Todos
los miércoles juego al fútbol en unas canchas por Agronomía.
Ayer,
me levanté temprano, me fui a La Plata con Meneca porque le daban el Honoris
causa a Joan Oleza, uno de mis grandes héroes académicos; después llevé y traje
chicas y chicos de la escuela a cumpleaños, de cumpleaños a casas de amigas.
A
las nueve de la noche estaba con Consu y con Ruli en las canchas. En el partido
me hicieron cinco goles y me dieron un pelotazo en el ojo derecho.
Siempre
me voy apurada porque llevo a algunas chicas que tienen que llegar a Los Incas
antes de que pase el último subte. Subimos todas rápido. Cuando quise cerrar mi
puerta se me trabó en la vereda, bajé porque creí que era por el peso pero la
puerta siguió trabada, adelanté un poco el auto y la pude cerrar. Empecé a
avanzar y escuché un ruido muy fuerte en la parte de atrás. “Se me pinchó una
rueda” pensé “estoy en llanta”. Volví a parar el auto al lado del cordón. Me bajé
y fui a ver de dónde venía el ruido. No estaba en llanta porque no la tenía
más, ni llanta, ni rueda, ni nada. Solo un disco brillante bordeado de resortes
que imaginé rotos por haber avanzado esos dos metros sin haberme percatado del
desastre.
Igual
que cuando me rompieron la cabeza lo primero que hice fue avisarle a Luis. Esta
vez no me salió tan bien, me echó la culpa porque me habían afanado, me informó
con mucha seguridad que era imposible poner el auxilio y me aconsejó que
llamara al remolque del seguro. Gracias le contesté y furiosa le corté. Ahí me
acordé de alguien que hace no mucho le dijo “Andá a decirle que no a algo”.
En
medio de la furia pasó una policía “¿no viste nada? Me acaban de afanar la
rueda”. “No, yo me tuve que ir a la avenida y ahora lo estoy acompañando a él a
su casa porque le quisieron robar”. Él era una criatura de no más de quince
años.
Consu
y Ruli se habían encerrado en el auto porque tenían miedo de los ladrones que
andaban sueltos. Les tuve que golpear doscientas veces los vidrios para que me
dejaran ver el teléfono del seguro. Llamé y me atendieron en seguida, una
muchacha en algún lugar del mundo me tranquilizó y me dijo que dejara todo en
sus manos que me mandaba el remolque pero que las niñas no podrían viajar en la
grúa. Segundo llamado a Luis para que viniera a buscar a sus hijas. Mientras,
me entraba un SMS que decía que el auxilio tardaría entre una hora y una hora y
media.
Cuando
Luis llegó me confirmó que no podía ponerle el auxilio, me hizo dos o tres
chistes que lograron que me encerrara en el auto mas enojada todavía, así que
optó por llevarse a las chicas sin mayor diálogo. Quedé sola entre el llanto y
el enojo. Mandé wa a mis grupos de fútbol, unas querían venir a buscarme, otra
quería venir a traerme plata, todas me pidieron que les avisara cuando llegara.
A
la hora de haberlo pedido llegó el auxilio. Un mecánico lindísimo, bien
canchero. Me dio la mano “volvieron con todo y la policía un desastre” fue lo
primero que me dijo. “¿por qué no tenés auxilio?” fue lo segundo. “Tengo pero
no se puede poner” “¿por qué no se puede? Son auxilios que sirven justo para estas cosas”
Y
yo, que ya me imaginaba dejando el auto en mi vereda para hoy a la mañana pedir
otra vez un remolque para ir a la gomería, o a Nissan o al lugar de mercado
libre donde me vendieran la misma llanta que me habían afanado, miré al hombre
de la grúa mas extasiada que a Oleza a la mañana cuando hablaba de la novela
española. “Sacale una foto sin la rueda antes de que te ponga el auxilio” “Pero
no tengo las tuercas” seguí, copiando lo que me había dicho Luis. “No importa,
le sacamos una tuerca a cada una de las otras ruedas.” Se quedó pensando y me
dijo “¿dónde habías dejado el auto? Le señalé la esquina y fue rápido para
allá. Volvió jugando con algo entre los dedos “Voy a jugar al tinenti con unas
tuercas de Nissan.” Antes de empezar el cambio de goma se acordó de la foto “¿le
sacaste la foto?” “Sale toda oscura, no sé si esto tiene flash” contesté ya sin
disimular mi idiotez. “Dame que te enseño” Me mostró cómo usar el flash, posó
para la foto que salió bien iluminada, no como la que había sacado antes que
era una oscuridad. Después cambió la rueda, me enseñó a aflojar y ajustar las
tuercas, siguió con un “para que después no te digan que sos mujer y no podés” y
remató la noche diciéndome “Ahora vamos a tomar un café para festejar que
aprendiste a usar el flash y a cambiar las ruedas”. Le agradecí pero no me
pareció adecuado, ya eran casi las doce y se habían apagado las luces de las
canchas. Les mandé audio a mis grupos futbolísticos para avisarles que estaba
volviendo a casa en auto, que me había solucionado el problema un mecánico muy
lindo. Unas me pidieron que les mandara foto y ahí me avivé que la más grande
de los grupos debe tener 25 años.
Cuando
llegué a casa la pileta de la cocina estaba llena de platos sucios de la cena.
Entré gritando si también tenía que lavar los platos. Bajó Luis “No, no tenés
que lavar nada. Te estaba esperando para comer con vos”. Le pedí perdón y le
conté del enviado de los dioses que me había rescatado en la noche de
Agronomía.
Ahora
tengo que conseguir la llanta y el caucho como me dijo hoy por teléfono un
muchacho de Nissan. El jueves necesito el auto impecable para irme a Mendoza.