El lunes pasado llegamos rápido. Más rápido que cuando iba a la mañana.
La General Paz estaba libre y por la Richieri no tardé más de 10 minutos. Hacía menos de un mes que había ido para el lado del aeropuerto, pero esta vez era distinto.
Volvía después de casi dos años.
A la salida de la autopista casi que no reconocí por dónde tenía que avanzar pero el camino me fue llevando como de memoria.
Nos abrieron la barrera, estacioné en el barro, dejamos los documentos entre las rejas y seguimos. Después de las mismas puertas de siempre, de los llaveros gigantes como los de los dibujitos llegamos a las aulas.
Como ya había pasado el mediodía el olor a sopa no impregnaba tanto el aire, pero igual se sentía.
Llegamos y había un par de chicas comiendo. Nos recibieron con el maestras, esa palabra tan rara para nosotras.
Una nos abrió el baño para que fueramos no sin antes decirnos que le pusieramos la llave por dentro porque a veces alguien no se daba cuenta y le entraba al baño a los profesores.
Otra en seguida nos trajo mate pero ya no pude recuperar el gusto de los años anteriores, ese que afuera nunca logramos imitar aunque probamos las yerbas más diferentes.
El cielo estaba partido en dos, de un lado venia negro como si se fuera a caer en cualquier momento; en el otro extremo, celeste brillante.
El pasto de afuera estaba bastante crecido, les pregunté a las chicas si lo tenían que cortar ellas pero me dijeron que no, que venían a cortarlo de vez en cuando.
Más al costado había muchos escritorios y muebles abandonados, ya oxidándose.
Y me dí cuenta de que lo que había creido que era la parte de atrás de la pista de aterrizaje del aeropuerto estaba de ese lado rodeado de alambres de púa.
Entre el sol incompleto y el abandono inicpiente, el paisaje idealizado de años anteriores, aquel en el que casi se nos apareció Santa Teresa estaba un poco devaluado. No me importa pensé, Garcilaso va a seguir garpando.
Fui con Noelia, siempre que voy con alguien por primera vez lo único que quiero es salir para que me cuenten qué les pareció, si también se sintieron mareadas por esa linea tan finita que separa el afuera del adentro.
Todo el tiempo que estuvimos un olor fuerte a madera quemada cortaba el aire
Esta vez me llamó también la atención el teléfono, metalico, pesado, parecía del Superagente 86. Me acordé del dia ese que fuimos con Xime, que sonó el teléfono y nos agarró un ataque de risa que no podíamos parar.
Del día que llevé un cd para grabarles e hice quinientos esfuerzos hasta que entendí que no podía grabar cds.
De la vez que me pelee con una pobre profesora que venia desde Mar del Plata para dar un taller de instrumentos naturales, o algo así y me sacaba las alumnas y yo convencida de que lo que iban a aprender conmigo era mucho más útil y conveniente que los instrumentos musicales.
De la vez que estabamos con Lidia y nos perdieron los documentos y sonaba de fondo la marcha del mundial 78.
De cuando vino una chica con un pedazo de torta y el pelo planchado porque el día anterior había sido su cumpleaños.
De la mujer que le escribía poesias a un gatito que se había traido escondido de Devoto.
Del día que me dieron de almorzar y me consiguieron dos manzanas de postre porque tenía bastante hambre.
Ahi estamos. Empezando de nuevo. En un rato salimos para allá con Lidia.
Este año vamos a ir todos los lunes. Se suma Noelia
Bienvenidas a Ezeiza.
Iba a poner J. Cash pero me pareció un poco obvio