todes como me enseñó Pili que tengo que decir.

Siempre, no sé si por la euforia de la fiesta, por la cantidad de gente, por el baile o más seguro por la cerveza, a mí me gusta hablar antes de soplar las velitas.
No me acuerdo qué dije exactamente. El resumen: que yo tengo una familia muy grande de hijos pero es lo único que tengo, por lo menos acá; entonces les expliqué que todos los que estaban ahí conmigo, muchos festejando mi cumple desde hace más de treinta años, eran mi familia.
No sé si fui muy clara pero eso era lo que les quise transmitir.
Creo igual que los invitados ya lo habían entendido porque los regalos que recibí fueron como si los que vinieron me conocieran de toda la vida: ropa del lugar que me gusta, pantalones largos para atajar, guantes de arquera, un botinero, Tintin en el país de los soviets, champagne, un libro de Bulgakov, otros libros, parches para la ropa con la cara de Néstor y una cantidad de botellas de cerveza que ocupaba toda la mesa de la cocina y que tuve que cuidar toda la noche de que nadie se las tomara.
Después me cantaron el Feliz Cumpleaños y algunos el Que los cumplás muy felices.
Y también cantamos Puro Teatro y En el último trago
Terminamos la noche a las cinco de la mañana bailando Los Totora con Ceci y con uno de mis equipos de fútbol.
Y a las 6 me fui a dormir.

A las 11 nos despertamos, ordenamos un poco y nos fuimos a la Plaza: Luis, Consu, Sole, Vero y yo en el auto de Mariano.
Con el cartel con las caras de los palotinos asesinados. Llevándolo por la 9 de julio
Levántandolo tan alto como nos lo permitían los palos de los costados que se salían a cada rato y que hacían que el cartel se arrugara, el viento que nos tiraba para atrás y la gente que le sacaba fotos cuando pasábamos.
Pero llegamos para colgarlo en la rejas de la Catedral
Y ahí nos quedamos un rato, mientras yo cumplía años.
Hace algún tiempo mi cumple me ponía bastante triste porque me hacía acordar lo contento que estaba Felipe cuando yo lo festejaba; fueron dos o tres años hasta que encontré la solución: volver a ir a la Plaza.
En algún lado escribí que la Plaza cura, que el dolor colectivo congela el propio, o lo cauteriza.

Más tarde tenía un partido. Estrené los guantes y el botinero. Le escribí a Xime que también me iba a estrenar los pantalones pero hacía menos frío de lo que pensaba así que jugué en shorts.
Arriba de la remera me puse la pechera con la imagen de los palotinos.
Empatamos 3 a 3, uno de los goles me lo comí yo, pero no me importó demasiado. En breve con mis guantes celestes me voy a convertir en una máquina de atajar.

Empecé a pensar algunas cosas
Una de las chicas del fútbol cuando vio mi pechera me contó que sabía la historia porque había visto la película del 4 de julio.
Y me acordé de que el año pasado después de la Plaza me fui a quedar con mamá y justo en Encuentro estaban pasando esa película. Y la vimos juntas aunque ya la habíamos visto un montón de veces.
Después del partido Marisú me mandó un mensaje que esperaba que lo estuviera pasando bien.
Sí, le contesté “ Plaza y Fútbol”. El 24 de marzo del año pasado nos encontramos en la Plaza y nos saludamos como si hiciera mucho que no nos veíamos aunque el año pasado en esta época nos veíamos casi todos los días.

Llegué a casa a las diez de la noche, los chicos querían ir a cenar afuera. “Mejor mañana” los convencí.
De todas formas tuve que esperar despierta hasta la 1 porque tenía que ir a buscar a Maite a un cumple.
En ese rato seguí pensando.

En la foto de arriba debo tener dos años.
Por ahora mi mamá fue la persona con la que pasé más cumpleaños.
Desde que cumplí ocho años hasta treinta mis fiestas fueron siempre en su casa. A veces me retaba porque tomaba mucho, no es que tomo mucho es que en mis cumples casi no como. Uno solo vomité, o dos.
Cuando ya eran en la nuestra, ella llegaba mucho más temprano (el viernes, por ejemplo, hubiera llegado en medio del granizo), me protestaba porque los manteles estaban arrugados, bailaba y se quedaba hasta el final, después a la mañana siguiente me llamaba y me decía "Qué lindo estuvo todo"

Por esas cosas me enojaba o me hacía reír.
Ahora la extraño un montón.
Creo que quise decir todo esto antes de las velitas.
Y también quise decir que con goles que te clavan en el ángulo y con tapadas espectaculares la vida sigue.
Como en la Plaza.

domingo, 11 de marzo de 2018

La isla


Cruzamos la ciudad rapidísimo, jugaba Boca en la Boca pero todavía las calles estaban vacías.
Teníamos que ir a la casa de Paco.
Luis sabía perfecto cómo llegar. Yo le mostré por dónde me había perdido el día que fuimos a pintar el mural, que terminé dando vueltas alrededor de la cancha de San Telmo.
Bajamos las cosas del auto y Paco nos dijo “Vengan conmigo así se las llevan ustedes”. Caminamos rodeando la plaza donde se empezaba a armar un picadito en medio de la tierra.
En alguna vereda atrona un parlante. Me acuerdo de dos cosas: de una vez que mi mamá me llevó a pasear a la isla Maciel y llegamos justo a esa plaza, pero el sol le daba distinto porque era invierno.
Y me acuerdo también de ese día tardísimo con Xime cruzando Santiago del Estero, entrando en cada uno de los pueblos en los que creíamos que ibamos a poder pasar la noche y en los que sonaba la misma música en las calles que ahí, en la isla.

Maximiliano tiene un mes y medio, es diminuto. No lo alzo pero creo que si me lo pongo en el antebrazo no llega a ocupar todo el espacio entre el codo y la muñeca.
Está durmiendo en un huevito que está subido arriba de algo que parece una mesa, custodiado por perros que juegan y levantan polvo.
Ni bien entramos a su casa nos rodean un montón de nenas. Una tiene una gata muy chiquita, nos la ofrece, “tiene pulgas” nos dice y se mata de risa. Otra de las nenas tiene algo blanco en el pelo, pienso que son liendres, como a veces tienen Consu o Lolita, pero no, es algo que se le pegoteó, crema o tal vez plasticola.
Al lado de Maximiliano hay un cochecito de bebé, ahí duerme Milagros, su hermana melliza. Ella pesó dos kilos cuatrocientos me cuenta la mamá; él, uno setecientos. Como Estani pienso.
Yo mientras hablo con Maira, la hermana de Maximiliano y de Milagros, me cuenta que tiene tres hermanos más, le pregunto si son las que están por ahí, me dice que no, que esas son sus vecinas, que sus hermanos se fueron con la abuela.
Ellos tienen diez le dice Paco a la mamá y te trajeron un cochecito para que entren los dos. Le explicamos cómo armarlo. Le pregunto si les pudo dar la teta pero no escucho la respuesta, solo siento que el caucho de la cancha en la que jugué hace un rato me empieza a lastimar adentro del corpiño.
"Nacieron prematuros", me cuenta, y me señala a la beba; “Ella se podía ir antes del hospital pero preferí que se quedaran los dos ahí”, como Estani con Octi vuelvo a pensar.
Saludamos y salimos a la calle, en el camino hacia la puerta entiendo que no es ni como Estani, ni como Octi, ni como Toto ni como Loli ni como ninguno de los seis restantes.
Mis hijos e hijas tienen su casa, tienen sus camas, tienen su leche todos los desayunos y su fruta cuando terminan cada almuerzo o cada cena.
Ni mis hijos ni mis hijas hicieron algún mérito especial para tener esas cosas, solamente tuvieron suerte al nacer. Como yo, o como tantos. Que vamos a la isla Maciel de visita guiada o a llevar lo que nos sobra sin darnos cuenta de que nos sobra casi todo.

Volvemos con Paco a su casa, nos cuenta que a la mañana la policía mató a un pibe con el patrullero, que va a tener que ir a ver a la familia.
Nos quedamos tomando mate los tres un rato largo, después él se va a dar misa y nosotros emprendemos la vuelta.
El sol le da de un modo al Riachuelo que hasta parece limpio. La Boca se va llenando de hinchas con camisetas multicolores.
Y, mientras cruzamos el puente pienso que ojalá que a ese bebito que debe seguir durmiendo tranquilo en un huevito que le queda gigante a su kilo setecientos, no lo mate un tiro por la espalda antes de cumplir los quince.