lunes, 28 de marzo de 2016

Otra vez





El lunes pasado llegamos rápido. Más rápido que cuando iba a la mañana.
La General Paz estaba libre y por la Richieri  no tardé más de 10 minutos. Hacía menos de un mes  que había ido para el lado del aeropuerto, pero esta vez era distinto.
Volvía después de casi dos años.
A la salida de la autopista casi que no reconocí por dónde tenía que avanzar pero el camino me fue llevando como de memoria.
Nos abrieron la barrera, estacioné en el barro, dejamos los documentos entre las rejas y seguimos. Después de las mismas puertas de siempre, de los llaveros gigantes como los de los dibujitos llegamos a las aulas.
Como ya había pasado el mediodía el olor a sopa no impregnaba tanto el aire, pero igual se sentía.
Llegamos y había un par de chicas comiendo. Nos recibieron con el maestras, esa palabra tan rara para nosotras.
Una nos abrió el baño para que fueramos no sin antes decirnos que le pusieramos la llave por dentro porque a veces alguien no se daba cuenta y le entraba al baño a los profesores.
Otra en seguida nos trajo mate pero ya no pude recuperar el gusto de los años anteriores, ese que afuera nunca logramos imitar aunque probamos las yerbas más diferentes.
El cielo estaba partido en dos, de un lado venia negro como si se fuera a caer en cualquier momento; en el otro extremo, celeste brillante.
El pasto de afuera estaba bastante crecido, les pregunté a las chicas si lo tenían que cortar ellas pero me dijeron que no, que venían a cortarlo de vez en cuando.
Más al costado había muchos escritorios y muebles abandonados, ya oxidándose.
Y me dí cuenta de que lo que había creido que era la parte de atrás de la pista de aterrizaje del aeropuerto estaba de ese lado rodeado de alambres de púa.
Entre el sol incompleto y el abandono inicpiente, el paisaje idealizado de años anteriores, aquel en el que casi se nos apareció Santa Teresa estaba un poco devaluado. No me importa pensé, Garcilaso va a seguir garpando.
Fui con Noelia, siempre que voy con alguien por primera vez lo único que quiero es salir para que me cuenten qué les pareció, si también se sintieron mareadas por esa linea tan finita que separa el afuera del adentro.
Todo el tiempo que estuvimos un olor fuerte a madera quemada cortaba el aire

Esta vez me llamó también la atención el teléfono, metalico, pesado, parecía del Superagente 86.  Me acordé del dia ese que fuimos con Xime, que sonó el teléfono y nos agarró un ataque de risa que no podíamos parar.
Del día que llevé un cd para grabarles e hice quinientos esfuerzos hasta que entendí que no podía grabar cds.
De la vez que me pelee con una pobre profesora que venia desde Mar del Plata para dar un taller de instrumentos naturales, o algo así y me sacaba las alumnas y yo convencida de que lo que iban a aprender conmigo era mucho más útil y conveniente que los instrumentos musicales.
De la vez que estabamos con Lidia y nos perdieron los documentos y sonaba de fondo la marcha del mundial 78.
De cuando vino una chica con un pedazo de torta y el pelo planchado porque el día anterior había sido su cumpleaños.
De la mujer que le escribía poesias a un gatito que se había traido escondido de Devoto.
Del día que me dieron de almorzar y me consiguieron dos manzanas de postre porque tenía bastante hambre.
Ahi estamos. Empezando de nuevo. En un rato salimos para allá con Lidia.
Este año vamos a ir todos los lunes. Se suma Noelia
Bienvenidas a Ezeiza.


Iba a poner J. Cash pero me pareció un poco obvio

jueves, 17 de marzo de 2016

Arreglos


Semana de arreglos.

El piso del escritorio: parecía la cordillera de los Andes, las tablas de madera en algún momento se levantaron.
Cuando los más chicos las pisaban se tropezaban y se caían; lo mismo la gente grande que venía de visita; al entrar al escritorio les teníamos que avisar que tuvieran cuidado, que se podían lastimar.
A mí me hacía acordar al piso de la caminata lunar, una especie de pelotero de los '70-´80. No tengo mucha idea de donde había caminatas lunares, sé que en los lugares de playa por ejemplo era lo que seguía en edad a la calesita; cuando uno se ponía grande para la calesita estaba la caminata lunar. Acá en la ciudad no me acuerdo dónde había. No sé si en el Ital Park. Solamente me acuerdo de que para entrar siempre había que hacer como mínimo una hora de cola y de que adentro había un olor horrible. Pero uno se sentía como si caminara en el aire y ni hablar de los que daban mortales y caían perfecto.
Así, como la caminata lunar, estaba el parquet del escritorio, también con un olor horrible a humedad lo que nos hizo sospechar que el levantamiento tenía que ver con algún caño roto. Por suerte cuando lo vinieron a arreglar era solo que se había levantado, ya me imaginaba rompiendo todo el piso, perforando un caño cloacal o algún otro desastre doméstico similar pero no, era solo la madera levantada.
La rueda del auto: antes de irme a Quequén cambié las dos ruedas delanteras. La otra mañana estaba llevando a Maite a Cronopios y me tocan bocina unos chicos de un auto de al lado. Me señalaban la goma de adelante, no ha de ser tan grave pensé. Cuando estacioné y la vi estaba casi en llanta. Fuimos con Maite a una especie de entrevista donde nos evaluaron a ambas sobre nuestra capacidad de entender las consignas y nuestra voluntad de que la chica hiciera un sacrificio a lo largo del año. Lo primero creo que aprobamos, lo segundo no estoy tan segura. Salimos a cualquier hora, tenía que volver a casa, preparar el almuerzo y en el camino pasar por lo de la abuela a buscar un daguerrotipo de un congresista de Tucumán porque Sonsi tenia que llevar al cole “algo antiguo” Ya de vuelta en el auto, yo creia escuchar el ruido del metal rozando el asfalto pero no, se ve que a la rueda todavía le quedaba un poco de aire. Cambié de recorrido y fui para una estación de servicio pero se había roto el compresor. Encaré la barranca para llegar a Cabildo pensando que en cualquier momento empezaban las chispas. Llegué a otra estación, le dí aire, busqué la reliquia en lo de la abuela y llegaron todos y todas al cole a horario y almorzados.
A la tarde fui a la gomería en la que me mandaron subir con el auto a una plataforma que me hizo pensar una vez más en algún juego del Ital Park. En la que después de permanecer casi una hora, cuando me fui le dí un beso a la dueña y a una pobre mujer cuyo mayor problema en estos días era que iba a tener que cambiar las cuatro ruedas de su auto último modelo y que cuando me subí a esa especie de samba para autos me dijo “voy a rezar por vos”.
Como sea después de pasar por un montón de máquinas la rueda quedó arreglada. Las máquinas de las gomerías me llaman la atención, debería en algun momento escribir sobre ellas porque son diferentes a todo lo conocido.

Otros arreglos:
mi compu chiquita que ya hace casi seis años que la tengo y parece no dar más.
Las adolescentes de la casa, se arreglan, se desarreglan, se vuelven a arreglar y se vuelven a desarreglar. Saltando a veces más alto, a veces más bajo y a veces no cayendo del todo bien en una gran caminata lunar en la que hay que tratar de no dar vueltas en el aire.
Por suerte tenemos un colchón bien mullido para cuando se caen.





martes, 8 de marzo de 2016

Dientes












Si memini, fuerant tibi quattuor, Aelia, dentes:
expulit una duos tussis et una duos.
Iam secura potes totis tussire diebus:
nil istic quod agat tertia tussis habet.


La semana pasada se me salió un diente. Estaba en la salida del Aeroparque, pegando la vuelta por la avenida costanera llena de autos que iban a ver a River jugar la Libertadores.
Demasiado atenta al tránsito sentí algo debajo de la lengua y casi me trago el diente.
En realidad era una corona que se me despegó de una muela. Ahora la tengo en un estante de la biblioteca esperando ir al dentista en algún momento. Es la segunda en menos de seis meses, la otra era una muela entera con un perno gigante, esa se me perdió en alguno de los cajones de mi mesita de luz.

Además del diente que casi me trago, la semana pasada empezaron las clases.
Ninguna de las criaturas se incorporaba a la escolarización y ninguna cambiaba de etapa, con lo cual fue un comienzo bastante desangelado. Luis corriendo por las cuatro aulas de la primaria y yo repartiéndome entre las dos salas del jardín. Y ni una foto.
Tampoco tuvimos que comprar útiles o forrar cajas. Los chicos llevaron lo que habíamos ido a buscar al gremio y lo que no, no llevaron

Pese a un comienzo de año tan frío, el fin de año va a estar emocionante: Octi y Estani terminan el jardín, Maite, séptimo y Pili, quinto año.
Es como una alineación planetaria. Parece que pasa una vez cada doscientos años, y nos toca a nosotros.
Octi y Estani capaz en primer grado se cambian de cole, Pili no sabe todavía si va a hacer sexto o no.
Y Maite, que hasta hace tres días estaba segura de que no quería irse de viaje de egresados cambió de opinión. También estaba segura de que iba a ir al Esnaola y también cambió de opinión. Va a tener un año yendo y viniendo.

El diente y las clases me hicieron dar cuenta una vez más de lo rápido que avanza todo.
En los extremos se ve mejor: Valen que por primera vez no vino a Bahia de los Vientos con nosotros, se quedó los dos meses trabajando y ahora está en Brasil con KP. Loli y Tótal que en enero, de un día para el otro, decidieron clausurar una etapa de mi vida que voy a extrañar: veinte años casi inninterrumpidos dando la teta.
También vamos a extrañar los pañales. Tótal los dejó el día antes de arrancar las clases.
Ya no quedan bebés en la casa. Habrá que esperar nietos.
O, concretar un postergado anhelo que es dejar todo y estudiar puericultura.

Pero para eso falta.
Por ahora hay que resolver lo más urgente: cruzar Belgrano cuatro o cinco veces por día; convencer a niñas y niños de la casa que si no limpian, ordenan, colaboran nadie hará las cosas por ellos y continuarán viviendo en una mugre de desagotes tapados; encontrar un niñero o niñera para las tardes que no huya despavorido; arreglar el escritorio cuyo piso de madera se levantó todo y cada vez que alguien entra se tropieza y se cae; barrer la vereda que se llenó de caca de perro antes de que la tapen las hojas de los árboles; organizar mi cumple; acompañar a Luis a Coldplay; encontrar alguna serie que nos vuelva a atrapar; empezar el año.

Y tratar de ir al dentista antes de que se me caiga el próximo diente, o me lo trague.