¿Sabés?
Subí a un avión. Me animé.
Fui a Sevilla, estuve con Mauri.
La pileta de su casa es de venecita
brillante, parece mica.
Te pondría tan contento verlos aunque
el sol da muy fuerte sobre los techos de las casas, sobre todo a las
seis de la tarde.
Pienso que cuando la pileta se llene la
venecita no va a brillar tanto, solamente va a reflejar el agua.
Nos acordamos de cuando éramos chicos
y recorrimos en auto un montón de países de Europa por primera vez.
Entre los dos nos completamos
recuerdos.
Después alquilé un auto y fui a San
Cristóbal.
En la entrada del pueblo había
plantados unos manzanos que daban unas manzanas diminutas.
Siempre estuve en abril, nunca para el
fin del verano.
Me pareció que el campo estaba mucho
más verde.
Después todo igual, las paredes de
piedra, el olor de las vacas, las calles angostas y la mayoría de
las puertas cerradas.
Dí una vuelta, otra y otra hasta que
encontré la casa.
Me imaginé una mujer pariendo entre
mantas en el frío de diciembre.
El parto y el frío duelen como
vidrios, pero a la casa le habían cambiado las ventanas y tenía unas persianas de madera.
Creo que antes ni siquiera tenían vidrios, eran de mica que brilla
pero no deja pasar la luz.
A la madrugada volví a la ruta
intentando no dormirme; cuando amaneció ya había llegado a destino.
En estos diez años pasaron demasiadas cosas
Nacieron niñas y niños.
Me tatué el brazo.
Me compré guantes fluo para atajar:
unos naranjas que ya se me gastaron.
Atajo.
Algunos sábados pienso que venís a
verme, son los días que me hacen menos goles.
Desde San Cristóbal se divisaba abajo,
en un valle, una cancha de fútbol.
¿Sabés pa?
Algún día vamos a jugar ese partido, estoy segura.