sábado, 13 de enero de 2018

Serrano









En alguna esquina de la calle Serrano está la casa de mis abuelos paternos.
En la planta baja funcionaron durante mucho tiempo los consultorios de mi papá y de mi mamá y la planta alta estuvo siempre alquilada.
Hay además una terraza.
Por distintas cuestiones este año la planta alta quedó vacía. La tarde que la desocuparon los antiguos inquilinos yo fui con Valen y con Pili; no es un lugar al que me guste subir porque me trae bastantes recuerdos, algunos buenos y otros no tanto. Cuando terminamos la recorrida yo solo pensaba qué hacer con ese lugar pero ellas ya habían coincidido en la respuesta sin ni siquiera haber hablado. “Está buenísimo para hacer una fiesta”. “Por supuesto que no” les aclaré y les añadí lo que me pareció el mejor argumento “aparte le tienen que pedir permiso al tío”.

Como se acercaba la fecha en que se iban a España consideraron que el mejor lugar para una fiesta de despedida era ese. Cuando le pidieron permiso al tío, el tío no solo las dejó sino que además les contó que él había hecho un par de fiestas cuando la planta alta había quedado vacía en otra época, que en una habían descubierto a la mañana siguiente a un invitado dormido debajo de las hojas de la terraza y que en otra alguien no llegó al baño y había dejado su recuerdo en un cuartito que, en estos momentos, tiene serios peligros de que se le derrumbe el techo. Así, envalentonadas por tan lindas experiencias, organizaron una fiesta de despedida que convocó no más de setenta personas y que sin mayores problemas terminó a las 7 de la mañana.

Frente a ese éxito el anteúltimo fin de semana de 2017 Pili decidió festejar ahí su cumple junto con Clarita que también cumplía en esos días.
Ahí ya el evento se complicó un poco más.
Primero porque fueron más invitados.
Después, por una serie de cuestiones de infraestructura: el baño y el desagüe de la cocina se taparon; Pili sostenía que la planta alta no tiene una rejilla para que se vaya el agua que corría por las escaleras por las que algunas personas, ella por ejemplo, se resbalaban golpeándose distintas partes del cuerpo; Alguno de los presentes había pisado caca de perro desparramándola por toda esa laguna que cubría la fiesta así que al día siguiente había un olor asqueroso que traspasaba la puerta de entrada y llegaba hasta la vereda llena de botellas rotas.
Por último la vecina que la fiesta anterior se había limitado a tocar el timbre para pedir que bajaran la música, esta vez no estuvo tan comprensiva y a las seis de la mañana subió a su terraza a gritar y a tirar diversas cosas como una espátula que nos sirvió para abrir la ventana de nuestro baño que estaba atrancada y un VHS de Corre Lola corre con su caja que no podemos ver porque ya no tenemos más reproductor de video, igual la vimos en el cine hace muchísimo tiempo.

Pese a todo ese desastre el martes siguiente Valen me mandó un wa desde el trabajo “Te tengo que pedir un favor, te pago si querés” El favor era hacer una fiesta el 31 de diciembre después de las 12 de la noche. Antes de que le dijera que sí o que no ya había un flyer circulando. Fiesta en Palermo, entrada una bebida por persona. Con algunas condiciones acepté. Y el tío creo que también volvió a autorizar. Ese mismo martes a la tarde un equipo de destapadores intentó, sin lograrlo, destapar los desagües del lugar. El miércoles el evento ya tenía 500 invitados en fb. El 31 Valen se fue alrededor de la 1 para estar temprano, Pili la siguió un poco más tarde antes de avisarme que “Paso un rato por Serrano pero sigo a otra fiesta”.
A las 3 salí para llevar a mis tías a su casa que queda por Recoleta, a las 3.30 volvía por Córdoba y decidí, por las dudas, pasar por la fiesta. Cuando llegué la vereda estaba llena de gente, la vereda de enfrente estaba llena de gente, la calle estaba cortada por la gente y parado sobre Serrano había un patrullero. Estacioné a la vuelta y esperé a ver qué pasaba. Cuando ví que los policías bajaban del auto bajé yo también del mío y entablé con ellos el siguiente diálogo en la puerta de la casa.
YO: “ Hablen conmigo que soy la dueña de casa”
AGENTE: “Buenas noches, veo que están festejando la llegada del nuevo año”
YO: “Sí, claro”
AGENTE: “Bueno, le pido que los invitados no se amontonen en la vereda, o que entren o que circulen y otra cosa que le pido es que no profieran insultos desde la terraza como yuta puta, así vamos a poder tener una fiesta tranquilos, nosotros estamos de guardia hasta las 6 de la mañana”.
Agradecí, despedí al cana y traté de meter adentro de la casa a veinte personas supuestamente encargadas de la puerta, no demasiado concientes de la gravedad de la situación.
Pili indignada porque yo estaba hablando con el agente me decía “Pero ma, es la policía”; una amiga de Pili que me preguntaba si yo había manejado hasta allí copeteada; una amiga de Valen “Ojalá que fueras mi mamá”, Valen estresada por la situación y yo gritando al público de las veredas circulen circulen, al mejor estilo de la policía.
A las 4 decidí irme mientras veía cómo de todos lados seguían llegando contingentes a la fiesta.

A las 9 de la mañana del 1ero de enero me levanté para confirmar que mis hijas mayores ya estaban en sus respectivos cuartos. No había ninguna. Valen no me preocupó tanto porque supuse que se habría quedado a limpiar un poco, la llamé y me dio directo el contestador. Pili me preocupaba un poco más. Me atendió en seguida. “Recién terminamos de echar a la gente, quedaban como 100, al final me quedé a cuidar un poco”. “Te voy a buscar” le avisé.
9.30 llegué a Serrano. En la vereda había tantas personas como a las 4 de la mañana, la mayoría sucias de algo que parecía barro. “ No es barro, es la mugre que se hace en el piso por el tema de que no hay rejilla y está todo tapado” me aclaró Pili. Un muchacho en cueros con no mucha estabilidad la empezó a perseguir, se notaba que quería volver a entrar, Pili lo echó.
A una cuadra un grupo con una heladera y una guitarra prolongaba el jolgorio en la vereda.
A las 11.00 volví a buscar a Valen que supuestamente había terminado de limpiar o, por lo menos, de secar la inundación; a dos cuadras había un grupo de chicos entre los que llamaba la atención uno con una camisa multicolor “Esos vuelven de la fiesta” me dijo Valen, “se ve que se quedaron dando vueltas hasta ahora”.

Durante todo el día se fue armando el rompecabezas de la fiesta a partir de las conversaciones de mis hijas:
Creo que en un momento había 300 personas en la terraza, tenía miedo de que se viniera abajo; muchos rodaron por las escaleras; otros se encerraron en el cuarto del peligro de derrumbe que no sé de dónde contaba con un colchón; otros pillaron en botellas y los obligamos a llevarse las botellas pero otros las dejaron; a las 8 de la mañana Pili cortó la música y unos del Pelle le empezaron a gritar vos sos la dictadura; a las 8.30 unos chicos que no hablaban español preguntaron si seguía la fiesta; otros llegaron en moto a las 7.30 y Pili les avisó que era hora de irse y no de llegar, la vecina esta vez optó por devolver las cosas que le caían en su terraza como vasos y botellas y al día siguiente pidió hablar con las madres de esas chicas; a las 5 Clarita tuvo que cruzar a echar a unos cirujas que querían participar de la reunión; en algún momento fue el SAME; uno dijo yo escuché que decían me invitó Agus, dije lo mismo y entré; para sacar las fotos se subieron al tanque de agua; más tarde volvió la policía pero no entró; yo cuando te ví en la puerta pensé que la policía te había llamado; en un momento vinieron unos de tercer año y les tuvimos que decir que se fueran porque la fiesta era para más grandes.

Tres finales

Le mandaron las fotos de la fiesta al tío. Les contestó que la próxima vez cobren entrada. Después me mandó un mensaje a mí, que no entendía cómo no se había venido abajo la casa. Espero que no autorice más fiestas.

La semana pasada Valen me muestra un mensaje que le mandó un amigo por WA: “ Sé que estoy poniendo el dedo en la llaga pero tengo una amiga que quiere alquilar Serrano para su cumpleaños, no van a ser más de 50 personas” “No, no, el lugar está clausurado” le contestó.


Febrero de 1981. Cerca de Carnaval. Con mi hermano tenemos unos amigos que viven por Niceto Vega cerca de Serrano, una nena y un varón que tienen nuestra misma edad y con los que vamos a las mismas escuelas. Las chicas al Lengüitas, los chicos al Acosta. Pasamos juntos un montón de tiempo. Los fines de semana vamos al Atalaya o al Rialto y si no, boludeamos por ahí. Una tarde de calor decidimos ir a Serrano. No sé por qué tenemos la llave. La planta alta está vacía. Hace calor. Jugamos al carnaval, nos tiramos baldazos de agua y descubrimos una manguera en la terraza. Seguimos jugando. De repente el agua empieza a bajar por las escaleras: terraza, planta alta, planta baja, vereda, calle. Me acuerdo que en el placard del consultorio de mi papá hay unas toallas, secamos todo el piso, doblamos las toallas y las volvemos a guardar en los cajones. Cuando descubren el desastre nos retan aunque no demasiado. 
Pero tiene razón Pili, en Serrano no hay rejillas.

lunes, 1 de enero de 2018

Tatuaje








Cuando nuestras hijas nacieron decidimos no agujerearles las orejas a ninguna.
Entonces, cuando cumplieron dieciocho lo primero que hicieron fue ir a la Bond a ponerse aros. Valen en la nariz, Pili en la oreja.
Ahora ya van por el quinto o el sexto en cada oreja. Tienen aritos desde el lóbulo hasta la parte de arriba de la oreja que no sé cómo se llama.
La otra noche nos quedamos hablando sobre los lugares donde es más peligroso hacerse agujeros y los que duelen más.
De ahí derivamos al tema de los tatuajes.
Ninguna de las dos se anima por ahora, pero lo tienen como una posibilidad.
Y yo me volví a acordar de algunas cosas

En 2008 Meneca me trajo de regalo de Francia una F inicial del Leccionario de Montmajour, del siglo XII.
A Patricio le trajo una P.
Como hacía poco que me había comprado el Clio se me ocurrió agrandarla, hacerle un vinilo y pegarla en la puerta de adelante. El hombre que me lo hizo no era muy amigable y como leyó la imagen horizontal y no vertical no la entendió y me preguntó de bastante mal modo si eso era un trabuco o alguna otra arma antigua. “No señor”, le contesté, “es la inicial de mi nombre y la del nombre de mi hijo que se murió el año pasado”. Terminó rápido su trabajo sin levantar la vista de la F que quedó perfecta.
Y el Clío quedó bien tuneado.
Meses después le estuve dando vueltas a la idea de tatuarme la F en alguna parte del cuerpo, me llevaba para siempre además de las iniciales de los nombres la fuerza que necesitaba tanto.

Casi diez años después, con la certeza de que ya no me tatúo, con la F tuneando ahora el Nissan en su azul eléctrico, con el 2017 cerrado vuelvo a pensar en la F.
En el origen vuelve a estar Meneca, el libro que armamos con Gloria y la cantidad de historias que nos quedaron por el camino.
También Patricio con quien dimos un seminario en este año, que nos dejó volver un poco a esas otras épocas en las que nos reíamos todos los días de cualquier cosa.

La F sigue siendo la fuerza que cruzó 2017 pero no fue mía: la fuerza de mi mamá que ya sin poder moverse me llamó el 24 de marzo a la mañana para decirme que por favor no me olvidara de pasar, que quería darme un abrazo el día de mi cumple o el día ese en el sanatorio, en el que me confundió con Maite “por lo negra y por lo linda” o cuando ya al final me preguntó dónde era la fiesta de casamiento que teníamos y al contestarle yo "en el Zamorano" se quedó tranquila.
La fuerza de mis tres hijas más grandes que me sostuvieron cuando yo dejé de ser hija y por supuesto la fuerza de Luis, de su compañía y de su calma.

Hubo otras fuerzas, también tristes, tampoco mías: la fuerza de Milagro, cuando la abracé llorando y me dijo en el medio del patio del penal: “Acá no se viene a moquear”; la fuerza de la mamá de Santiago a la que no me dio el alma para abrazar cuando la vi sentada al lado del cajón de su hijo.

La F de fútbol. Tres, cuatro días por semana parada abajo del arco, explotando de alegría cuando podía volar un poco y al acariciar la pelota en el ángulo la mandaba al corner. Sentir cada partido, pese a las heridas de guerra: dedos violetas, cabeza rota, rodillas sangrando; como una de las mejores cosas del año que se fue.

La familia, la de los doce que somos y la de todas y todos que nos acompañan.
Valen y Pili paseando por España. Maite creciendo. Sonsi creciendo. Consu cruzando el Riachuelo con el atardecer rosa atrás. Ruli razonando como adulta. Octi loco por Spiderman. Estani escribiendo Esti “Bruno”Luján en su primera prueba de 1er grado porque es Batman. Loli en su burbuja de pequeños ponies. Toto que parece un bebé.
Raquel que en 2017 vino tres veces.
Mi hermano. Su familia en Sevilla.
Todo con Vero: elijo el sol explotándonos en la cabeza en esa marcha de mitad de marzo, cuando Vero me abrazó tan fuerte después de que le dije que mi mamá se iba a morir el día de mi cumple porque a veces en la vida me pasan así las cosas .
Enru, cuando me visitó de paso para su facultad.
Las cervezas con Coni.
Los piscos sour con María ese mediodía de sol en La mar.
Los viajes con Xime, su graduación como copilota experta con un excelente manejo del google maps que permitió atravesar La Banda en menos de una hora; el día que le convidamos hojas de coca a medio congreso, el día que nos escapamos al Aconcagua, el día que descubrimos casi por casualidad la bodega.
La bodega a la que volví con Luis hace poco y en la que vamos a festejar alguna vez algo.
Claudio y Amali que el jueves santo se llevaron a Consu y a los cuatro más chiquitos a pasar todo el día con ellos.
La mesa de fin de año con amigos queridos. Las compañías. Las buenas noticias.

Las fiestas, la comunión de Consu, los cumples de todos, las pijamadas de Octi y Estani, las pool parties de Maite llenas de adolescentes que dejaron todo embarrado, las fiestas en Serrano sobre las que en algún momento voy a escribir, la del aniversario del Zamorano que me perdí porque volaba de fiebre, de gripe y de tristeza.

Fabi que nunca dudó en encontrarse conmigo cada vez que se lo pedí. La primera vez me aconsejó, me alivió y ya en las siguientes me contó historias buenísimas.

La fe. No cualquiera. La de Solange, una nena hermosa, recibiendo la confirmación y convirtiéndome en su madrina.
La de Luis y Fran y el padre Paco; la de las milanesas en la Isla Maciel, la de la tarde de mayo en la inauguración de la capilla, la del mediodía de diciembre pintando el mural y compartiendo tantas cosas.
La que nos llevó caminando a Luján riéndonos casi todo el viaje.
La de Mariano, que me mandó el mejor mensaje cuando empezaba el domingo de Pascua y me copió Abril en Managua en mi pen drive de música para el auto.

Y por supuesto que sigue siendo la F de Felipe. De diez años de jabalíes y diamantes, del rayo que no cesa y que lastima en el recuerdo, pero también en la posibilidad del olvido.

La letra de lo que falta, los proyectos. Historias de la arquera soviética, de las canchas de fútbol, seguir retomando las sevillanas con Noelia; acompañar mucho a Sonsi en el esfuerzo que le toca, jugar dos o tres campeonatos, cambiar los guantes; transitar con Loli y Toto el último año del jardín que significa abandonar el jardín para siempre después de 17 años; seguir acompañándonos todos, seguir llenando de vida esta F que no vale la pena tatuarme en la piel porque la llevo tatuada en las venas.

Felicidades

jueves, 23 de noviembre de 2017

Rueda






Todos los miércoles juego al fútbol en unas canchas por Agronomía.
Ayer, me levanté temprano, me fui a La Plata con Meneca porque le daban el Honoris causa a Joan Oleza, uno de mis grandes héroes académicos; después llevé y traje chicas y chicos de la escuela a cumpleaños, de cumpleaños a casas de amigas.
A las nueve de la noche estaba con Consu y con Ruli en las canchas. En el partido me hicieron cinco goles y me dieron un pelotazo en el ojo derecho.
Siempre me voy apurada porque llevo a algunas chicas que tienen que llegar a Los Incas antes de que pase el último subte. Subimos todas rápido. Cuando quise cerrar mi puerta se me trabó en la vereda, bajé porque creí que era por el peso pero la puerta siguió trabada, adelanté un poco el auto y la pude cerrar. Empecé a avanzar y escuché un ruido muy fuerte en la parte de atrás. “Se me pinchó una rueda” pensé “estoy en llanta”. Volví a parar el auto al lado del cordón. Me bajé y fui a ver de dónde venía el ruido. No estaba en llanta porque no la tenía más, ni llanta, ni rueda, ni nada. Solo un disco brillante bordeado de resortes que imaginé rotos por haber avanzado esos dos metros sin haberme percatado del desastre.
Igual que cuando me rompieron la cabeza lo primero que hice fue avisarle a Luis. Esta vez no me salió tan bien, me echó la culpa porque me habían afanado, me informó con mucha seguridad que era imposible poner el auxilio y me aconsejó que llamara al remolque del seguro. Gracias le contesté y furiosa le corté. Ahí me acordé de alguien que hace no mucho le dijo “Andá a decirle que no a algo”.
En medio de la furia pasó una policía “¿no viste nada? Me acaban de afanar la rueda”. “No, yo me tuve que ir a la avenida y ahora lo estoy acompañando a él a su casa porque le quisieron robar”. Él era una criatura de no más de quince años.
Consu y Ruli se habían encerrado en el auto porque tenían miedo de los ladrones que andaban sueltos. Les tuve que golpear doscientas veces los vidrios para que me dejaran ver el teléfono del seguro. Llamé y me atendieron en seguida, una muchacha en algún lugar del mundo me tranquilizó y me dijo que dejara todo en sus manos que me mandaba el remolque pero que las niñas no podrían viajar en la grúa. Segundo llamado a Luis para que viniera a buscar a sus hijas. Mientras, me entraba un SMS que decía que el auxilio tardaría entre una hora y una hora y media.
Cuando Luis llegó me confirmó que no podía ponerle el auxilio, me hizo dos o tres chistes que lograron que me encerrara en el auto mas enojada todavía, así que optó por llevarse a las chicas sin mayor diálogo. Quedé sola entre el llanto y el enojo. Mandé wa a mis grupos de fútbol, unas querían venir a buscarme, otra quería venir a traerme plata, todas me pidieron que les avisara cuando llegara.
A la hora de haberlo pedido llegó el auxilio. Un mecánico lindísimo, bien canchero. Me dio la mano “volvieron con todo y la policía un desastre” fue lo primero que me dijo. “¿por qué no tenés auxilio?” fue lo segundo. “Tengo pero no se puede poner” “¿por qué no se puede? Son  auxilios que sirven justo para estas cosas”
Y yo, que ya me imaginaba dejando el auto en mi vereda para hoy a la mañana pedir otra vez un remolque para ir a la gomería, o a Nissan o al lugar de mercado libre donde me vendieran la misma llanta que me habían afanado, miré al hombre de la grúa mas extasiada que a Oleza a la mañana cuando hablaba de la novela española. “Sacale una foto sin la rueda antes de que te ponga el auxilio” “Pero no tengo las tuercas” seguí, copiando lo que me había dicho Luis. “No importa, le sacamos una tuerca a cada una de las otras ruedas.” Se quedó pensando y me dijo “¿dónde habías dejado el auto? Le señalé la esquina y fue rápido para allá. Volvió jugando con algo entre los dedos “Voy a jugar al tinenti con unas tuercas de Nissan.” Antes de empezar el cambio de goma se acordó de la foto “¿le sacaste la foto?” “Sale toda oscura, no sé si esto tiene flash” contesté ya sin disimular mi idiotez. “Dame que te enseño” Me mostró cómo usar el flash, posó para la foto que salió bien iluminada, no como la que había sacado antes que era una oscuridad. Después cambió la rueda, me enseñó a aflojar y ajustar las tuercas, siguió con un “para que después no te digan que sos mujer y no podés” y remató la noche diciéndome “Ahora vamos a tomar un café para festejar que aprendiste a usar el flash y a cambiar las ruedas”. Le agradecí pero no me pareció adecuado, ya eran casi las doce y se habían apagado las luces de las canchas. Les mandé audio a mis grupos futbolísticos para avisarles que estaba volviendo a casa en auto, que me había solucionado el problema un mecánico muy lindo. Unas me pidieron que les mandara foto y ahí me avivé que la más grande de los grupos debe tener 25 años.
Cuando llegué a casa la pileta de la cocina estaba llena de platos sucios de la cena. Entré gritando si también tenía que lavar los platos. Bajó Luis “No, no tenés que lavar nada. Te estaba esperando para comer con vos”. Le pedí perdón y le conté del enviado de los dioses que me había rescatado en la noche de Agronomía.

Ahora tengo que conseguir la llanta y el caucho como me dijo hoy por teléfono un muchacho de Nissan. El jueves necesito el auto impecable para irme a Mendoza.

viernes, 13 de octubre de 2017

Octubre








Ya estamos casi en la mitad de octubre y todavía no comí alcauciles. Cuando tenía siete años algún día después del día de la madre se murió mi abuela. Se fueron todos al cementerio y yo me fui a la casa de mis otros abuelos. Había alcauciles para almorzar. Desde ahí que los alcauciles quedaron directamente ligados con el mes de octubre, con el sol que empieza a pegar más fuerte en el momento más alto de la primavera y con las personas  y el tiempo que se van yendo.

Este octubre lo empecé en el medio de la oscuridad; llegando a Luján después de caminar todo el día. Salimos a la mañana desde Liniers, con Ceci y María que ya una semana antes, después de unos cuantos piscos sours, me había dado el dinero para que la anotara. El camino estuvo increíble: como siempre nos reímos, nos cansamos, nos encontramos con gente, contamos historias. María había llevado  una batería de productos para las ampollas: vendas, siliconas, curitas y también cosas raras para comer como almendras y dátiles. Ya de noche me quedé sola en la peor parte, en la que no hay nada, ni luz. Caminé sola un rato largo hasta que alcancé a otros amigos. Caminé sola pero no tanto: más temprano había seleccionado veinte personas que quiero muchísimo para que me acompañaran x wa. Algunas me mandaron mensajes lindísimos y otras me fueron contando historias conjurando la soledad y el cansancio. Pili me escribió que si afrontaba la peregrinación con la fuerza con la que afrontaba la vida llegaba seguro. Mientras les estaba leyendo ese mensaje a unos amigos me llevé puesto un lomo de burro justo con una uña que se me estaba saliendo, pensé que me caía ahí y quedaba y me dio mucha risa.
En Luján, cuando llegué a la plaza, me acordé de este enero en el que fuimos con mi mamá, mi tía y Maite. Y mamá me dijo “Seguro que este año volvés a venir caminando ¿no?”. En aquel momento le había contestado que sí tan segura que en ningún momento del camino tuve dudas de que no iba a llegar. Y antes de llegar al puesto a comerme una hamburguesa y a reencontrarme en el colectivo con Ceci y con María lloré un poco.

El mes sigue con mucho fútbol. No tengo demasiadas ganas de hacer nada, con excepción de jugar. Amistosos, torneos. Miércoles, viernes, sábados y domingos. La sensación que de haber nacido después hubiera llegado al fútbol mucho antes, hubiera disfrutado mucho más. Como Consu ahora, por  ejemplo. Me compré un par de remeras de arquera y conseguí por Mercado Libre una camiseta homenaje a Lev Yashin, toda negra con las letras CCCP. Pero por ahora no me la puedo estrenar. El domingo pasado entraba una delantera al área, venía sola, sin marca, Traía la pelota bastante adelantada, me tiré al piso para sacársela, la agarré pero la chica siguió de largo y se me cayó encima. El golpe no fue tan fuerte pero sentí como un puntazo en el cerebro que no me dejaba incorporar. Me llevé el guante a la cabeza como para amortiguar el golpe o para calmar el ardor y lo saqué todo rojo de sangre. Desde el suelo miré a la chica y le pregunté si tenía pulseras o anillos, “no, no” me contestó mientras se tapaba con una mano la muñeca de la otra. Mis compañeras de equipo se asustaron, yo intenté tranquilizarlas diciéndoles que la cabeza sangra bastante. Consu llamó a Luis desde un celular prestado y me vinieron a buscar todos en seguida. En la guardia me suturaron y me hicieron un vendaje gigante que se me salió mientras dormía. El lunes me armé yo un parche con cintas pegadas en el pelo. Ahora ya me saqué todo.

Octubre avanza con proyectos. Presentar el libro de Meneca, seguir escribiendo sobre la arquera soviética, cuadricular la ciudad en busca de lugares perdidos y otros disparates más. Menos el primero son todos delirios, por eso si se concretaran sería fantástico.
Por ahora voy a pasar el día de la madre con dos puntos en la cabeza. Mi anhelo era jugar el torneo de los domingos. Pero no va a poder ser; por la cabeza y porque los partidos se pasaron al lunes. Tengo otros anhelos para el domingo, algunos posibles y otros no. El mayor es que el día se pase rápido; ahora la tristeza que no tiene nombre es para abajo pero también para arriba porque me estoy dando cuenta de algo que me decía el otro día Diego: llega una edad en la  que la palabra huérfano ya no sirve.
 Aunque a lo mejor todo se soluciona con el sabor de un par de alcauciles.




viernes, 29 de septiembre de 2017

Lugares




I
Un martes, hace ya un mes, nos fuimos con Xime a Mendoza. El Nissan volvió a salir a la ruta después de haber estudiado a conciencia el mapa de Argentina con la copiloto, con Paula, con Enru y con todo aquel que me quisiera escuchar, para ver cuál era el mejor camino para evitar el desvío de la inundación de la ruta 7. Fuimos a un congreso, sin los trabajos terminados, pero con las ideas en la cabeza;  por suerte leíamos el último día. Atravesamos cinco provincias y  llegamos a Mendoza a la noche, no muy tarde.
El miércoles estuvimos hasta el mediodía en el congreso. Después del lunch de bienvenida en el que se reactivó muy gratamente el comando Nápoles, nos escapamos hasta el pie del Aconcagua. Era la primera vez que manejaba en la montaña, en una ruta en la que pasaban los camiones por los costados, mucho más rápido que los que nos tocaban bocinazos cuando hace ocho años en viaje a Salta, no encontrábamos ningún lugar a la noche para parar a dormir.
Cuando volvíamos a Mendoza nos confundimos y tomamos la autopista para el otro lado, llegamos al hotel bastante tarde y cansadas; comimos una hamburguesa de remolacha y quinoa, yo con IPA, Xime con cerveza roja y nos quedamos un rato largo intentando escribir algo coherente para leer el viernes.
El jueves fuimos muy temprano al congreso. Otra vez al mediodía nos escabullimos, ahora rumbo al valle de Uco. Nos perdimos nuevamente pero con suerte: encontramos una bodega lindísima donde almorzamos  con vino rosado y nos aprovisionamos para fiestas de acá a un año. Como nos quedó la mitad de la botella del almuerzo nos la trajimos. Tuvimos que volver un rato al congreso y después ya fuimos al hotel a seguir escribiendo los trabajos. Cuando los terminamos, a las cuatro de la mañana brindamos con el vino que nos había sobrado.
El viernes a las siete ya estábamos en pie con nuestras comunicaciones listas y prolijas. Después de leer y de almorzar empezamos el regreso.
Esa noche nos quedamos en San Luis en un hotel en el que la poca señal que había no me impidió saber que Pili había quedado bajo los gases de la policía en la Plaza de Mayo cuando salía del colegio luego de haber estado, junto con Luis y con Valen, preguntando dónde está Santiago.
El sábado a la mañana dormí hasta cualquier hora y salimos casi al mediodía. A pesar de tanto mapa y de tanto aparato nos perdimos por vigésima vez y terminamos en la ruta 9 vieja. Llegamos a Buenos Aires tardísimo, agotadas y con la profecía de  Xime -aquella con la que me convenció para ir: “Vas a ver que la vamos a pasar bien y nos vamos a reir como siempre”-  cumplida.

II

Ya hace diez días que Valen y Pili volvieron de España. Partieron un lunes a la noche;  fuimos todos a despedirlas a Ezeiza, siempre vamos todos a despedir a los que viajan. Valen se llevó una valija rosa que se había comprado en NY con cuatro ruedas; Pili, una mediana de la abuela, de un juego que tiene además una más chica que yo había llevado a Mendoza  y una más grande que hasta hace una semana pensé que estaba perdida.
La primera parte del viaje la pasaron en Zamora. Tenían que visitar el pueblo de su abuelo. Antes de que se subieran al avión les dí una foto en la que estoy yo hace veintitrés años parada frente a una casa de piedra y les escribí atrás  “Esta es la casa donde nació Abelino, espero que cuando la encuentren se acuerden de su abuelo que estaría tan orgulloso de ustedes como lo estoy yo” Les escribí también que esperaba que les gustara España tanto como me gusta a mí y que las quería mucho. Supuse que la carta las haría  reir y que no la iban a tomar demasiado en serio.
El día que fueron a San Cristóbal me mandaron una foto de otra casa, y un audio en el que me explicaban que esa era donde había nacido Abelino, que la que yo tenía la foto era un comercio, o un corral o que no sabían muy bien qué. “Por las dudas”, me decían “también nos sacamos una foto en la que vos nos dijiste”. Después Pili me contó que se había emocionado y que en algunas partes del viaje había llorado de la emoción. La última noche nos mandaron un video y contaban que habían cantado “Que viva España”.
Cuando terminaron la semana en Zamora se separaron: Valen se fue a Barcelona y Pili a Granada. Se reencontraron en Sevilla  en la casa de su tío, estuvieron con sus primos. Después pasearon por Madrid. Trajeron chorizo, turrones y a mí un vestido lindísimo lleno de flores. Pili rompió la valija mediana de la abuela en algún viaje en tren así que en Sevilla la cambió por la grande que tenía el tío que también mandó regalos para todos. Tomaron sol, recorrieron museos, palacios y catedrales, comieron tapas y tomaron tinto de verano. Ahora están retomando sus cosas: facultad, trabajo, salidas.

III
El  dormitorio de los varones, otro de los lugares.
La cama de Toto constantemente deshecha y sin guardar debajo de la de Estani porque la cantidad de ropa tirada en el piso no le deja lugar. Uno de estos sábados les ordené los placards y les pegué carteles en los estantes para que se organizaran: remeras de superhéroes, camisetas de fútbol, remeras de dinosaurios, jeans, calzoncillos, mallas. Cuando saqué los cajones se me cayó el primero, el más alto en el dedo gordo del pie; me largué a llorar no tanto por el dolor sino por el miedo a que se me acabara el fútbol y la caminata a Luján pero sólo fue un minuto, después se me pasó. A pesar de que los tres casi lloraron conmigo, al día siguiente estaba todo desordenado otra vez. En la única pared que queda libre, sin camas ni placares hay siempre un fila de zapatillas y medias como si fueran autitos. A Toto el otro día se le ocurrió hacer pis en una sartén de juguete, lo que se goteó al piso del cuarto lo limpió con un pantalón y el resto lo tiró en el piso del balcón.


Igual los prefiero así, desordenando su cuarto que paseando por el mundo mostrándonos lo rápido que crecen.

jueves, 17 de agosto de 2017

Montevideo








La última semana de las vacaciones de invierno nos fuimos los doce a Montevideo. Desde el verano de 2015 que no nos íbamos todos juntos a algún lado. Las más grandes acomodaron sus compromisos sociales para poder viajar, y para los cuatro más chicos era la primera salida a un lugar que no fuera Bahía de los Vientos. Para todos, una aventura.
La noche anterior al viaje Luis imprimió todos los pasajes, apiló todos los documentos y preparó las reservas del hotel: veinticuatro pasajes entre ida y vuelta, doce documentos, libreta de casamiento, bodega del auto y comprobantes de cuatro habitaciones reservadas. En el puerto, en cada ventanilla que pasábamos para hacer trámites los empleados, todos varones, repitieron el  mismo diálogo ultra sexista con Luis: “¿Son todos tuyos?” “Sí”, “Te felicito”.  

La primera vez que fui sola a Montevideo tenía veinte años, en una gira de hockey. Dos días en los que diluvió sin parar un minuto. Jugamos los partidos en una cancha de básquet hundida entre las tribunas que estaba en algún lugar que nunca más pude volver a ubicar, en la costanera entre el centro y Carrasco. Nos la pasamos en La Pasiva todo el tiempo. En uno de los equipos contra los que nos deberíamos haber enfrentado si no hubiera llovido jugaba una madre con una de sus hijas. Me pareció una estupidez: madre joven, hija adolescente. A la noche la mayoría de las jugadoras fueron a bailar. Yo me quedé en el hotel con una chica que acababa de ponerse de novia con un chico que tenía ocho hermanos. “Creo que es del Opus” me dijo.

Algunos meses después fui por segunda vez, ya con Luis, en una expedición bizarra cuyo relato entero sería una nouvelle. Nos alojamos en el hotel de Carrasco que estaba casi abandonado, ventanas rotas, persianas que no cerraban. Hacía mucho calor: los días transcurrieron entre la habitación del hotel y la orilla del río, tirados en la arena mojada por el agua dulce. Ahí me terminó de fascinar Montevideo.

Las dos veces siguientes ya fuimos con los chicos. Una con Valen, Pili y Felipe de la que no me acuerdo casi nada, solo que habíamos llevado la Scenic y que Luis se torció un tobillo. La otra con Valen, Pili, Maite, Sonsi y Consu. Esa vez también hizo calor y la playa se llenó de unos peces con espinas que si uno se distraía se le clavaban en las plantas de los pies.

El año pasado mi mamá nos regaló para nuestros cumpleaños un viaje. Elegimos Montevideo. Después de casi veinticinco años volvimos solos. Caminamos por toda la ciudad, encontramos un restaurant lindísimo para festejar el cumple de Luis. Esa fue la cuarta visita.

La quinta fue esta. El tiempo estuvo increíble, paseamos por la Ciudad Vieja, recorrimos el Centenario, hicimos un picnic al borde del río, en el Cerro visitamos el Museo de la Memoria, en Carrasco jugamos a la pelota en la playa. En el hotel se la pasaban subiendo y bajando por el ascensor, hablando por teléfono y tocando los timbres. 
Valen dormía con Octi y Estani;  cuando les dijo que tenían que bajar a desayunar los dos le dijeron que ya estaban listos: pijama y pantuflas, pensaron que podían ir así. 
Con Pili recorrimos infructuosamente bastantes negocios buscando la yerba con cannabis, hasta que en el negocio de la Plaza Zabala dos chicos con unos porros gruesos como tubos de ensayo nos dijeron que la habían sacado de la venta porque no estaba autorizada. En revancha nos trajimos entre Zyllerthal y Patricia como cinco botellas.
Una noche los diez se organizaron, se pidieron comida y rancharon en una de las cuatro habitaciones que habíamos ocupado. Mientras, con Luis volvíamos al restaurant del año pasado. 

En el barco de vuelta todo el tiempo se me cruzaban imágenes de las veces anteriores: la que jugaba al hockey con la hija, la del novio con ocho hermanos, el calor de Carrasco, las espinas de los peces. Se me cruzó también la idea de que un buen modo de conocer a la gente es preguntarles si les gusta o no Montevideo. 

El primer día, en una sala del museo del Cabildo mientras cuidábamos que los más chiquitos se portaran lo mejor posible, Luis se me acercó y me preguntó  “¿Viste cuál es el verdadero nombre de la ciudad?”.
Antes de que me contara cuál era leí en su cara que venía algo grosso, “San Felipe de Montevideo”  me dijo y me señaló con la mano un mapa viejo donde podía comprobarlo.

Ahí entendí  todo.



lunes, 24 de julio de 2017

Meses





En distancias y no en tiempo en estos meses pasaron algunas cosas.
Por diversas razones no tuve ganas de escribir ninguna;  pasaron igual.

I

Un domingo de mayo, de superclásico nos subimos con Xime a mi Nissan nuevo, azul eléctrico, brillante, un poco más lindo que el que quise siempre, rumbo a Jujuy.
Viajamos todo el día y paramos a dormir en Ojo de Agua. Habíamos reservado un hotel al borde de la ruta, al lado de una estación de servicio. Llegamos cuando se estaba haciendo de noche, justo cuando River con un gol ampliaba la diferencia y remataba el partido. El bar de la YPF, lleno de hinchas millonarios, explotó de alegría.
Pero nosotras estábamos más atentas a un fantasma que nos había acompañado todo el trayecto anunciándose bajo diversas formas: una figura negra que cruzó la ruta desierta cuando empezaba a llover, el celu que nos marcaba dos horas distintas, el cementerio que descubrimos al lado del hotel y el relato, encontrado por Xime en Internet,  de la aparición de un fantasma en una foto que habían sacado dos chicas de Ojo de Agua en Jujuy. Y el remate, que me contó recién al día siguiente cuando un sol tranquilizador disolvía las gotitas de escarcha de las ópticas del Nissan que habían recibido durante la noche su bautismo de fuego: una de las chicas que compartía la foto con el fantasma se llamaba Ximena.

II
La semana en Jujuy la pasamos entre paseos y un congreso.
Subimos a alturas y a paisajes impensados, mascamos coca, nos reímos de todo y de todos.
En Purmamarca comí un chivito riquísimo.
En Humahuaca compré habas, mote y papines de todos los colores. Verdes, marrones, naranjas, violetas que después Luis iba cocinar con brie de cabra .
En el penal de Alto Comedero conversamos con Milagro sobre las mujeres de siete polleras,  la piel  oscura y el fútbol. Al despedirnos  la abracé fuerte y le pedí que cuando estuviera libre me invitara a atajar en su equipo.
Ya  en la ruta de regreso pudimos ver en los campos de soja de Santiago del Estero los suris que la Puna nos había retaceado.  
Hace ocho años Salta, ahora Jujuy. Manejar miles de kilómetros hacia el norte es mi antídoto contra la tristeza.

III
El mes siguiente se pasó entre la gripe A, los pintores y la corrección de las galeras del libro de Meneca. Por primera vez en mi vida tuve que ir a una guardia: elegí una a dos cuadras de mi casa de Plaza. Volé de fiebre durante tres días y me perdí la fiesta de aniversario del  Zamorano.
Unos días después Valen se fue a New York y terminó de hacerme dar cuenta lo grande que está. En unos meses cumple la edad que yo tenía cuando nació ella. A veces peleamos. El otro día me peleé con Pili, que también está muy grande, porque me pidió que le comprara unas entradas para Coldplay, me enojé tanto que estuve despierta gran parte de la noche. A la mañana me arrepentí, la abracé llorando y le regalé dos entradas. La semana siguiente le dije a Valen que no podía tener como único interés ir a bailar. “Estoy de vacaciones, promocioné todas las materias y el año que viene me recibo” me contestó.
Y es cierto.
La sensación de que tengo la edad justa para las cuatro nenas del medio; de que estoy joven para las grandes y sin paciencia para los chiquitos. Se la conté a Fabiana en el Martinez nuevo que abrieron por acá cerca. Se la conté el otro día a Soledad en la puerta de su casa. Y me quedé bastante contenta con mi propia interpretación. Me faltó Enru.

IV
Las pruebas del libro de Meneca me demandaron dos semanas.  Al final ya no leía el contenido de los capítulos, sólo corregía con colores los errores y cuestiones formales. Uno de los últimos días, cuando ya las letras bailaban todas iguales ante mis ojos, encontré, de casualidad, un  trabajo sobre novelas en que las hijas hablan de sus madres. La autora recorría textos de escritoras españolas contemporáneas y definía para todos ellos algo así como un género: la evocación de la madre muerta. Definía también un estado post pérdida en el que se vuelven a pensar no solo las relaciones de maternidad hacia arriba sino también hacia abajo. Quedé contenta, desde la literatura podía explicarse mi furia  contra las entradas de Coldplay o contra los bailes de Valen.

V
Así pasé estos meses, saliendo de casa solo para llevar y traer niños o para ir a jugar al fútbol. En agosto voy a tratar de empezar un año al que todavía no me pude subir y que debería no haber empezado nunca.
Algunas perspectivas: viajar a Mendoza, empezar a jugar un campeonato en las canchitas de Palermo, escribir la historia de la arquera que se va vestida de hombre a jugar un mundial a la URSS, canjear unos puntos para ir a ver a Bon Jovi en la cancha de Vélez , retomar la calma.
Como siempre la vida sigue.



lunes, 8 de mayo de 2017

Domingos

Casi todos los domingos mi mamá venía a almorzar con nosotros, tocaba dos timbres cortos pero vibrantes; cuando el timbre sonaba así ya sabíamos que era ella. A veces traía bolsas con cosas que no podía bajar sola del auto, entonces se escuchaba la bocina del auto; no el timbre y las chicas se peleaban porque ninguna quería salir a ayudarla. Después de comer se quedaba toda la tarde; si había sol se iba a leer al jardín.

Cuando yo era chica los domingos paseábamos bastante. En estos días, no sé por qué, me estuve acordando mucho de un teatro que quedaba en una galería por Santa Fe y Pueyrredón. Teatrón me parece que era el nombre. Me llamaba la atención porque era un anfiteatro en miniatura. Los días de semana cruzaba la ciudad hasta mi jardín de infantes. Era en una escuela de la Boca que tenía un consultorio. Mi mamá atendía ahí, por eso terminé en ese jardín. Pero iba solo  lunes, martes y jueves; miércoles y viernes me quedaba en casa. En esos cruces de la ciudad desde Palermo hasta la Boca mi mamá me enseñó a leer: me acuerdo de un cartel de Fanta que estaba en Constitución. No hace mucho, uno de esos domingos que vino a almorzar a casa me trajo una carta que había encontrado que yo le había escrito ni bien había aprendido a escribir. “Parecen arañas en vez de letras” le dije y me reí  “No”- me dijo emocionada- “eras muy chiquita”.

Hubo, hace poco, otros domingos. Los pasamos en el sanatorio. A la madrugada llegaba siempre Pili, que en vez de volver a dormir a casa de sus salidas se iba directo a estar con su abuela, una vez la acompañó Clarita. Y después Valen, que no faltó ni un día y Maite que iba antes y después de ir al colegio y Consu que una vez nos avisó que se quedaba ella porque con ella la abuela comía y Sonsi que le volvió a agarrar broncoespasmo y Ruli que me dio tantos abrazos. Y Luis que me reemplazó en los peores momentos. Y Marisú que me enseñó cosas de mi mamá que yo no conocía, que me trajo infinitos cafés y que lloró conmigo. Y mi hermano con el que nos pudimos dar todos los abrazos que nos faltaban. Y Raquel que, como siempre que viene de visita desde que tengo cinco años, me recuerda lo bueno que es tener una tía y lo malo que es tenerla lejos.

Una de sus mejores amigas cuando vino a verla ya en los últimos días  le recordó que tenían que irse juntas a Sevilla, “Sí” le contestó mamá- “andá vos primero que yo después viajo”. Con Enru nos pusimos a llorar. Cuando le conté a Vero la escena nos prometimos cumplir con nuestro sueño de irnos en barco y hacer el camino de Santiago.

El día que la despedimos, su casa de Plaza se llenó de gente que tenía historias para mí no tan conocidas. Y de otra que tenía historias conocidas.  A mí lo que se me ocurrió contar fue la vez que entré llorando a su consultorio porque me acababa de enterar que estaba embarazada de gemelos y solucionó todo bien rápido diciéndome “Pensé que me ibas a decir que tenías un chico muerto en la panza; ¿cómo llorás por eso? Van a ser chiquitos en el verano,para las nenas tenés la pileta y vos te podés quedar con los bebes recién nacidos” .

Hoy a la noche, como algunos domingos, fuimos a comer pizza a Croxi. Primero Luis dejó el auto muy lejos del cordón.”Parecés la abuela” le dijo Pili. Después se empezaron a acordar de todas las películas que habían ido a ver al cine con la abuela y Valen contó algunas historias del octubre pasado cuando estuvieron en las playas del sur de Italia. Consu dijo “Pobre abuela “; Pili le preguntó “¿Por qué pobre? Si tuvo una buena vida” a lo que Consu respondió “Porque nos dio mucho y le devolvimos poco”. “¿Por qué te parece eso?” le pregunté- “porque a veces no la saludábamos” contestó muy convencida. Nos acordamos de las cartas que los Reyes Magos les dejaban en su casa que eran siempre como diplomas al mérito con algunas reconvenciones; de los carteles que les había hecho a cada uno para los cumpleaños con los personajes de Disney que le salían peores que los de los trencitos de la alegría y de algunas cosas más.Y entonces, me dí cuenta de que aunque hoy no habían sonado los dos timbres cortos pero vibrantes, seguía compartiendo el domingo con nosotros.

Me dejó algunos mandatos, cosas que me animó a hacer y que ahora las tengo que hacer indefectiblemente: visitar a Milagro en la cárcel, caminar otra vez a Luján, comprarles las pulseras de oro a las nietas que faltan.
Me dejó otros mandatos tácitos, cosas que me enseñó a lo largo de estos cuarenta y seis años que estuvimos juntas: apasionarse siempre por lo que uno hace, seguir adelante como sea y tratar de volver la mirada para ayudar al que uno tiene al lado.Algo de todo eso se queda en mí y en mis hijos.

Igualmente la voy a extrañar muchísimo.


domingo, 5 de marzo de 2017

Fútbol






Hace algunos años cada vez que me cruzo con alguna chica que juega al fútbol repito las mismas palabras al despedirme: “Si necesitan una arquera avisame”. 
Nunca mis interlocutoras consideraron en serio esta propuesta hasta que se la hice a jovencitas de la edad de Pili.

Así, el viernes de la semana pasada en medio del calor más pegajoso me llegó un alegre wa preguntándome si podía jugar ese día a las 8 de la noche en unas canchas por Villa del Parque. El viernes de la semana pasada había estado toda la mañana acompañando a la abuela que tenía que hacerse un estudio, después volví a casa un rato y seguí viaje al instituto a encontrarme con Gloria para terminar de darle forma al libro de Meneca. Pero a las seis y media interrumpí todo. Al bajar del subte me compré en una de las casas de deportes que están por Chacarita un short, unas medias Umbro negras y fucsias; estuve a punto de comprarme unos guantes de arquera, “mejor para la próxima” le dije al vendedor que en ningún momento entendió que todo el equipamiento era para mí. En casa no sé cómo hice para embutir las piernas en esas medias durísimas, recogí a Consu que me quería acompañar y nos fuimos al partido.

El césped sintético es en sí mismo un instrumento de tortura. Me parece, aun no lo comprobé del todo, que el del fútbol es cien veces peor que el del hockey. Y además cuando juego al hockey lo hago metida dentro de una armadura con la que podría jugar en una cancha de espinas y saldría ilesa. Así el primer contacto con el piso desembocó en una rodilla que todavía hoy, diez días después, no dejó de sangrarme.

Dos días más tarde volví a jugar, ahora en una cancha por San Martín. El calor seguía pegajoso, ya ahí las jugadoras eran un poco más profesionales, igual volví a atajar bastante bien. En una salida me volví a tirar al piso: la incipiente costra que me estaba cubriendo la rodilla se despegó y un hilo rojo de sangre me manchó todas las medias. Cuando estaba volviendo a casa Pili me mandó un wa contándome que sus amigas la habían arrobado en instagram “A jugar al fútbol con la madre de @pililujan”. “Parece que sos bastante capa jugando” me escribió también. La rodilla era ya una bola roja.

Así, creída, la otra noche volví  al ruedo por tercera vez. El panorama era sustancialmente distinto. Chicas trotando alrededor de una cancha de once, entrando en calor, elongando. No conocía a ninguna: no estaban ni las amigas de Pili, ni unas amigas mías de hockey que por casualidad las encontré ahí. Pensé que me había equivocado, pero no; ese era el partido que tenía que jugar. Alguien que nunca apareció había prometido llevarme una rodillera. Cancha de once significa arcos gigantes. Me paré en el arco tratando de no moverme, un tercer raspón significaba ir a una guardia, darme la antitetánica, esperar meses de cicatrización. Las jugadoras eran casi profesionales, el arco era inconmensurable. Veía pasar la pelota casi como si estuviera viendo un partido desde la tribuna: tacos, chilenas, goles de cabeza. Lo peor de todo fue que en algún momento pensaba que estaba jugando al hockey y dejaba entrar los pelotazos de afuera del área. Cuando terminó el partido sacamos una foto de equipo.

En estos días espero que me inviten a jugar otra vez.

Pienso varias cosas: 1) ir a jugar con mi camiseta de Deportivo Español, firmada por todos los  jugadores de la época en la que el equipo estaba  en Primera ;

2) si hubiera nacido veinte años después podría haber jugado siempre al fútbol en vez de al hockey;

3) Una buena historia: 
un mundial de fútbol de una categoría mixta que se lleva a cabo en la Unión Soviética en 1950 más o menos.
Nueve varones por equipo y dos mujeres. 
Una mujer que no la convocan, pero se disfraza de varón para ir. Así disfrazada es siempre titular.
En la URSS la descubren porque se lastima la rodilla en el medio de un partido.



jueves, 16 de febrero de 2017

3650




Consu y Ruli llevan en su pelo una trenza de caracoles blancos
Octi ya no le tiene más miedo a las olas
Estani llora cuando se corta la luz.
Loli y Toto se trepan a un eucaliptus gigante.
Cada uno destella chispas.
Hacen arder la memoria de un hermano con el que nunca jugaron.
En la casa de al lado una chica escribe mirando el mar.
Detrás de ella, en una pared, se ve colgado el escudo de algún equipo de fútbol.
Pero ella es demasiado joven.
No entiende todavía que en la orilla no se encuentran piedras preciosas, solo animales muertos
Nosotros lo entendemos.
Ya nos volvimos más sabios.
Con la sabiduría de la sal  que convirtió las piedras en acantilados filosos
o con la de la calma gris de las cenizas desatadas en mariposas.
Que nunca dejemos de estar acá en este día.
Que nunca detengamos la sangre del tajo que no cesa,
El tiempo, muchas veces, es olvido.