lunes, 7 de mayo de 2018

Diluvio







Una de las noches del fin de semana largo, no me acuerdo cuál, diluvió.
Creo que fue la del sábado porque el sábado a la tarde fui a Ezeiza a llevar a Valen y a Pili que se iban a Cuba y ahí empezó a llover en el viaje de vuelta, en el que la lluvia no me dejaba ver nada y Toto, mi único acompañante, me protestaba cada vez que bajaba la ventanilla para ver mejor los espejitos porque le entraban gotas de lluvia.
Y también creo que fue el sábado porque pensé que por suerte no estaban ni Valen ni Pili cuando a la madrugada el agua empezó a caer adentro de casa casi más que afuera.
No nos alcanzaron los baldes, ni las toallas, ni nada.
El cuarto de los varones se inundó, Toto que se había quejado a la tarde de las gotitas que le mojaban la cara adentro del auto tuvo que pasarse a la cama de Octi, la más alta de las tres, porque el piso estaba lleno de agua.
Cuando paró un poco el diluvio Luis se subió al techo: estaba tapado el desagüe; al destaparlo el agua empezó a bajar por el caño haciendo un ruido similar al de las turbinas de los aviones que habíamos escuchado a la tarde en el aeropuerto antes de la lluvia.
También se empezaron a caer pedazos de machimbre; toda el agua más la basura que arrastraba a su paso iba para la rejilla del baño de los chicos pero en algún momento empezó a caer agua de los focos del techo así que tuvimos que cortar la luz y el baño quedó a oscuras.

Con tantas complicaciones tardé bastante en darme cuenta de que también tenía que revisar los placares. 
Ni en los estantes ni en los cajones había pasado nada pero del espacio de las perchas, donde ellos cuelgan las camisas, salía olor a una humedad rara, como si alguien hubiera fumado en ese lado del placard durante años y no lo hubieran ventilado nunca.
Me subí a la escalera que Luis había usado para ir al techo y ví que en la parte de arriba, ahí donde guardamos la ropa que ya no les entra, el agua había formado una pileta.

Ahí además guardamos todas las carpetas del jardín.
Las de los cuatro más chicos estaban en bolsas de plástico; a esas no les pasó nada.
Las de las más grandes estaban en bolsas de papel madera.
Las de Felipe también.
En una especie de ataque bajé todo; con el apuro las bolsas de papel se desfondaron; el piso húmedo quedó lleno de cohetes, de dinosaurios, de letras y de dibujos hechos con espuma de afeitar; levanté todo y esparcí las hojas sobre nuestra cama. Ahí, supuse que podría hacer una selección entre lo que estaba para tirar y lo que estaba para tirar pero no tanto.
En vez de hacer eso, me quedé un rato largo medio inmóvil, mirando esas hojas empapadas, con las acuarelas y las fibras de los dibujos corridas, transformadas en manchones desteñidos, sin saber si hacer un bollo con ellas, guardarlas húmedas o resignarme al olvido.
Algo guardé, no mucho.

Mientras, me puse a pensar en los objetos que se desintegran; en los recuerdos, en la posibilidad de escribirlos; en la lava que va por abajo de la tierra y que de vez en cuando aflora a la superficie; en este tiempo que intenté vivir distinto y terminé con los ligamentos rotos; en el DVD de 100% lucha que volví a ver después de 11 años y en tantas cosas más.
Afuera el ruido de las turbinas de avión ya no se escuchaba, la lluvia algo había amainado.

Y justo cuando el diluvio se hacía tristeza vino Toto a saltar arriba de la cama.










domingo, 15 de abril de 2018

Cúpulas



Veía estas cúpulas desde un balcón mientras esperaba que mi mamá se muriera.
Era la tercera vez que esperaba que alguien se muriera y volvía a pensar lo mismo de siempre: que tal vez había habido un error, que se habían equivocado, que iba a suceder un milagro.
Y después me acordaba de que era la tercera vez que me pasaba, que los milagros no existían.
Pero esa vez era distinto, estaban estas cúpulas y podía pasarme la mayor parte del tiempo adivinando a qué edificios pertenecían, era una forma de entretenerme.
Cuando venían las visitas los llevaba de paseo al balcón y les mostraba la parte de arriba de todos esos edificios, de todas esas terrazas. Después les contaba que mamá estaba muy mal, que se moría.
Iban muchas visitas.
Los últimos días ya no entraba a la habitación, me la pasaba sentada afuera, mirando las cúpulas.
A Valen, a Pili y a Maite no les gustaba tanto quedarse en el balcón, ellas se quedaban adentro del cuarto, llevaban apuntes de la facultad y leían ahí o se la pasaban mirando los celulares.
Se quedaron todo el tiempo al lado de su abuela.
Solo salían cuando entraban las enfermeras.

Ahora pasó un año.
Sumo un día más a los aniversarios de mierda que cruzan mi vida.
365 días en los que no sucedieron tantas cosas.
Pili se cambió de carrera y en unos días se va a Cuba con Valen que se hizo un tatuaje en el brazo.
Octi y Estani aprendieron a escribir en cursiva, ahora están bien distintos, sobre todo por el pelo; a Estani se lo sigue cortando Luis y a Octi lo llevé a Prana. Octi va a empezar fútbol y Estani está aprendiendo a tocar el cello.
Toto sigue haciéndose el bobo, Loli está preciosa.
Sonsi está haciendo el curso de ingreso y va sola en colectivo.
Consu está igual que siempre, hace las compras, cocina, juega al fútbol, le van a dar un solo en la orquesta.
Ruli nos enloquece a todos, no quiere ir más a piano, tiene una amiga nueva.
Maite dejó el violín pero sigue super responsable.
La casa, igual de desordenada: los manteles sin planchar, los depósitos de los baños sin andar y las esterillas de las sillas todas rotas porque los chicos se arrodillan y ya nadie los reta para que no lo hagan.
Y aunque seguimos todos y todas bien juntos tengo la percepción de que en algún lugar me quedé sola.
No sé en dónde, pienso posibilidades ¿en las fotos de cuando era chica? ¿en los consejos que no puedo pedir?, ¿en lo que nadie me dice que no puedo hacer? ¿en las discusiones madre-hija que tengo con Pili a cada rato?

El viernes, volviendo del Zamorano en vez de hacer el camino normal pasé por el Once, fue sin darme cuenta. De repente, me crucé con todas estas cúpulas pero las ví de abajo.
Unas estaban rodeadas por andamios, no parecían de arreglos sino de prevención por si se caía el revoque para abajo.
Pensé que por lo menos hace un año las torres se veían lindas, cuidadas, pensé que los andamios hubieran sumado tristeza a la tristeza, pena a la pena.

Ayer, sábado, me desperté temprano, llevé a Sonsi, a Viole, a Solange y a Manu al CNBA; volví a casa y me dormí de vuelta dos o tres horas más.
Me pelée con Pili, me metí en la pileta con el agua helada, empecé a leer el libro de Bulgákov, fuimos con Luis al barrio chino a comprar atún rojo, me tomé dos cervezas de las que me regalaron para mi cumple.
En el medio jugué un partido, contra las que iban primeras, que tenían a la goleadora, que venían de ganar 10 a 0, que estaban invictas.
Para mí era obvio que íbamos a ganarles y que le iba a dedicar el triunfo a mi mamá.
Me clavaron tres goles, perdimos. Creo que ninguno fue culpa mía. 
La culpa fue que no me acordara de que los milagros no existen.

Y se acabó el día.

martes, 10 de abril de 2018

Equipos






Este cuatrimestre estoy jugando cinco campeonatos, en cinco equipos distintos, de nombres variados, algunos votados y otros impuestos.

Real Cólicas, Quiricocho, Aquelarre, Kamchatka y Solanas. Y tengo una camiseta distinta para cada uno de ellos.

Cada uno tiene sus rasgos propios, algunos son los mismos del año pasado y otros son nuevos. Kamtchatka, por ejemplo, es uno conformado en casi su mayoría por jugadoras sub 20, con ese jugamos el campeonato de exalumnas del CNBA. Para decidir el nombre hicimos una juntada en el parque Los Andes una tarde muy calurosa de febrero, las chicas llevaron mate y aceitunas. Kamchatka compitió cabeza a cabeza con Marta Royo y ganó; Marta Royo para las jugadoras era solamente el nombre del libro de latín.

Este fin de semana tenía que jugar el viernes a la noche, el sábado a la tarde, el domingo a la mañana y el domingo a la tarde. Con el diluvio pensé que se iban a suspender todos los partidos, pero no fue así. El viernes a la noche jugamos en una cancha pesada por la cantidad de agua que tenía, la pelota se me resbalaba de las manos y cuando la pateábamos salía para cualquier lado. No importó, ganamos 11 a 0. Ese equipo se llama Quiricocho.

El sábado a la tarde los árbitros antes de empezar los partidos le pasaban el secador a la cancha, sacaban agua pero también sacaban caucho y ya que estaban pasto artificial. A la hora que nos tocó jugar había salido el sol, estaba todo pegajoso de calor. Terminé el partido jugando en corpiño. Lo mejor fue que las rivales no fueron y las rivales de otro equipo tampoco. Jugamos entonces un amistoso los dos equipos que las rivales no se habían presentado. “Buena onda, amistoso”. Hasta que metimos los goles y se acabó la buena onda y el amistoso. También ganamos. Ese es Aquelarre Fútbol Club. Cuando decidimos el nombre les mandé el fragmento de Las Brujas de Zugarrramurdi, ese que dice “A mí las brujas no me dan miedo...”

El domingo empezaba el campeonato de exalumnas, el de Kamchatka, el que en el grupo de wa quedó bajo el nombre de Marta Royo por eso que cada vez que mandan un mensaje parece que me está escribiendo la mujer. Me estrené mi camiseta negra con CCCP en letras blancas y el 1 en la espalda.
No llovía pero el cielo en cualquier momento se venía abajo. Llegué con el tiempo justo al campo de deportes, el mismo en el que una tarde de otoño de hace 32 años me probé los pats, porque Coni ya los había usado un rato y nos íbamos a turnar, y desde ahí ya nunca más abandoné el arco.

Todo conspira para que este campeonato de exalumnas no tenga nada que ver con los otros cuatro: el cemento, el área gigante, las chicas jovencisimas. En la primera jugada fui al piso, tapé una pelota, estaba comiendo un chicle y con el movimiento se me pegó a un perno que tengo sin corona y se me salió. El perno me quedó dando vueltas por la boca, con el consiguiente peligro de que me lo tragara. Pedí al árbitro que parara el partido y le dije a una de las chicas que estaba afuera “Cuidame el diente”, la pobre lo agarró y fue corriendo a guardarlo en su mochila.
A los cinco minutos del segundo tiempo el árbitro suspendió el encuentro porque se había largado a llover bastante fuerte, por suerte porque ya me había comido 3 goles, me había reventado el codo y la rodilla contra el cemento y la cabeza contra la rodilla de una delantera.
Cuando nos estábamos por ir me acordé de mi perno, me lo dieron y me lo volví a poner en la muela con una templanza soviética, haciendo honor a mi camiseta de Yashin. “Ay, pensé que era un arito” me dijo la pobre que lo había tenido en custodia.
Gracias a la lluvia también se suspendió el partido de la tarde. Hubiera sido el cuarto en menos de 48 horas.
A la noche fuimos a comer a Croxi. Les conté la historia del diente y las de los nombres de los equipos. No me dieron mucha bola, ya casi que no me dan más bola con nada.
Les dije “Cuando yo tenga mi equipo ya tengo el nombre” y en vez de preguntarme cuál era el nombre Pili me bajó a la realidad “Pensá que ya por la edad no vas a poder tener tu propio equipo”.
Y es cierto, si ya se me salen los dientes en los partidos.

Mi papá nos contaba que cuando ellos jugaban en la vereda, antes de empezar los partidos uno decía Aurieli y los otros le contestaban Diez y no era otra cosa que lo que los chicos entendían de All Ready? Yes, que era como empezaban los partidos verdaderos.

Así, en la próxima vida, en esa en la que voy a ser arquera profesional, en la que voy a escribir el libro de las canchas abandonadas, en la que voy a jugar campeonatos todos los días de la semana, en la que voy a hacer tantas otras cosas, en esa vida mi equipo se va a llamar Aurieli Diez.




lunes, 26 de marzo de 2018

Cumple


En esta foto debo tener dos años.
La descubrió Enru hace unos días revisando fotos viejas y las mandó a un grupo de wa que tenemos con Amanda y con Lorena: amigas desde que nacimos porque heredamos la amistad de nuestras mamás. Casi todas las que mandó eran unas fotos del corso de Cuenca, en realidad del corso solo una que está mi hermano disfrazado de pirata; las demás son de una pizzería a la que fuimos a comer después porque aparecemos disfrazadas y comiendo pizza.
Esta foto es de algún cumpleaños, no mío sino de alguna de mis amigas. Ahí éramos muy chiquitas, por eso nuestras mamás nos tenían a upa. Después los cumples se pusieron más divertidos, primero venían las animadoras y había chicos desconocidos, pero como nosotras nos quedábamos hasta lo último cuando se iban las animadoras nos poníamos a jugar al cuarto oscuro, nos tirábamos almohadones y nos escondíamos abajo de la cama, pensábamos que esa era la mejor forma para quedarnos más tiempo. Igual en algún momento los cumples siempre se acababan.

El sábado cumplí años.
Empecé el día con una linda fiesta, con la casa llena de gente. Cuatro horas antes de que empezara, el jardín se llenó de piedras y pensé que no ibamos a poder ni bailar, ni jugar al metegol ni nada.
Pero de a poco las piedras se fueron derritiendo y todo volvió a su lugar.
Recibí las doce de la noche con los mejores acompañantes: Luis, mis hijas e hijos, mis amigas y amigos queridos, las amigas y los amigos de mis hijas e hijos.
Todes como me enseñó Pili que tengo que decir.

Siempre, no sé si por la euforia de la fiesta, por la cantidad de gente, por el baile o más seguro por la cerveza, a mí me gusta hablar antes de soplar las velitas.
No me acuerdo qué dije exactamente. El resumen: que yo tengo una familia muy grande de hijos pero es lo único que tengo, por lo menos acá; entonces les expliqué que todos los que estaban ahí conmigo, muchos festejando mi cumple desde hace más de treinta años, eran mi familia.
No sé si fui muy clara pero eso era lo que les quise transmitir.
Creo igual que los invitados ya lo habían entendido porque los regalos que recibí fueron como si los que vinieron me conocieran de toda la vida: ropa del lugar que me gusta, pantalones largos para atajar, guantes de arquera, un botinero, Tintin en el país de los soviets, champagne, un libro de Bulgakov, otros libros, parches para la ropa con la cara de Néstor y una cantidad de botellas de cerveza que ocupaba toda la mesa de la cocina y que tuve que cuidar toda la noche de que nadie se las tomara.
Después me cantaron el Feliz Cumpleaños y algunos el Que los cumplás muy felices.
Y también cantamos Puro Teatro y En el último trago
Terminamos la noche a las cinco de la mañana bailando Los Totora con Ceci y con uno de mis equipos de fútbol.
Y a las 6 me fui a dormir.

A las 11 nos despertamos, ordenamos un poco y nos fuimos a la Plaza: Luis, Consu, Sole, Vero y yo en el auto de Mariano.
Con el cartel con las caras de los palotinos asesinados. Llevándolo por la 9 de julio
Levántandolo tan alto como nos lo permitían los palos de los costados que se salían a cada rato y que hacían que el cartel se arrugara, el viento que nos tiraba para atrás y la gente que le sacaba fotos cuando pasábamos.
Pero llegamos para colgarlo en la rejas de la Catedral
Y ahí nos quedamos un rato, mientras yo cumplía años.
Hace algún tiempo mi cumple me ponía bastante triste porque me hacía acordar lo contento que estaba Felipe cuando yo lo festejaba; fueron dos o tres años hasta que encontré la solución: volver a ir a la Plaza.
En algún lado escribí que la Plaza cura, que el dolor colectivo congela el propio, o lo cauteriza.

Más tarde tenía un partido. Estrené los guantes y el botinero. Le escribí a Xime que también me iba a estrenar los pantalones pero hacía menos frío de lo que pensaba así que jugué en shorts.
Arriba de la remera me puse la pechera con la imagen de los palotinos.
Empatamos 3 a 3, uno de los goles me lo comí yo, pero no me importó demasiado. En breve con mis guantes celestes me voy a convertir en una máquina de atajar.

Empecé a pensar algunas cosas
Una de las chicas del fútbol cuando vio mi pechera me contó que sabía la historia porque había visto la película del 4 de julio.
Y me acordé de que el año pasado después de la Plaza me fui a quedar con mamá y justo en Encuentro estaban pasando esa película. Y la vimos juntas aunque ya la habíamos visto un montón de veces.
Después del partido Marisú me mandó un mensaje que esperaba que lo estuviera pasando bien.
Sí, le contesté “ Plaza y Fútbol”. El 24 de marzo del año pasado nos encontramos en la Plaza y nos saludamos como si hiciera mucho que no nos veíamos aunque el año pasado en esta época nos veíamos casi todos los días.

Llegué a casa a las diez de la noche, los chicos querían ir a cenar afuera. “Mejor mañana” los convencí.
De todas formas tuve que esperar despierta hasta la 1 porque tenía que ir a buscar a Maite a un cumple.
En ese rato seguí pensando.

En la foto de arriba debo tener dos años.
Por ahora mi mamá fue la persona con la que pasé más cumpleaños.
Desde que cumplí ocho años hasta treinta mis fiestas fueron siempre en su casa. A veces me retaba porque tomaba mucho, no es que tomo mucho es que en mis cumples casi no como. Uno solo vomité, o dos.
Cuando ya eran en la nuestra, ella llegaba mucho más temprano (el viernes, por ejemplo, hubiera llegado en medio del granizo), me protestaba porque los manteles estaban arrugados, bailaba y se quedaba hasta el final, después a la mañana siguiente me llamaba y me decía "Qué lindo estuvo todo"

Por esas cosas me enojaba o me hacía reír.
Ahora la extraño un montón.
Creo que quise decir todo esto antes de las velitas.
Y también quise decir que con goles que te clavan en el ángulo y con tapadas espectaculares la vida sigue.
Como en la Plaza.

domingo, 11 de marzo de 2018

La isla


Cruzamos la ciudad rapidísimo, jugaba Boca en la Boca pero todavía las calles estaban vacías.
Teníamos que ir a la casa de Paco.
Luis sabía perfecto cómo llegar. Yo le mostré por dónde me había perdido el día que fuimos a pintar el mural, que terminé dando vueltas alrededor de la cancha de San Telmo.
Bajamos las cosas del auto y Paco nos dijo “Vengan conmigo así se las llevan ustedes”. Caminamos rodeando la plaza donde se empezaba a armar un picadito en medio de la tierra.
En alguna vereda atrona un parlante. Me acuerdo de dos cosas: de una vez que mi mamá me llevó a pasear a la isla Maciel y llegamos justo a esa plaza, pero el sol le daba distinto porque era invierno.
Y me acuerdo también de ese día tardísimo con Xime cruzando Santiago del Estero, entrando en cada uno de los pueblos en los que creíamos que ibamos a poder pasar la noche y en los que sonaba la misma música en las calles que ahí, en la isla.

Maximiliano tiene un mes y medio, es diminuto. No lo alzo pero creo que si me lo pongo en el antebrazo no llega a ocupar todo el espacio entre el codo y la muñeca.
Está durmiendo en un huevito que está subido arriba de algo que parece una mesa, custodiado por perros que juegan y levantan polvo.
Ni bien entramos a su casa nos rodean un montón de nenas. Una tiene una gata muy chiquita, nos la ofrece, “tiene pulgas” nos dice y se mata de risa. Otra de las nenas tiene algo blanco en el pelo, pienso que son liendres, como a veces tienen Consu o Lolita, pero no, es algo que se le pegoteó, crema o tal vez plasticola.
Al lado de Maximiliano hay un cochecito de bebé, ahí duerme Milagros, su hermana melliza. Ella pesó dos kilos cuatrocientos me cuenta la mamá; él, uno setecientos. Como Estani pienso.
Yo mientras hablo con Maira, la hermana de Maximiliano y de Milagros, me cuenta que tiene tres hermanos más, le pregunto si son las que están por ahí, me dice que no, que esas son sus vecinas, que sus hermanos se fueron con la abuela.
Ellos tienen diez le dice Paco a la mamá y te trajeron un cochecito para que entren los dos. Le explicamos cómo armarlo. Le pregunto si les pudo dar la teta pero no escucho la respuesta, solo siento que el caucho de la cancha en la que jugué hace un rato me empieza a lastimar adentro del corpiño.
"Nacieron prematuros", me cuenta, y me señala a la beba; “Ella se podía ir antes del hospital pero preferí que se quedaran los dos ahí”, como Estani con Octi vuelvo a pensar.
Saludamos y salimos a la calle, en el camino hacia la puerta entiendo que no es ni como Estani, ni como Octi, ni como Toto ni como Loli ni como ninguno de los seis restantes.
Mis hijos e hijas tienen su casa, tienen sus camas, tienen su leche todos los desayunos y su fruta cuando terminan cada almuerzo o cada cena.
Ni mis hijos ni mis hijas hicieron algún mérito especial para tener esas cosas, solamente tuvieron suerte al nacer. Como yo, o como tantos. Que vamos a la isla Maciel de visita guiada o a llevar lo que nos sobra sin darnos cuenta de que nos sobra casi todo.

Volvemos con Paco a su casa, nos cuenta que a la mañana la policía mató a un pibe con el patrullero, que va a tener que ir a ver a la familia.
Nos quedamos tomando mate los tres un rato largo, después él se va a dar misa y nosotros emprendemos la vuelta.
El sol le da de un modo al Riachuelo que hasta parece limpio. La Boca se va llenando de hinchas con camisetas multicolores.
Y, mientras cruzamos el puente pienso que ojalá que a ese bebito que debe seguir durmiendo tranquilo en un huevito que le queda gigante a su kilo setecientos, no lo mate un tiro por la espalda antes de cumplir los quince.

viernes, 16 de febrero de 2018

Backyardigans








Los ultimos días del verano de 2007 Sonsi y Maite que eran chiquitas se la pasaban mirando los backyardigans.
Sería como una maratón de Discovery Kids o Nickleodeon algo porque hace once años no había demasiadas posibilidades más allá de la tele.
No como ahora que Loli se la pasa viendo My little pony por Netflix o por you tube y recita por fonética los nombres de los ponys. Por eso cuando se los preguntamos cree que nos estamos riendo de ella, pero en realidad es que no entendemos cómo se llaman.
Igual Sonsi además de ver los backyardigans venía todas las mañanas a pedirnos a Luis y a mí que le preparáramos el nesquick. Era el único modo en que nos levantábamos de la cama y empezábamos el día.
Las voces de los backyardigans, unos híbridos entre animales, nenes y nenas, era el sonido con el que identifico toda esa época.
Lo primero que pensaba era que unos días antes también Felipe miraba la tele con ellas.
Tiempos espantosos, tempestades.
Había un capítulo en especial, el de playa Tiki, un paraíso de surfistas escondido, del que nadie podía indicar el camino y que se le revelaba a los verdaderos surfers casi por casualidad. Los backyardigans buscaban allí la ola perfecta, creían que era una playa pero no, otra pero no, hasta que se daban cuenta de que playa Tiki de algún modo estaba dentro de ellos.
A las nenas casi que era el capítulo que más les gustaba.
Pero yo tenía la certeza, en esas mañanas terribles, de que la playa Tiki se había vuelto para siempre un lugar inalcanzable.


Casi nunca sueño con Felipe pero todos los días me acuerdo de él.
No sólo me acuerdo pienso cómo sería ahora, si saldría a la noche al pub de Quequén con Pili, si hubiera ido a clases de surf como Consu y Ruli y ahora casi con 18 años estaría buscando la ola perfecta, si se hubiera quedado en Buenos Aires con Valen, si tendría una novia o un novio.
A veces gente que no lo conoció ve fotos y me pregunta si es Toto. Y yo les digo que no, que no es Toto.
Que Felipe está repartido en sus tres hermanos y en sus siete hermanas.
Creo que le hubiera tenido a Estani toda la paciencia del mundo y sé que Octi hubiera sido su hermano preferido.
Una de las pocas veces que soñé con él estaba durmiendo, lo cuidaba Ceci que me decía “no lo despiertes que duerme lo más tranquilo”. Después, cuando le conté el sueño me dijo “Que Felipe sea un despertador para nosotros”.
En ese momento no entendí. Ahora creo que entiendo un poco más o por lo menos estoy reflexionando en esa línea.
Hoy estoy acá sentada mirando cómo el mar brilla porque acaba de salirle el sol encima.
Pero no brilla en plateado, brilla en blanco por lo despejado que está el cielo.
Ayer la marea bajó de golpe, el mar abandonó el cangrejal, los chicos encontraron estrellas de mar y abajo de casa apareció la playa que hace como tres años había desaparecido.
Dicen que Quequén es así: que algunos veranos emergen playas submarinas y otros no. Como la playa Tiki donde está la ola perfecta.
La seguimos buscando.
Once años después cambié la certeza de la imposibilidad de alcanzarla, por la duda.
Y ya es un montón.






lunes, 12 de febrero de 2018

Barcos






Desde mi ventana veo los barcos en el mar esperando entrar al puerto.
Cada vez hay más. Ahora hay nueve.
De día se van acomodando según el modo en el que sopla el viento.
De noche las luces prendidas de cada uno de ellos hacen pensar que acá enfrente el mar tiene otra orilla y que en esa otra orilla hay una ciudad.

Hace dos días que el viento no nos deja salir, parece que llueve pero es la espuma de las olas que vuela por el aire y nos moja apenas salimos un poco a mirar cómo el mar pega en las piedras justo acá, abajo nuestro.
Cada año se detiene un poco el tiempo y también el espacio, somos un poco esa ciudad de enfrente que dibujan las luces de los barcos.
Y cada año pienso en las mismas palabras para inventarla: espuma, furia, piedras, viento; ya no se me ocurren muchas cosas más.
Lucía sacó una foto a un círculo de piedras adentro del que los chicos habían prendido un fuego y anotó el crepitar de las piedras.
Siempre a alguien se le va ocurriendo algo diferente con las mismas palabras.

La otra mañana en medio de mi caminata diaria ví venir unos perros por el camino de arena que bordea los acantilados.
Me llamó la atención lo rápido que corrían y que tenían unas orejas demasiado puntiagudas. Cuando se acercaron me dí cuenta de que eran liebres, se metieron muy rápido entre la vegetación de los médanos y no llegué a sacarles una foto.
Otra cosa que estoy aprendiendo en este verano es que todo pasa por Instagram.
También hay lechuzas que aparecen a la noche y como siempre cangrejos aunque este año el cangrejal está tapado por el mar.

Ayer llegó Valen, ya estamos los doce.
Les cuento historias de veranos pasados.
Uno, que estaba embarazada de Sonsi y todas las tardes me dormía la siesta con Maite que era muy chiquita.
Otro, que estaba embarazada de Felipe, que me hice acá el evatest y que me daba asco toda la comida, hasta una tarde que comí un tostado.
Pero son recuerdos lejanos, como de vidas ajenas.

En medio del viento bajamos a la playa con Toto, jugamos al veo veo y miramos cómo las olas se vuelven gigantes del color de los dinosaurios.
Las chicas aprendieron a jugar al truco, juegan todas las hermanas juntas, menos Loli que juega a la casita robada.
Los varones me abrazan a cada rato y me piden los play mobil de los Ghostbusters.
En la ciudad de enfrente, en esa de las luces de los barcos alguien espera un hijo y vomita todas las mañanas, alguien duerme la siesta, alguien decide, alguien se estremece con otros recuerdos.

Febrero sigue su marcha inexorable y todos esperamos casi por costumbre.
A lo mejor algún año cambia, el día no llega.
Pero siempre llega.
A veces el mar se come todo, otras destila un diamante.



sábado, 13 de enero de 2018

Serrano









En alguna esquina de la calle Serrano está la casa de mis abuelos paternos.
En la planta baja funcionaron durante mucho tiempo los consultorios de mi papá y de mi mamá y la planta alta estuvo siempre alquilada.
Hay además una terraza.
Por distintas cuestiones este año la planta alta quedó vacía. La tarde que la desocuparon los antiguos inquilinos yo fui con Valen y con Pili; no es un lugar al que me guste subir porque me trae bastantes recuerdos, algunos buenos y otros no tanto. Cuando terminamos la recorrida yo solo pensaba qué hacer con ese lugar pero ellas ya habían coincidido en la respuesta sin ni siquiera haber hablado. “Está buenísimo para hacer una fiesta”. “Por supuesto que no” les aclaré y les añadí lo que me pareció el mejor argumento “aparte le tienen que pedir permiso al tío”.

Como se acercaba la fecha en que se iban a España consideraron que el mejor lugar para una fiesta de despedida era ese. Cuando le pidieron permiso al tío, el tío no solo las dejó sino que además les contó que él había hecho un par de fiestas cuando la planta alta había quedado vacía en otra época, que en una habían descubierto a la mañana siguiente a un invitado dormido debajo de las hojas de la terraza y que en otra alguien no llegó al baño y había dejado su recuerdo en un cuartito que, en estos momentos, tiene serios peligros de que se le derrumbe el techo. Así, envalentonadas por tan lindas experiencias, organizaron una fiesta de despedida que convocó no más de setenta personas y que sin mayores problemas terminó a las 7 de la mañana.

Frente a ese éxito el anteúltimo fin de semana de 2017 Pili decidió festejar ahí su cumple junto con Clarita que también cumplía en esos días.
Ahí ya el evento se complicó un poco más.
Primero porque fueron más invitados.
Después, por una serie de cuestiones de infraestructura: el baño y el desagüe de la cocina se taparon; Pili sostenía que la planta alta no tiene una rejilla para que se vaya el agua que corría por las escaleras por las que algunas personas, ella por ejemplo, se resbalaban golpeándose distintas partes del cuerpo; Alguno de los presentes había pisado caca de perro desparramándola por toda esa laguna que cubría la fiesta así que al día siguiente había un olor asqueroso que traspasaba la puerta de entrada y llegaba hasta la vereda llena de botellas rotas.
Por último la vecina que la fiesta anterior se había limitado a tocar el timbre para pedir que bajaran la música, esta vez no estuvo tan comprensiva y a las seis de la mañana subió a su terraza a gritar y a tirar diversas cosas como una espátula que nos sirvió para abrir la ventana de nuestro baño que estaba atrancada y un VHS de Corre Lola corre con su caja que no podemos ver porque ya no tenemos más reproductor de video, igual la vimos en el cine hace muchísimo tiempo.

Pese a todo ese desastre el martes siguiente Valen me mandó un wa desde el trabajo “Te tengo que pedir un favor, te pago si querés” El favor era hacer una fiesta el 31 de diciembre después de las 12 de la noche. Antes de que le dijera que sí o que no ya había un flyer circulando. Fiesta en Palermo, entrada una bebida por persona. Con algunas condiciones acepté. Y el tío creo que también volvió a autorizar. Ese mismo martes a la tarde un equipo de destapadores intentó, sin lograrlo, destapar los desagües del lugar. El miércoles el evento ya tenía 500 invitados en fb. El 31 Valen se fue alrededor de la 1 para estar temprano, Pili la siguió un poco más tarde antes de avisarme que “Paso un rato por Serrano pero sigo a otra fiesta”.
A las 3 salí para llevar a mis tías a su casa que queda por Recoleta, a las 3.30 volvía por Córdoba y decidí, por las dudas, pasar por la fiesta. Cuando llegué la vereda estaba llena de gente, la vereda de enfrente estaba llena de gente, la calle estaba cortada por la gente y parado sobre Serrano había un patrullero. Estacioné a la vuelta y esperé a ver qué pasaba. Cuando ví que los policías bajaban del auto bajé yo también del mío y entablé con ellos el siguiente diálogo en la puerta de la casa.
YO: “ Hablen conmigo que soy la dueña de casa”
AGENTE: “Buenas noches, veo que están festejando la llegada del nuevo año”
YO: “Sí, claro”
AGENTE: “Bueno, le pido que los invitados no se amontonen en la vereda, o que entren o que circulen y otra cosa que le pido es que no profieran insultos desde la terraza como yuta puta, así vamos a poder tener una fiesta tranquilos, nosotros estamos de guardia hasta las 6 de la mañana”.
Agradecí, despedí al cana y traté de meter adentro de la casa a veinte personas supuestamente encargadas de la puerta, no demasiado concientes de la gravedad de la situación.
Pili indignada porque yo estaba hablando con el agente me decía “Pero ma, es la policía”; una amiga de Pili que me preguntaba si yo había manejado hasta allí copeteada; una amiga de Valen “Ojalá que fueras mi mamá”, Valen estresada por la situación y yo gritando al público de las veredas circulen circulen, al mejor estilo de la policía.
A las 4 decidí irme mientras veía cómo de todos lados seguían llegando contingentes a la fiesta.

A las 9 de la mañana del 1ero de enero me levanté para confirmar que mis hijas mayores ya estaban en sus respectivos cuartos. No había ninguna. Valen no me preocupó tanto porque supuse que se habría quedado a limpiar un poco, la llamé y me dio directo el contestador. Pili me preocupaba un poco más. Me atendió en seguida. “Recién terminamos de echar a la gente, quedaban como 100, al final me quedé a cuidar un poco”. “Te voy a buscar” le avisé.
9.30 llegué a Serrano. En la vereda había tantas personas como a las 4 de la mañana, la mayoría sucias de algo que parecía barro. “ No es barro, es la mugre que se hace en el piso por el tema de que no hay rejilla y está todo tapado” me aclaró Pili. Un muchacho en cueros con no mucha estabilidad la empezó a perseguir, se notaba que quería volver a entrar, Pili lo echó.
A una cuadra un grupo con una heladera y una guitarra prolongaba el jolgorio en la vereda.
A las 11.00 volví a buscar a Valen que supuestamente había terminado de limpiar o, por lo menos, de secar la inundación; a dos cuadras había un grupo de chicos entre los que llamaba la atención uno con una camisa multicolor “Esos vuelven de la fiesta” me dijo Valen, “se ve que se quedaron dando vueltas hasta ahora”.

Durante todo el día se fue armando el rompecabezas de la fiesta a partir de las conversaciones de mis hijas:
Creo que en un momento había 300 personas en la terraza, tenía miedo de que se viniera abajo; muchos rodaron por las escaleras; otros se encerraron en el cuarto del peligro de derrumbe que no sé de dónde contaba con un colchón; otros pillaron en botellas y los obligamos a llevarse las botellas pero otros las dejaron; a las 8 de la mañana Pili cortó la música y unos del Pelle le empezaron a gritar vos sos la dictadura; a las 8.30 unos chicos que no hablaban español preguntaron si seguía la fiesta; otros llegaron en moto a las 7.30 y Pili les avisó que era hora de irse y no de llegar, la vecina esta vez optó por devolver las cosas que le caían en su terraza como vasos y botellas y al día siguiente pidió hablar con las madres de esas chicas; a las 5 Clarita tuvo que cruzar a echar a unos cirujas que querían participar de la reunión; en algún momento fue el SAME; uno dijo yo escuché que decían me invitó Agus, dije lo mismo y entré; para sacar las fotos se subieron al tanque de agua; más tarde volvió la policía pero no entró; yo cuando te ví en la puerta pensé que la policía te había llamado; en un momento vinieron unos de tercer año y les tuvimos que decir que se fueran porque la fiesta era para más grandes.

Tres finales

Le mandaron las fotos de la fiesta al tío. Les contestó que la próxima vez cobren entrada. Después me mandó un mensaje a mí, que no entendía cómo no se había venido abajo la casa. Espero que no autorice más fiestas.

La semana pasada Valen me muestra un mensaje que le mandó un amigo por WA: “ Sé que estoy poniendo el dedo en la llaga pero tengo una amiga que quiere alquilar Serrano para su cumpleaños, no van a ser más de 50 personas” “No, no, el lugar está clausurado” le contestó.


Febrero de 1981. Cerca de Carnaval. Con mi hermano tenemos unos amigos que viven por Niceto Vega cerca de Serrano, una nena y un varón que tienen nuestra misma edad y con los que vamos a las mismas escuelas. Las chicas al Lengüitas, los chicos al Acosta. Pasamos juntos un montón de tiempo. Los fines de semana vamos al Atalaya o al Rialto y si no, boludeamos por ahí. Una tarde de calor decidimos ir a Serrano. No sé por qué tenemos la llave. La planta alta está vacía. Hace calor. Jugamos al carnaval, nos tiramos baldazos de agua y descubrimos una manguera en la terraza. Seguimos jugando. De repente el agua empieza a bajar por las escaleras: terraza, planta alta, planta baja, vereda, calle. Me acuerdo que en el placard del consultorio de mi papá hay unas toallas, secamos todo el piso, doblamos las toallas y las volvemos a guardar en los cajones. Cuando descubren el desastre nos retan aunque no demasiado. 
Pero tiene razón Pili, en Serrano no hay rejillas.

lunes, 1 de enero de 2018

Tatuaje








Cuando nuestras hijas nacieron decidimos no agujerearles las orejas a ninguna.
Entonces, cuando cumplieron dieciocho lo primero que hicieron fue ir a la Bond a ponerse aros. Valen en la nariz, Pili en la oreja.
Ahora ya van por el quinto o el sexto en cada oreja. Tienen aritos desde el lóbulo hasta la parte de arriba de la oreja que no sé cómo se llama.
La otra noche nos quedamos hablando sobre los lugares donde es más peligroso hacerse agujeros y los que duelen más.
De ahí derivamos al tema de los tatuajes.
Ninguna de las dos se anima por ahora, pero lo tienen como una posibilidad.
Y yo me volví a acordar de algunas cosas

En 2008 Meneca me trajo de regalo de Francia una F inicial del Leccionario de Montmajour, del siglo XII.
A Patricio le trajo una P.
Como hacía poco que me había comprado el Clio se me ocurrió agrandarla, hacerle un vinilo y pegarla en la puerta de adelante. El hombre que me lo hizo no era muy amigable y como leyó la imagen horizontal y no vertical no la entendió y me preguntó de bastante mal modo si eso era un trabuco o alguna otra arma antigua. “No señor”, le contesté, “es la inicial de mi nombre y la del nombre de mi hijo que se murió el año pasado”. Terminó rápido su trabajo sin levantar la vista de la F que quedó perfecta.
Y el Clío quedó bien tuneado.
Meses después le estuve dando vueltas a la idea de tatuarme la F en alguna parte del cuerpo, me llevaba para siempre además de las iniciales de los nombres la fuerza que necesitaba tanto.

Casi diez años después, con la certeza de que ya no me tatúo, con la F tuneando ahora el Nissan en su azul eléctrico, con el 2017 cerrado vuelvo a pensar en la F.
En el origen vuelve a estar Meneca, el libro que armamos con Gloria y la cantidad de historias que nos quedaron por el camino.
También Patricio con quien dimos un seminario en este año, que nos dejó volver un poco a esas otras épocas en las que nos reíamos todos los días de cualquier cosa.

La F sigue siendo la fuerza que cruzó 2017 pero no fue mía: la fuerza de mi mamá que ya sin poder moverse me llamó el 24 de marzo a la mañana para decirme que por favor no me olvidara de pasar, que quería darme un abrazo el día de mi cumple o el día ese en el sanatorio, en el que me confundió con Maite “por lo negra y por lo linda” o cuando ya al final me preguntó dónde era la fiesta de casamiento que teníamos y al contestarle yo "en el Zamorano" se quedó tranquila.
La fuerza de mis tres hijas más grandes que me sostuvieron cuando yo dejé de ser hija y por supuesto la fuerza de Luis, de su compañía y de su calma.

Hubo otras fuerzas, también tristes, tampoco mías: la fuerza de Milagro, cuando la abracé llorando y me dijo en el medio del patio del penal: “Acá no se viene a moquear”; la fuerza de la mamá de Santiago a la que no me dio el alma para abrazar cuando la vi sentada al lado del cajón de su hijo.

La F de fútbol. Tres, cuatro días por semana parada abajo del arco, explotando de alegría cuando podía volar un poco y al acariciar la pelota en el ángulo la mandaba al corner. Sentir cada partido, pese a las heridas de guerra: dedos violetas, cabeza rota, rodillas sangrando; como una de las mejores cosas del año que se fue.

La familia, la de los doce que somos y la de todas y todos que nos acompañan.
Valen y Pili paseando por España. Maite creciendo. Sonsi creciendo. Consu cruzando el Riachuelo con el atardecer rosa atrás. Ruli razonando como adulta. Octi loco por Spiderman. Estani escribiendo Esti “Bruno”Luján en su primera prueba de 1er grado porque es Batman. Loli en su burbuja de pequeños ponies. Toto que parece un bebé.
Raquel que en 2017 vino tres veces.
Mi hermano. Su familia en Sevilla.
Todo con Vero: elijo el sol explotándonos en la cabeza en esa marcha de mitad de marzo, cuando Vero me abrazó tan fuerte después de que le dije que mi mamá se iba a morir el día de mi cumple porque a veces en la vida me pasan así las cosas .
Enru, cuando me visitó de paso para su facultad.
Las cervezas con Coni.
Los piscos sour con María ese mediodía de sol en La mar.
Los viajes con Xime, su graduación como copilota experta con un excelente manejo del google maps que permitió atravesar La Banda en menos de una hora; el día que le convidamos hojas de coca a medio congreso, el día que nos escapamos al Aconcagua, el día que descubrimos casi por casualidad la bodega.
La bodega a la que volví con Luis hace poco y en la que vamos a festejar alguna vez algo.
Claudio y Amali que el jueves santo se llevaron a Consu y a los cuatro más chiquitos a pasar todo el día con ellos.
La mesa de fin de año con amigos queridos. Las compañías. Las buenas noticias.

Las fiestas, la comunión de Consu, los cumples de todos, las pijamadas de Octi y Estani, las pool parties de Maite llenas de adolescentes que dejaron todo embarrado, las fiestas en Serrano sobre las que en algún momento voy a escribir, la del aniversario del Zamorano que me perdí porque volaba de fiebre, de gripe y de tristeza.

Fabi que nunca dudó en encontrarse conmigo cada vez que se lo pedí. La primera vez me aconsejó, me alivió y ya en las siguientes me contó historias buenísimas.

La fe. No cualquiera. La de Solange, una nena hermosa, recibiendo la confirmación y convirtiéndome en su madrina.
La de Luis y Fran y el padre Paco; la de las milanesas en la Isla Maciel, la de la tarde de mayo en la inauguración de la capilla, la del mediodía de diciembre pintando el mural y compartiendo tantas cosas.
La que nos llevó caminando a Luján riéndonos casi todo el viaje.
La de Mariano, que me mandó el mejor mensaje cuando empezaba el domingo de Pascua y me copió Abril en Managua en mi pen drive de música para el auto.

Y por supuesto que sigue siendo la F de Felipe. De diez años de jabalíes y diamantes, del rayo que no cesa y que lastima en el recuerdo, pero también en la posibilidad del olvido.

La letra de lo que falta, los proyectos. Historias de la arquera soviética, de las canchas de fútbol, seguir retomando las sevillanas con Noelia; acompañar mucho a Sonsi en el esfuerzo que le toca, jugar dos o tres campeonatos, cambiar los guantes; transitar con Loli y Toto el último año del jardín que significa abandonar el jardín para siempre después de 17 años; seguir acompañándonos todos, seguir llenando de vida esta F que no vale la pena tatuarme en la piel porque la llevo tatuada en las venas.

Felicidades

jueves, 23 de noviembre de 2017

Rueda






Todos los miércoles juego al fútbol en unas canchas por Agronomía.
Ayer, me levanté temprano, me fui a La Plata con Meneca porque le daban el Honoris causa a Joan Oleza, uno de mis grandes héroes académicos; después llevé y traje chicas y chicos de la escuela a cumpleaños, de cumpleaños a casas de amigas.
A las nueve de la noche estaba con Consu y con Ruli en las canchas. En el partido me hicieron cinco goles y me dieron un pelotazo en el ojo derecho.
Siempre me voy apurada porque llevo a algunas chicas que tienen que llegar a Los Incas antes de que pase el último subte. Subimos todas rápido. Cuando quise cerrar mi puerta se me trabó en la vereda, bajé porque creí que era por el peso pero la puerta siguió trabada, adelanté un poco el auto y la pude cerrar. Empecé a avanzar y escuché un ruido muy fuerte en la parte de atrás. “Se me pinchó una rueda” pensé “estoy en llanta”. Volví a parar el auto al lado del cordón. Me bajé y fui a ver de dónde venía el ruido. No estaba en llanta porque no la tenía más, ni llanta, ni rueda, ni nada. Solo un disco brillante bordeado de resortes que imaginé rotos por haber avanzado esos dos metros sin haberme percatado del desastre.
Igual que cuando me rompieron la cabeza lo primero que hice fue avisarle a Luis. Esta vez no me salió tan bien, me echó la culpa porque me habían afanado, me informó con mucha seguridad que era imposible poner el auxilio y me aconsejó que llamara al remolque del seguro. Gracias le contesté y furiosa le corté. Ahí me acordé de alguien que hace no mucho le dijo “Andá a decirle que no a algo”.
En medio de la furia pasó una policía “¿no viste nada? Me acaban de afanar la rueda”. “No, yo me tuve que ir a la avenida y ahora lo estoy acompañando a él a su casa porque le quisieron robar”. Él era una criatura de no más de quince años.
Consu y Ruli se habían encerrado en el auto porque tenían miedo de los ladrones que andaban sueltos. Les tuve que golpear doscientas veces los vidrios para que me dejaran ver el teléfono del seguro. Llamé y me atendieron en seguida, una muchacha en algún lugar del mundo me tranquilizó y me dijo que dejara todo en sus manos que me mandaba el remolque pero que las niñas no podrían viajar en la grúa. Segundo llamado a Luis para que viniera a buscar a sus hijas. Mientras, me entraba un SMS que decía que el auxilio tardaría entre una hora y una hora y media.
Cuando Luis llegó me confirmó que no podía ponerle el auxilio, me hizo dos o tres chistes que lograron que me encerrara en el auto mas enojada todavía, así que optó por llevarse a las chicas sin mayor diálogo. Quedé sola entre el llanto y el enojo. Mandé wa a mis grupos de fútbol, unas querían venir a buscarme, otra quería venir a traerme plata, todas me pidieron que les avisara cuando llegara.
A la hora de haberlo pedido llegó el auxilio. Un mecánico lindísimo, bien canchero. Me dio la mano “volvieron con todo y la policía un desastre” fue lo primero que me dijo. “¿por qué no tenés auxilio?” fue lo segundo. “Tengo pero no se puede poner” “¿por qué no se puede? Son  auxilios que sirven justo para estas cosas”
Y yo, que ya me imaginaba dejando el auto en mi vereda para hoy a la mañana pedir otra vez un remolque para ir a la gomería, o a Nissan o al lugar de mercado libre donde me vendieran la misma llanta que me habían afanado, miré al hombre de la grúa mas extasiada que a Oleza a la mañana cuando hablaba de la novela española. “Sacale una foto sin la rueda antes de que te ponga el auxilio” “Pero no tengo las tuercas” seguí, copiando lo que me había dicho Luis. “No importa, le sacamos una tuerca a cada una de las otras ruedas.” Se quedó pensando y me dijo “¿dónde habías dejado el auto? Le señalé la esquina y fue rápido para allá. Volvió jugando con algo entre los dedos “Voy a jugar al tinenti con unas tuercas de Nissan.” Antes de empezar el cambio de goma se acordó de la foto “¿le sacaste la foto?” “Sale toda oscura, no sé si esto tiene flash” contesté ya sin disimular mi idiotez. “Dame que te enseño” Me mostró cómo usar el flash, posó para la foto que salió bien iluminada, no como la que había sacado antes que era una oscuridad. Después cambió la rueda, me enseñó a aflojar y ajustar las tuercas, siguió con un “para que después no te digan que sos mujer y no podés” y remató la noche diciéndome “Ahora vamos a tomar un café para festejar que aprendiste a usar el flash y a cambiar las ruedas”. Le agradecí pero no me pareció adecuado, ya eran casi las doce y se habían apagado las luces de las canchas. Les mandé audio a mis grupos futbolísticos para avisarles que estaba volviendo a casa en auto, que me había solucionado el problema un mecánico muy lindo. Unas me pidieron que les mandara foto y ahí me avivé que la más grande de los grupos debe tener 25 años.
Cuando llegué a casa la pileta de la cocina estaba llena de platos sucios de la cena. Entré gritando si también tenía que lavar los platos. Bajó Luis “No, no tenés que lavar nada. Te estaba esperando para comer con vos”. Le pedí perdón y le conté del enviado de los dioses que me había rescatado en la noche de Agronomía.

Ahora tengo que conseguir la llanta y el caucho como me dijo hoy por teléfono un muchacho de Nissan. El jueves necesito el auto impecable para irme a Mendoza.