La bici de Felipe está en el jardín, en los jardines, en las lluvias fuertes, en los relojes de las salas de parto, en ese jardín, en esa lluvia, en esa sala de parto, es el rayo que no cesa, el silencio que no se oxida, el heraldo negro; pero también la niebla que se levanta y el huracán que abandona el continente.En la bici de Felipe viajamos todos, los doce y los miles de doces que nos acompañan cada día, como somos tantos a veces nos caemos pero como somos tantos nos ayudamos a levantarnos.
martes, 20 de enero de 2015
Vale todo
Vale hacerse cargo con pasión de las decisiones.
Vale recibir una bebita diminuta y no saber qué hacer con ella.
Vale no entender al mes de nacida que se queda ahí para siempre, que tiene que seguir tomando la teta, que ahora la vida va a ser más las noches sin dormir, la plaza a la tarde o el yogur con zucaritas
Vale tenerla como hija única, única hija durante tres, casi cuatro años y seguir el protocolo jardín, cerámica, pintura, colonia, club.
Vale que se haya puesto celosa pero no tanto de su segunda hermana.
Vale que crezca, que se convierta en hermana mayor, en casi madre de sus hermanos.
Vale en la tormenta, cuando cargó a sus padres en sus hombros aunque a veces los haya tirado al piso con fuerza, con rabia.
Vale que haya protestado las últimas veces que recibió las noticias de sus hermanos dobles.
Vale que tenga su vida, que desaparezca el fin de semana, que tome sus decisiones.
Vale que a veces tenga una sonrisa lindísima, que se pase el día limpiando porque no se puede vivir en esta mugre.
Vale que sea para muchos de sus hermanos la mejor hermana.
Vale ver cómo pasa el tiempo a través de ella.
Vale verla acompañar y acompañarla
Vale verla irse de a poco.
Hoy hace veinte años que Vale, todo.
domingo, 18 de enero de 2015
Mercado Central
Cualquiera de estas
mañanas, a las cinco y media, cuando el sol empieza a pegar en la
ventana de nuestro cuarto, cuando me levanto a bajar la persiana para
que no entre luz hasta por lo menos las nueve, cualquiera de estos
días, me parece, despierto a Luis y nos vamos al mercado central.
La semana pasada me
desperté dos o tres veces antes de las seis pero, atrapados por
Happy Valley, una serie inglesa bastante buena, nos estábamos
durmiendo entre las dos y las tres así que bajé la persiana, miré
a Luis dormir y a Loli moverse como para empezar el día, y me volví
a acostar.
La última vez que fuimos
al mercado fue la semana antes de navidad, hacía bastante calor.
Bastante calor, y
bastante olor, sin mucha comprobación empírica creemos que lo que
aumenta el olor es la sandía, por eso en verano es un poco menos
soportable que en invierno.
Hay veces que pasan dos o
tres días hasta que desaparece el olor que queda impregnado en la
nariz como un souvenir del paseo.
El olor de las sandías
podridas que flotan en unos charcos que se hacen en el piso de las
rampas de los puestos, que no son charcos de agua sino de fluidos que
largan tomates, zapallitos, lechugas que no se pueden vender medio
podridos, que se tiran ahí.
El olor de esa ciénaga
vegetal evaporándose bajo el sol de enero más mucha gente que
revuelve entre ese barro jugoso, buscando encontrar algo para
llevarse o para vender, o para regalar.
Un Arcimboldo de la
miseria.
Un Matadero
vegano.
Con todo, el mercado es
un lugar al que me encanta ir.
Cada vez que entro,
frente a un cartel que anuncia la inminencia del Club Atlético
Mercado Central pienso lo bueno que seria que ese club tuviera un
equipo de hockey, que ese equipo de hockey necesitara una arquera,
que pudiera ser yo la arquera del Club Atlético Mercado Central.
La semana antes de la
navidad era un loquero, camiones de todos los tamaños y de todas las
nacionalidades taponaban unas calles que no eran mano ni contramano.
Dejamos el auto bastante lejos, contra un paredón y empezamos la
recorrida. Luis que me manda preguntar los precios a mí, yo que ya
aprendí que no hay que esperar que alguien te atienda sino preguntar
a los gritos a cuánto el cajón de y seguir caminando hasta
encontrar el más barato, los pibes de los puestos que tienen
clarísimo que no entendemos nada, que nos pueden cobrar lo que
quieren y que, como nos dijo uno una vez, compramos para consumo
personal.
Un viejito que solo venía
melones, hizo que revisaba los que me vendía, me enchufó un cajón
de seis melones y me mandó que lo cargara yo porque se ve que su
marido la abandonó me dijo. Pero no me había abandonado, estaba
buscando un changarín para que pasara con su carrito por todos los
puestos buscando las cosas que habíamos comprado.
Un chico más joven, que
solo vendía papas, bostezó, tenés sueño le pregunté, sí,
arrancamos a las tres de la mañana, pensé en Happy Valley. Pero
peor los de los puestos que tienen que ordenar las frutas por
colores, ellos vienen más temprano.
Pienso en las veces que
fuimos en invierno, el frío, el aliento a alcohol de los changarines.
La semana antes de
navidad compramos cajones de bananas, de manzanas, de naranjas, de
ciruelas, de uvas, de tomates cherrys, de cerezas, una bolsa de papas
y otra de cebollas.
Todo eso, 100 kilos entre
frutas y verduras, nos duró menos de un mes.
Por eso cualquiera de
estas mañanas, si nos despertamos a tiempo, tenemos que volver al
mercado.
Una de estas noches de
enero logramos salir a pasear.
Fuimos a tomar cerveza,
probando una, otra y otra nos pusimos a pensar en el mercado.
Pensamos en esas
películas exploradoras del conurbano y no se nos ocurrió ninguna
que pasara en el mercado.
Más cervezas y se nos
apareció un posible guión o una novela: pedazos de changarines
muertos en los containers, entre la fruta podrida, entre el olor de
la sandía.
Seguimos con la cerveza y
seguimos añadiendo detalles al argumento, hasta que Luis cerró el
tema diciendo, lástima que sos mina, no podrías escribir eso.
Por suerte no le dije
cómo seguía para mí la historia.
Que los changarines muertos querían ser todos arqueros del equipo de fútbol del Club
Atlético Mercado Central, que iban muriendo todos a manos de una
loca, que bajo el pretexto de ir al mercado a comprar fruta para su
numerosa y ejemplar familia solo quería llegar a atajar ella en el
primer equipo de los varones.
Una linda novela.
martes, 6 de enero de 2015
Enero
Empezó enero. Todos en casa.
12 personas a desayunar, a almorzar, a
merendar y a cenar.
En treinta días o menos
resolver todo lo no hecho el año pasado y todo lo que hay para hacer
en este.
El puntapié inicial siempre lo da la
desarmada del arbolito, allí empieza la cuenta regresiva.
Tengo una lista bastante
extensa de cosas para hacer en enero.
Algunas domésticas,
otras académicas, otras personales.
Creo que si hago la
décima parte voy a estar conforme.
Solucionar el problema
del terreno baldío que hay al fondo de casa para que deje de ser un
terreno baldío lleno de tierra que los más pequeños consideran
arena de un arenero inexistente.
Terminar el trabajo con
las Moradas de Santa Teresa.
Tratar de salir a correr,
a caminar, a tomar aire por lo menos dos veces por semana.
Rendir un subsidio al
conicet
Ir al once a comprar tela
para los acolchados de las camas nuevas, llevarle la tela a Sofi para
que los cosa.
Procurar que Loli y Tótal
abandonen la teta de su madre.
Organizar las ideas que
debería tener sobre La Dorotea en dos artículos para publicar en
revistas grupo uno.
Procurar que Loli y Tótal
abandonen las cunas del cuarto de sus padres y pasen a sus
respectivas nuevas habitaciones.
Al respecto tomar nota de
Vale que el otro día nos informó al padre y a mí que a Kp en su
cuarto de su casa nueva del country le pusieron una cama doble, no sé
si lo hizo para ponernos al tanto de la situación o requiriendo algo
similar en su domicilio urbano.
Pedir un subsidio al
gobierno de España.
Renovar el registro, no
sin antes intentar convencer a un controlador sobre lo fundamental e
imprescindible que es mi trabajo y que si no dejo el auto sobre Pedro
Goyena no puedo ir a dar clases a Puan, a donde tengo que ir en auto
porque salgo de casa quince minutos antes de que empiece la clase y
que lo que menos puedo hacer es dar vueltas hasta encontrar un lugar
permitido, para que a partir de dicha explicación me perdone las
seis o siete multas que tengo por mal estacionamiento.
Terminar el trabajo con
el teatro de Guillén de Castro
Ayudar a Luis a mantener
a las seis criaturas del medio sin piojos.
Rendir un subsidio al
gobierno de España.
Encontrar una novela que
no me aburra, esté bien escrita y engrose la lista de los monstruos
decimonónicos con los que me deleito hace ya cinco veranos.
Pedir un subsidio al
gobierno de la ciudad.
Procurar que Loli y Tótal
abandonen los pañales.
En toda esta antibucólica
leer La Arcadia.
Practicar la tercera
copla de las sevillanas, practicar el RÍ con las castañuelas.
Llegar a buen puerto con
el libro de El erudito y compartir un asado con los autores.
Mantener la heladera
llena durante todo el mes.
Conseguir tampones. El
otro día Luis me avisa que en la tele dijeron que no había, me reí.
El sábado en jumbo el estante estaba vacío. Volviendo pasamos por
farmacity idem, carrefour lo mismo. Probemos en los chinos, me
acompaña, se los tenés que pedir a la china en la caja me dice. No
me va a entender qué le estoy pidiendo, le contesto pero ya estaba
Luis preguntándole si tenía. La china mira en una caja, me mira a
mí y me dice, hay pero mediano, súper no, mediano, a vos no te
sirve. Tenía, entendió y me boludeó, todo junto. Me los llevé
igual. Le tuve que dar la razón a la mujer. El tampón era o me
pareció diminuto.
Más algo que parece lo
más difícil de todo, esperar con paciencia bahía de los vientos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)