La bici de Felipe está en el jardín, en los jardines, en las lluvias fuertes, en los relojes de las salas de parto, en ese jardín, en esa lluvia, en esa sala de parto, es el rayo que no cesa, el silencio que no se oxida, el heraldo negro; pero también la niebla que se levanta y el huracán que abandona el continente.En la bici de Felipe viajamos todos, los doce y los miles de doces que nos acompañan cada día, como somos tantos a veces nos caemos pero como somos tantos nos ayudamos a levantarnos.
En algún momento de la tarde del
miércoles pasado empezó a llover.
Al principio no eran
gotas fuertes, sino una especie de polvo húmedo que caía mientras el cielo se
iba poniendo de color cemento, entre la tarde que se acababa y la
tormenta que venía.
Habíamos salido de casa
cuando todavía asomaba un poco el sol entre las nubes. Estaba
pesado.
Pili y yo.
Pili protestando porque
se le hacía tarde, porque no sabía cómo cargar dos bolsas de
dormir y porque el abrigo de jean con corderito parecía excesivo en
esa humedad que pegoteaba el camino hacia el subte. Paramos en un
carrefour express y le compré galletitas y agua. Después, nos
separamos: ella siguió a un negocio de porquerías a comprarse
brillos verdes y yo ya bajé al subte porque me esperaba Xime en la
esquina de la Ópera. Antes de subir a la superficie compré dos
pañuelos verdes, uno para Xime y otro para Ruli que me lo venia
pidiendo hace bastante tiempo.
Con Xime dimos vueltas
por todos lados. Ya estaba claro que hacia la noche no iba a haber
mucho más que lluvia, lo que todavía no sabíamos era cuánto iba a
refrescar.
Cuando ya nos estábamos
por ir entra un ua en el grupo de fútbol de exalumnas avisando que estaban
merendando en un bar por Corrientes.
El bar era La Paz pero,
claro, ellas no tenían por qué saberlo.
Me senté un rato para
tomarme un café con leche. Promedio de edad veinte años. Me
enseñaron a jugar al UNO, me pintaron la cara con brillos verdes, la
llamaron a Pili para contarle que estaban conmigo, lo que hizo que
después no solo Pili sino también Clari se enojaran porque las
había cambiado por las otras, discutimos las tácticas para el
partido del domingo que teníamos que ganar o ganar, nos reimos,
tomamos mate entre las tazas de café, nos sacamos fotos, nos volvimos a reír.
En la mesa de al lado una
mujer de setenta años, de pañuelo arco iris, nos escuchaba con un
gesto en la cara que pude traducir como “¡Ojalá me pudiera sentar
con ustedes, a jugar al Uno, a que me pinten la cara, a pensar cómo
nos paramos el domingo frente al Farça!”.
Además de hacer todo
eso, en la hora y media que estuve entre ellas entendí que no hay
derrotas que puedan con estas chicas, que además de toda la fuerza
que están poniendo en la contienda nos están llevando más temprano
que tarde a la victoria, a esa victoria a la que nosotras estamos
tan poco acostumbradas.
Entendí también que
cuando Vero me dice que el fútbol me cambió la vida, no es el
fútbol lo que me cambió la vida, es la fuerza de nuestras hijas que
nos está arrastrando a entender la vida de otra manera.
Me fui. Empecé a caminar por
Corrientes, la lluvia además de ser mucho más fuerte lastimaba por lo fría.
De las estaciones del subte salían cada vez más chicas mientras que otras trataban de entrar para ya volverse. Me dí cuenta de que iba a
tener que seguir caminando, por lo menos, hasta Medrano. En la
esquina de Riobamba dos nenas no más grandes que Maite que iban en
dirección contraria a la mía me pararon y me preguntaron dónde
estaba la estación de tren. Cuando vieron mi cara de desconcierto
aclararon “el Sarmiento, a Ramos”. “Es para el otro lado” les
dije pero estaban demasiado perdidas para dejarlas solas así que
fuimos juntas hasta Pueyrredón, ahí les mostré a lo lejos las
luces que iluminaban el edificio de la estación y las nubes que lo
rodeaban. “No hay posibilidades de que se pierdan” las
tranquilicé. “Es que vinimos bien, pero después se llenó tanto
que tuvimos que salir por otras calles y nos perdimos” me
explicaron. Nos despedimos con un beso. “Gracias, hasta la próxima”
me saludaron. Me quedaban todavía casi cinco kilometros de caminata
bajo la lluvia helada.
Ya en la esquina de casa,
empapada y muerta de frío, escuché que una mujer desde una ventana
me preguntaba si volvía de la marcha. “Sí” le contesté. “Ya
se sabe que no sale” me dijo y siguió “Espero que no pase nada,
mi hija está yendo para allá”. “La mía está ahí” le
contesté. “Tengo cinco hijos” siguió la mujer que ya había
abierto la puerta de su casa para que habláramos más cómodas;
“Bueno, yo el doble” le contesté. “Es todo tan sencillo”
siguió diciendo, “que no sé para qué lo complican”. También
nos despedimos con un beso, también diciéndonos “hasta la
próxima.”
Una última idea que no
sé si tiene mucho que ver: con Xime vimos cómo muchas familias
cruzaban del otro lado, pasaban corriendo asustadas entre la alegría
verde. Dos mujeres envueltas en una bandera argentina llevaban una
imagen de la virgen.
Yo también le rezo todo
el tiempo a la virgen: a la misma que le rezan las madres que se les
murieron los hijos, o las que nunca encontraron sus cuerpos para
enterrarlos, o las que los tienen vivos pero se desesperan porque no
tienen para darles de comer, para vestirlos; a esa virgen que debería cuidar
a tantas chicas y a tantos chicos que se quedan sin madres.
A veces creo que María
me escucha, otras no. Pero nunca se me ocurriría llevarla como bandera.
Parí once hijos, ya no es un número sobre el que me detenga demasiado o que
me llame mucho la atención.
Aunque
en general para el resto de los seres humanos parece ser un dato que
me define y que nos define como familia.
Ni
siquiera registro ya, cuando me lo preguntan, las complicaciones que
produce la desarmónica relación entre embarazos e hijas e hijos que
me rodean. Eso sí a lo mejor es extraño pero ya tampoco lo
percibo.
La
otra noche después de comer nos quedamos hablando del tema que ocupa
la cabeza de mis hijas mayores: la interrupción voluntaria del
embarazo y su legalización.
Estaba
con las tres más grandes y alguna, no sé cuál, preguntó si yo
alguna vez había abortado a lo que respondí que no.
Pero
después me preguntaron si en algún embarazo lo había considerado.
A lo que les respondí que sí. Que lo había considerado por
diversas razones todas las veces que quedé embarazada después de
Consu.
Y
que también había dudado con Valen.
Parecieron
entender. Cuando ví las reacciones de todas frente a mis
explicaciones confirmé algo que venimos hablando con Vero hace un
tiempo: cómo nuestras hijas nos están cambiando no solamente los
modos de pensar algunas cuestiones abstractas sino también la forma de entender nuestras
propias experiencias.
Trece
Sonsi cumplió trece años.
Está altísima, gigante. Siempre nos acordamos con Luis de la
madrugada en la que nació, estábamos en la sala de pre partos
viendo por la tele uno de esos programas de formar palabras. Fue un
parto rápido, llegué con la bolsa rota. Igual que con Felipe.
Antes relataba mis
partos, ahora me dejaron también de parecer historias interesantes.
La última vez que hablé de esto fue con Noelia, la madre de Maxi y
Mili, los mellizos de la isla Maciel mientras lavábamos los platos.
Ella en total tiene seis: cuatro nenas y dos varones. Creo que además
me contó que se ligó las trompas, pero no me acuerdo.
Sonsi festejó el
domingo, invitó a algunas amigas y alquiló unos metegoles. Ese
mismo día Pili se fue de casa rumbo a la 21 11 14 a las 9 de la
mañana, después se hizo de noche sin que supiéramos nada de ella.
Nos desesperamos; entre las hermanas y las amigas se activó una
especie de red que la ubicó comiendo pizza en lo de alguien a las
once y media sin tener demasiada noción de nuestras preocupaciones.
Dieciocho
Me propongo como
ejercicio imaginar las cosas que hace un chico de dieciocho años.
Por ejemplo sacar el
registro. Tendría que decirle a Enru, que necesito el Clío.
Comprar cerveza en los
chinos, claro que en realidad el chino de la vuelta nunca pide
documento.
Romper el permiso de los
padres para salir del país, pasar solo en las ventanillas de
migraciones como hizo Pili la semana pasada cuando fuimos a
Montevideo.
Todo eso hace un chico de
dieciocho años, entre otras cosas.
Y ahora, agosto.
Siempre
llega como una tromba, siempre engaña como un mes amigable,
primaveral hasta que alguna mañana me despierto, helada y con la
garganta llena de pus o de pena.
Nunca falla.
Mientras espero esa
mañana, la de los dieciocho años de mi niño, pienso.
Pienso que ser madre es como encastrarnos para siempre en las
barras de un metegol: que si te movés vos movés a los demás y que
si los demás se mueven te mueven a vos, un metegol en el que no hay
reglas y entonces hay molinetes que te dejan cabeza para abajo
Y pienso también que si las maternidades
elegidas son tan difíciles no me quiero imaginar lo que son las impuestas.