miércoles, 27 de abril de 2016

El Curso




Todos los sábados a la mañana llueve.
El viernes a la noche no llovió, lo sé porque me quedé toda la noche despierta mientras me entraban los mensajes de Pili que salía de la casa de Anita a la fiesta, que llegaba a la fiesta, que salía de la fiesta para casa, que estaba en la puerta.
Así, a las siete menos cuarto me levanté para abrirle la puerta. A la misma hora en la que se levantó Maite para ir al curso.
Entonces no sé cómo definir las siete menos cuarto, si fue la hora en la que me pude ir a acostar un rato o la hora en la que me levanté para llevar a Maite al curso.
A las siete y media pasamos a buscar a Pedro por el Parque los Andes. Ahí empezó a llover de manera imperceptible, al principio pensamos que eran los árboles del Parque que largan agua. Pero después a la altura de Angel Gallardo ya tuvimos que poner los limpiaparabrisas.
Y entre las ocho menos cinco y las ocho y cinco fue un diluvio. Justo cuando nos quedamos con Maite en la vereda mirando las escaleras llenas de chicas y de chicos y de padres y de madres.
Nos empapamos.
Para protegernos un poco nos pusimos las capuchas de nuestros buzos. Maite tenía una bastante buena aunque está medio hincha porque todavía no le dieron su campera de egresada. “Mucho mejor que la que tenían ustedes, Parece de un colegio privado” les dijo a Valen y a Pili.
Yo tenía la capucha de un saco gris que me afana Pili todo el tiempo, que en vez de botones tiene unos ganchos que se enganchan con la ropa de la gente en el subte.

Ahi, empapada,mirando las escaleras, abajo de la lluvia me acordé de que los dos cursos pasados se los fumó Luis solito detrás de mis excusas de bebés recién nacidos que no me dejaban dormir.
Y también mirando las escaleras la ví subiendo a Valen, ese año en el que hizo el ingreso cuando se convirtió en super chica, la mujer maravilla, batichica y todas las superheroinas que se nos puedan ocurrir.
La ví también a Pili que se quedó una tarde a estudiar en casa para un examen de historia y protagonizó una de las situaciones más bizarras que hemos pasado en estos últimos años. E igual le fue bien.

Vi tantos padres y madres exultantes, ansiosos, preocupados, contentos.Como estábamos nosotros con Valen y un poco menos con Pili. 
Y una vez más me sentí pésima madre en tanto mis mayores preocupaciones de ese momento eran que Maite entrara rápido asi la grúa no me llevaba el auto que a partir de las ocho pasaba a estar mal estacionado . También volver a casa a seguir durmiendo o a dormir.
Cuando paró de llover, diez o quince minutos después de las ocho abrieron las puertas. Los chicos se abrieron paso entre los padres que se amontonaban en la entrada sin darse cuenta de que los que tenían que entrar eran sus hijos y los hijos de otros.
Maite me dio un beso y se fue buscando unas amigas nuevas que se había hecho en los recreos del sábado anterior.
Aunque ya habia empezado a pasar la grúa me quedé viéndola subir las escaleras, grandísima, tan parecida y tan distinta a sus hermanas mayores.
Creo que todos los padres y madres miraban a sus hijos e hijas abrirse paso en esas escaleras,del mismo modo en que yo la miraba a Maite.
Después, mientras volvía corriendo al auto por si tenía que pelearme con el de la grúa o subirme como me explicó después Vero, seguían llegando chicas y chicos.

Y aunque tenía que prestar atención para no tropezarme con esos misiles que marcan la divisón entre la vereda y la calle me hice una vez más esa pregunta sobre las prioridades que me asedia siempre en estas circunstancias.  

miércoles, 13 de abril de 2016

Damas





Algún lunes del mes pasado. Todavía no había empezado a dar clases en Ezeiza, llevé y traje chicas de casa al cole, del cole a música y de música a casa.
Cuando terminé el recorrido me encontré en un Havanna con Fabi. Que después de una larga tarde yendo y viniendo tuvo tiempo para tomarse un café conmigo. Yo tomo café, ella toma Coca.
Me cuenta de su tarde de lunes y yo le hago un resumen de mi noche de viernes: diez minutos larguísimos, temblando sin parar.
Me escucha y me tranquiliza. Nos reímos.
Me cuenta una vez más que tiene una hermana bastante más chica que ella. Siempre que se lo escucho pienso qué bueno que debe ser que Fabi sea tu hermana mayor. Esta vez se lo digo. Volvemos a hablar de otras cosas.
Se hizo de noche. Seguramente la vuelvo a ver pronto, cuando entren los primeros virus del otoño.
Pero en su consultorio.
Y antes de irnos me imagino que ahí sentadas, en esas sillas de madera medio duras, es un poco como si estuviera con una hermana más grande.


Domingo a la tarde. Hay viento y está por llover. Cruzo la ciudad para llevar a Pili a lugares.
Julia me está esperando en su casa con un té. Llego tardísimo.
Le llevo nardos, me gusta el perfume que tienen. Hablamos casi dos horas. De todo.
Le cuento cosas de mis hijas, me cuenta cosas de las de ella.
Que yo ya no le tengo paciencia a los más chiquitos, que crecen rápido, que de una forma u otra terminan yéndose.
De lo que perdimos, de lo que ganamos.
Hablando de todos nuestros hijos aparece Felipe un montón de veces en la conversación.
Sigue lloviendo y las gotas hacen ruido en el techo. Nos tomamos todo el té.
Mientras hablamos pienso que hace bastante que no la veía y que no hace tanto que la conozco.
Cuando la saludo la abrazo muy fuerte. Me voy con los consejos que fui a buscar.


Una pesadilla recurrente en los últimos años. Estoy en alguna ciudad conocida, generalmente Madrid, y tengo que tomar un avión para volver a casa. En ese sueño trato de pensar, cómo fue el viaje de ida, cómo me animé a subir a ese avión para que eso me tranquilice a la vuelta pero nunca lo logro.
Entonces todas las veces decido despertarme y quedo tranquila.
La última pesadilla transcurría en Salta, desesperada porque no encuentro mi auto. Lo que significa vuelta en avión. En vez de despertarme aparece Meneca en medio de la pesadilla. Y sigo durmiendo, ahora tranquila, porque voy a volver volando pero sentada al lado de ella.
Al día siguiente le cuento mi sueño; nos acordamos de la última vez que volamos juntas, que ella en vez de dormirse se pasó toda la noche despierta subiendo y bajando la ventanilla del avión porque me daban miedo los rayos que se veían a lo lejos.
Nos acordamos también de una sopa de verduras en Asis, muertas de frío después de haber recorrido todas las iglesias y de unas latas de Heineken en una plaza de Roma.
Ya pasaron casi veinticinco años. 
No creo que lo sepa pero todavía me sigue cuidando de los rayos.


Una vez vi una película que me encantó. Unas mujeres que se iban al Mont Blanc. Como la agarré empezada nunca pude saber cómo se llama.
Mueven las damas


jueves, 7 de abril de 2016

La camioneta






Interior del auto de Luis:
Valen: una sandalia que se le despegó. La compostura de calzado queda enfrente de donde va Maite tres mañanas por semana a su preparación para el curso. La dejó en el auto para que cuando yo tenga tiempo y pueda estacionar en  algo mejor que triple fila se la lleve a arreglar.

Pili: un par de zapatillas y una lona que llevó un día al club para tomar sol.

Maite: una bolsa de paño lenci verde con unos libros de actas que yo pensé que eran los míos del Zamorano, pero no. Son unas cosas de ella de scouts que encima no se pueden revisar porque son secretas. También un palo con un banderín.

Sonsi: una bolsa con libros de lecciones de piano que tienen alrededor de cien años de antigüedad, se los dio la abuela para que done a la escuela de música pero se los olvida siempre. También una guitarra y un palo con un banderín.

Consu: dos pelotas de fútbol. Un palo con un banderín de la patrulla de los scouts. Otra guitarra, una bolsa con telgopor, una lata de atún vacía y un pedazo de un cajón de naranjas porque tenía que trabajar con texturas en el colegio.

Ruli: un banderín. Una bolsa con las cosas de plástica que se van saliendo de a poco. Un cepillo para peinarse mientras va al cole.

Octi y Estani: una bolsa con disfraces que llevan todos los días al jardín porque en algún momento de la tarde se disfrazan ellos y sus amigos de batman, de superman, del hombre araña negro, de ironman, de minions. Dos cartones.

Toto: su mantita Titi negra de roñosa que todavía usa y se mete en la boca.

Loli: un banderín que le hicieron las hermanas grandes con una madera y un globo. Una muñeca.

De nadie: pares de medias, medias sueltas, camperas, autitos, cuadernos de otros años, alguna toalla, agenditas, hebillas, gomitas de pelo, papeles.

Y además trae adentro y afuera toda la arena, la tierra y el barro de Bahía de los Vientos porque todavía Luis no lo llevó a lavar.


Antes, cuando éramos chicos, salíamos y Luis me llevaba a casa en el auto de su papá.
Nos quedábamos horas adentro del auto estacionado en la puerta. Una vez vino un policía a golpearnos el vidrio. Le explicamos que estábamos hablando, nos creyó y nos dejó en paz.

La otra noche nos fuimos al recital de Coldplay en el estadio único. Buenísimo, el estadio, el recital y la salida.
Colaboramos al desorden de ese auto lleno de cosas con dos pulseras que nos dieron a la entrada y que en algún momento del recital se activaron y llenaron todo de luces de colores.
Mientras caminábamos quinientas cuadras desde el estacionamiento hasta el concierto metí el pie en un pozo lleno de barro que luego fue también al auto.
Menos mal que ahora volvemos agotados de las salidas y nos vamos rápido a dormir.
Menos mal que no tenemos más esas conversaciones adentro del auto en el medio de la noche. Porque si nos agarra un policía y nos revisa el auto, en vez de creernos que tenemos diez hijos y que cada uno deja sus cosas donde puede , nos lleva presos por contrabando de porquerías.
Y después nos tenemos que fumar a Valen sacándonos de la cárcel y retándonos por no haberle llevado a arreglar la sandalia.


lunes, 28 de marzo de 2016

Otra vez





El lunes pasado llegamos rápido. Más rápido que cuando iba a la mañana.
La General Paz estaba libre y por la Richieri  no tardé más de 10 minutos. Hacía menos de un mes  que había ido para el lado del aeropuerto, pero esta vez era distinto.
Volvía después de casi dos años.
A la salida de la autopista casi que no reconocí por dónde tenía que avanzar pero el camino me fue llevando como de memoria.
Nos abrieron la barrera, estacioné en el barro, dejamos los documentos entre las rejas y seguimos. Después de las mismas puertas de siempre, de los llaveros gigantes como los de los dibujitos llegamos a las aulas.
Como ya había pasado el mediodía el olor a sopa no impregnaba tanto el aire, pero igual se sentía.
Llegamos y había un par de chicas comiendo. Nos recibieron con el maestras, esa palabra tan rara para nosotras.
Una nos abrió el baño para que fueramos no sin antes decirnos que le pusieramos la llave por dentro porque a veces alguien no se daba cuenta y le entraba al baño a los profesores.
Otra en seguida nos trajo mate pero ya no pude recuperar el gusto de los años anteriores, ese que afuera nunca logramos imitar aunque probamos las yerbas más diferentes.
El cielo estaba partido en dos, de un lado venia negro como si se fuera a caer en cualquier momento; en el otro extremo, celeste brillante.
El pasto de afuera estaba bastante crecido, les pregunté a las chicas si lo tenían que cortar ellas pero me dijeron que no, que venían a cortarlo de vez en cuando.
Más al costado había muchos escritorios y muebles abandonados, ya oxidándose.
Y me dí cuenta de que lo que había creido que era la parte de atrás de la pista de aterrizaje del aeropuerto estaba de ese lado rodeado de alambres de púa.
Entre el sol incompleto y el abandono inicpiente, el paisaje idealizado de años anteriores, aquel en el que casi se nos apareció Santa Teresa estaba un poco devaluado. No me importa pensé, Garcilaso va a seguir garpando.
Fui con Noelia, siempre que voy con alguien por primera vez lo único que quiero es salir para que me cuenten qué les pareció, si también se sintieron mareadas por esa linea tan finita que separa el afuera del adentro.
Todo el tiempo que estuvimos un olor fuerte a madera quemada cortaba el aire

Esta vez me llamó también la atención el teléfono, metalico, pesado, parecía del Superagente 86.  Me acordé del dia ese que fuimos con Xime, que sonó el teléfono y nos agarró un ataque de risa que no podíamos parar.
Del día que llevé un cd para grabarles e hice quinientos esfuerzos hasta que entendí que no podía grabar cds.
De la vez que me pelee con una pobre profesora que venia desde Mar del Plata para dar un taller de instrumentos naturales, o algo así y me sacaba las alumnas y yo convencida de que lo que iban a aprender conmigo era mucho más útil y conveniente que los instrumentos musicales.
De la vez que estabamos con Lidia y nos perdieron los documentos y sonaba de fondo la marcha del mundial 78.
De cuando vino una chica con un pedazo de torta y el pelo planchado porque el día anterior había sido su cumpleaños.
De la mujer que le escribía poesias a un gatito que se había traido escondido de Devoto.
Del día que me dieron de almorzar y me consiguieron dos manzanas de postre porque tenía bastante hambre.
Ahi estamos. Empezando de nuevo. En un rato salimos para allá con Lidia.
Este año vamos a ir todos los lunes. Se suma Noelia
Bienvenidas a Ezeiza.


Iba a poner J. Cash pero me pareció un poco obvio

jueves, 17 de marzo de 2016

Arreglos


Semana de arreglos.

El piso del escritorio: parecía la cordillera de los Andes, las tablas de madera en algún momento se levantaron.
Cuando los más chicos las pisaban se tropezaban y se caían; lo mismo la gente grande que venía de visita; al entrar al escritorio les teníamos que avisar que tuvieran cuidado, que se podían lastimar.
A mí me hacía acordar al piso de la caminata lunar, una especie de pelotero de los '70-´80. No tengo mucha idea de donde había caminatas lunares, sé que en los lugares de playa por ejemplo era lo que seguía en edad a la calesita; cuando uno se ponía grande para la calesita estaba la caminata lunar. Acá en la ciudad no me acuerdo dónde había. No sé si en el Ital Park. Solamente me acuerdo de que para entrar siempre había que hacer como mínimo una hora de cola y de que adentro había un olor horrible. Pero uno se sentía como si caminara en el aire y ni hablar de los que daban mortales y caían perfecto.
Así, como la caminata lunar, estaba el parquet del escritorio, también con un olor horrible a humedad lo que nos hizo sospechar que el levantamiento tenía que ver con algún caño roto. Por suerte cuando lo vinieron a arreglar era solo que se había levantado, ya me imaginaba rompiendo todo el piso, perforando un caño cloacal o algún otro desastre doméstico similar pero no, era solo la madera levantada.
La rueda del auto: antes de irme a Quequén cambié las dos ruedas delanteras. La otra mañana estaba llevando a Maite a Cronopios y me tocan bocina unos chicos de un auto de al lado. Me señalaban la goma de adelante, no ha de ser tan grave pensé. Cuando estacioné y la vi estaba casi en llanta. Fuimos con Maite a una especie de entrevista donde nos evaluaron a ambas sobre nuestra capacidad de entender las consignas y nuestra voluntad de que la chica hiciera un sacrificio a lo largo del año. Lo primero creo que aprobamos, lo segundo no estoy tan segura. Salimos a cualquier hora, tenía que volver a casa, preparar el almuerzo y en el camino pasar por lo de la abuela a buscar un daguerrotipo de un congresista de Tucumán porque Sonsi tenia que llevar al cole “algo antiguo” Ya de vuelta en el auto, yo creia escuchar el ruido del metal rozando el asfalto pero no, se ve que a la rueda todavía le quedaba un poco de aire. Cambié de recorrido y fui para una estación de servicio pero se había roto el compresor. Encaré la barranca para llegar a Cabildo pensando que en cualquier momento empezaban las chispas. Llegué a otra estación, le dí aire, busqué la reliquia en lo de la abuela y llegaron todos y todas al cole a horario y almorzados.
A la tarde fui a la gomería en la que me mandaron subir con el auto a una plataforma que me hizo pensar una vez más en algún juego del Ital Park. En la que después de permanecer casi una hora, cuando me fui le dí un beso a la dueña y a una pobre mujer cuyo mayor problema en estos días era que iba a tener que cambiar las cuatro ruedas de su auto último modelo y que cuando me subí a esa especie de samba para autos me dijo “voy a rezar por vos”.
Como sea después de pasar por un montón de máquinas la rueda quedó arreglada. Las máquinas de las gomerías me llaman la atención, debería en algun momento escribir sobre ellas porque son diferentes a todo lo conocido.

Otros arreglos:
mi compu chiquita que ya hace casi seis años que la tengo y parece no dar más.
Las adolescentes de la casa, se arreglan, se desarreglan, se vuelven a arreglar y se vuelven a desarreglar. Saltando a veces más alto, a veces más bajo y a veces no cayendo del todo bien en una gran caminata lunar en la que hay que tratar de no dar vueltas en el aire.
Por suerte tenemos un colchón bien mullido para cuando se caen.





martes, 8 de marzo de 2016

Dientes












Si memini, fuerant tibi quattuor, Aelia, dentes:
expulit una duos tussis et una duos.
Iam secura potes totis tussire diebus:
nil istic quod agat tertia tussis habet.


La semana pasada se me salió un diente. Estaba en la salida del Aeroparque, pegando la vuelta por la avenida costanera llena de autos que iban a ver a River jugar la Libertadores.
Demasiado atenta al tránsito sentí algo debajo de la lengua y casi me trago el diente.
En realidad era una corona que se me despegó de una muela. Ahora la tengo en un estante de la biblioteca esperando ir al dentista en algún momento. Es la segunda en menos de seis meses, la otra era una muela entera con un perno gigante, esa se me perdió en alguno de los cajones de mi mesita de luz.

Además del diente que casi me trago, la semana pasada empezaron las clases.
Ninguna de las criaturas se incorporaba a la escolarización y ninguna cambiaba de etapa, con lo cual fue un comienzo bastante desangelado. Luis corriendo por las cuatro aulas de la primaria y yo repartiéndome entre las dos salas del jardín. Y ni una foto.
Tampoco tuvimos que comprar útiles o forrar cajas. Los chicos llevaron lo que habíamos ido a buscar al gremio y lo que no, no llevaron

Pese a un comienzo de año tan frío, el fin de año va a estar emocionante: Octi y Estani terminan el jardín, Maite, séptimo y Pili, quinto año.
Es como una alineación planetaria. Parece que pasa una vez cada doscientos años, y nos toca a nosotros.
Octi y Estani capaz en primer grado se cambian de cole, Pili no sabe todavía si va a hacer sexto o no.
Y Maite, que hasta hace tres días estaba segura de que no quería irse de viaje de egresados cambió de opinión. También estaba segura de que iba a ir al Esnaola y también cambió de opinión. Va a tener un año yendo y viniendo.

El diente y las clases me hicieron dar cuenta una vez más de lo rápido que avanza todo.
En los extremos se ve mejor: Valen que por primera vez no vino a Bahia de los Vientos con nosotros, se quedó los dos meses trabajando y ahora está en Brasil con KP. Loli y Tótal que en enero, de un día para el otro, decidieron clausurar una etapa de mi vida que voy a extrañar: veinte años casi inninterrumpidos dando la teta.
También vamos a extrañar los pañales. Tótal los dejó el día antes de arrancar las clases.
Ya no quedan bebés en la casa. Habrá que esperar nietos.
O, concretar un postergado anhelo que es dejar todo y estudiar puericultura.

Pero para eso falta.
Por ahora hay que resolver lo más urgente: cruzar Belgrano cuatro o cinco veces por día; convencer a niñas y niños de la casa que si no limpian, ordenan, colaboran nadie hará las cosas por ellos y continuarán viviendo en una mugre de desagotes tapados; encontrar un niñero o niñera para las tardes que no huya despavorido; arreglar el escritorio cuyo piso de madera se levantó todo y cada vez que alguien entra se tropieza y se cae; barrer la vereda que se llenó de caca de perro antes de que la tapen las hojas de los árboles; organizar mi cumple; acompañar a Luis a Coldplay; encontrar alguna serie que nos vuelva a atrapar; empezar el año.

Y tratar de ir al dentista antes de que se me caiga el próximo diente, o me lo trague.



lunes, 15 de febrero de 2016

Diario




Llegamos hace quince días. Pronto nos vamos.

Traía una idea, escribir una suerte de crónica de las vacaciones. Un diario de Bahía de los Vientos:sentarme todas las mañanas en la terracita frente al mar y escribir lo que fuera pasando.
No hice nada, los días lindos, las niñas y los niños me comieron el tiempo.
Por las mañanas mientras desayuno cuento los barcos, siempre hay entre tres y cuatro, algunos más cerca y otros en el horizonte. A la noche entran al puerto, nos damos cuenta por las luces que se acercan a nuestras ventanas.

La otra noche entraron ladrones en la casa de al lado. Nos gusta creer que vinieron en un bote, por el mar, como piratas o contrabandistas. A partir de ahí escondí mi compu en el auto, también por eso no pude escribir mi diario.

Las chicas con sus nuevos amigos van a pasear por el cangrejal, traen cangrejos gigantes de ese color tan raro que va del escarlata al blanco en milímetros. Traen también caracoles, uno casi perfecto que Ruli lleva atado al cuello como si fuera una piedra preciosa. Pasan corriendo por la playa jugadores del club Ministerio y de Defensores de Puerto Quequén. Los imagino como protagonistas de buenas historias, enfrentándose en un partido casi épico con los del Mercado Central.

Hay también un búho, lo vemos todas las noches parado en la misma calle. Y una liebre, Pili la encontró una madrugada cuando volvía de un fogón en la playa y a mí se me cruzó una mañana cuando volvía de caminar.

Los más grandes leemos. Octi y Estani ven por la tele Scooby Doo hecho con legos. Consu se escapa por los médanos y nos preocupa un poco. A la noche no logramos con Luis mirar nada, nos dormimos en seguida. Solo logro sobrevivir a una miniserie inglesa de suspenso que sucede en una isla en el medio del mar. Como no me doy cuenta cuál de los sonidos de las olas es el real y cuál el ficticio me asusto y me duermo. Me acuerdo que el verano pasado con la serie del médico rural ruso me pasaba lo mismo pero con el ruido de la tormenta de nieve.

Compramos langostinos en un bar del puerto, con algunos borrachos parados frente al televisor. Casi siempre pasan fútbol. El dueño saca del fondo de un freezer lleno de botellas de cerveza una bolsa con langostinos pelados. Detrás del mostrador hay una estantería con muchas botellas: de whisky, de caña y de fernet. Pero el público son solo dos o tres hombres. La segunda vez que vamos bajo yo sola. Acaba de empezar River Belgrano. Sin decirme nada el dueño saca la bolsa de langostinos de abajo de las Quilmes. Después de cobrarme me pregunta ¿estaban ricos no?. Escucho cómo los borrachos se ríen. Hay uno con una barba gigante, parece Marx.

Pronto nos vamos.
Si hoy salen los pescadores a la noche comeremos pescado. Todavía nos queda un vino rosado, bien fresco para acompañarlo.
Y no hay mucho más. Esta vez el tiempo pasó demasiado rápido.





martes, 19 de enero de 2016

Durazno




Enero nos pasa por encima y no llega nunca el momento de despertarse a la madrugada para ir al mercado.
Antes de ayer compramos un cajón de duraznos en una verdulería.
Es difícil describir el color de los duraznos: naranja bastante claro bordeando el amarillo, amarillo bastante oscuro bordeando el naranja, algo pálido pero intenso. O directamente poder decir color durazno
No es solo un color, también es una textura. Pero si supiera encontrar la descripción justa, tampoco podría escribirla, el teclado de la computadora anda pésimo y no me escribe la mitad de las letras. Hay oraciones que parecen escritas en catalán. Por ejemplo: Aha tnemos n a´n llen de durazns gants.
Significa que ahora tenemos un cajón lleno de duraznos gigantes.

De todas formas los duraznos alteran la rutina de un mes que avanza pegajoso.
Y mientras avanza deja algunas sensaciones: la de doce personas adentro de casa todo el tiempo, la de una pileta que no termina ni de ponerse verde ni de limpiarse o la del viento que a la tarde empieza a entrar por las ventanas de las habitaciones que dan a la calle golpeando las puertas y trayéndonos el sonido fastidioso de los picaportes que ceden y se caen al piso.

Antes de ayer a la mañana compramos los duraznos y a la tardecita se fueron Maite, Sonsi y Consu de campamento a San Rafael.
Entre Valen y Pili que van y vienen somos promedio siete u ocho personas para comer: muy poquitos como dijo Ruli que extraña a sus hermanas.
Loli y Tótal que ya casi a los tres años, dejaron la teta. Octi y Estani aprendieron a tirarse a la pile sin salvavidas.
Todos crecen. Y yo que después de almorzar me siento un rato al sol y los veo.

A mí los duraznos no me gustan, la piel, el jugo que chorrean, el sabor casi agresivo que acompaña siempre el calor insoportable de enero.
Cuando era chica me acuerdo que siempre tenía un carozo de durazno a mano, mi papá me había convencido de que si lo raspaba contra una pared rugosa se iba a transformar en un anillo. Si raspaba muy fuerte me lastimaba los dedos, si raspaba despacio no avanzaba nada.
En el patio de mi casa habia una pared bastante áspera, por ahí frotaba el carozo un rato todos los días hasta que me aburría o el carozo se perdía o iba a la basura.
Nunca logré tener mi anillo de durazno

Cada vez que le cuento a Luis esta historia me contesta que eso es imposible, que de un carozo de durazno no se puede hacer un anillo. Sigue más allá: que hablando una vez con mi papá, él mismo le había dicho que lo hacía para tenerme entretenida en el verano pero que sí, que era imposible.
A veces me imagino este diálogo secreto y me enojo; otras, me gusta.
El otro día encontré esto en internet que puede servir, también puede arruinar la historia, como el teclado.

Ahora sólo me acuerdo una vez más de esa pared rugosa de mi infancia mientras veo a Loli comer un durazno.
Cuando lo termina entra a la pileta a jugar con su papá.

Así pasa enero.  



jueves, 31 de diciembre de 2015

Veintequince






Innumerables cervezas
Las rojas que nos tomamos con Vero.
Las negras con las que acompañamos el chucrut después de terminar la clase de la Numancia en el bosque con Gloria y con Francisco.
Las de todos los colores que nos tomamos con Luis: sobre todo la de la otra noche, en The Oldest después de que me abrazara un rato largo.
La que nos tomamos con Mariano antes de que bautizara a los chicos en honor de la madrina que nunca vino.
Los porroncitos de cada uno de los festejos de cumpleaños del mediodía.
Las del asado en el que despedimos a Patricio.
Las del patio cervecero del Raíz.
La que nos tomamos con Xime el día que empezaron las clases.
Las de la choppera de la comunión de las chicas.
Las de la madrugada en la radio de la Paternal para esquivar el desamparo que acechaba.


Los vinos que tomamos las veces que salimos a comer con Luis en esos restaurantes lindísimos al que lo llevan sus guías gourmets.
Los tragos que pedimos antes de comer en esos restaurantes. El de nuestro aniversario que tenía pomelo y pisco, que tomamos después de venir de un aniversario menos dichoso.
Los vinos que compramos en el chino para el bautismo que no estaban picados y que después tomamos también en mi cumple. Las madrinas y padrinos verdaderos. Todos los amigos que nos acompañaron con y sin pelucas.

El whisky que me regaló el otro Mariano que todavía no me animé a probar aunque Meneca me aconsejó probarlo puro y sin hielo y Mariano mezclarlo con cerveza.
El lemoncello que me convidaron Patricia y Meneca cuando pasé a saludarlas y después de tomarlo armamos ahí un programa para un seminario.
Los champagnes que le regalamos a Fabi.
El campari que estamos preparando para hoy a la noche para compartirlo con Valen y Pili que ya crecieron.

No hubo tragos pero también merecían un brindis:
Mis preciosas hijas y mis preciosos hijos. Cuando me sacan de quicio y cuando los quiero abrazar todo el tiempo.
El camino a Luján con Ceci cuando se nos iba poniendo el sol en los ojos.
El reencuentro con gente querida
El descubrir a Ignacio, su acompañamiento y la inteligencia de sus conversaciones.
Coni.
Las sevillanas que terminé de aprender aunque no las pude perfeccionar.
El diluvio bajo el que tuve que manejar el auto de Vero porque se le había acalambrado la pierna después de atravesar Constitución y empaparnos.

Por un 2016 en el que sigan los amigos, los abrazos y las esperanzas.
Por un 2016 de cervezas, vinos y más tragos.

Aunque ahora esté más en esta onda


martes, 29 de diciembre de 2015

Pili



Me acuerdo hace doce años: un mediodía bastante caluroso atravesando una y otra vez un shopping, no sé cuál, buscando infructuosamente el rinoceronte o el hipopótamo de Rapunzel.
La historia no tendría nada de extraño si no fuera porque venía de que la partera me revisara, me rompiera las membranas y me citara para que a la tarde ya me internara porque Maite estaba por nacer.
Luego de una semana de estar yendo y viniendo la mujer justo ese día me dijo de hoy no pasamos. Le pedí por favor que justo ese dia no, que tenía una nena que ese día cumplía cinco años pero no hubo caso; se ve que no quería tener que salir corriendo el 31 a la noche.
Por eso antes de llegar a casa para preparar el bolso tenía que conseguir el animal ese de Rapunzel como regalo de cumple.
En el recorrido me agarraron dos o tres contracciones tan fuertes que creí que la chica nacía ahí,en medio del shopping. Los juguetes estaban casi agotados porque los habían comprado todos para Nochebuena pero en una juguetería escondida en el último piso al que llegué por escaleras apareció el regalo prometido; ahora me acuerdo bien: no era ni un hipopótamo ni un rinoceronte, era un unicornio.
A la tarde nos fuimos con Luis al sanatorio.
Odié al médico y a la partera: cuarto parto y me pusieron goteo, episiotomía, anestesia, no me dejaron pujar hasta que no prendiera la anestesia. Me dolió todo. Podría haber parido al día siguiente, hubiera sido lo mismo.
Y Maite que nació bastante grande.
Quedé agotada, del unicornio, del parto y de la sensación de que le había hecho algo no muy bueno a Pili al no impedir que su hermana naciera el mismo día que ella.
Luis se ve que también quedó cansado porque se tiró en la cama de al lado de la mía y se quedó tan dormido que cuando entró una monja a decirnos algo de la bebita el padre roncaba despreocupado.
En otra dimensión Pili festejaba su quinto cumpleaños con empanadas y algunas visitas. Y también con el unicornio.

Mucho tiempo después con los gemelos y los mellizos las coincidencias de las fechas se pondrían más fáciles y más bizarras.

Pero todos los 29 de diciembre cumplen años mis dos nenas.
Maite, en el post anterior

Y Pili
la que se queja porque nunca pongo nada para su cumple
la que todavía cada 29 de diciembre nos hace acordar de que cuando cumplió cinco años se le arruinó el festejo porque nació su hermana.
la que el otro día en una conversación sobre flores, cogollos, épocas y paraguayos me dijo parezco yo la madre y vos la hija
a la que un rayo le partió en dos la infancia y así partida en dos siguió adelante
a la que el mismo rayo cuando no cesa la nubla un poco.
la que nos hace reir siempre con alguna salida brillante,
la que cuando se avergüenza de sus padres se rie y nos dice los odio
la que está esperando tener 18 para irse de la casa aunque después ella misma reflexiona a dónde me voy a ir
la que se cree que forma parte de una elite intelectual no se sabe muy bien cómo ni por qué
la que tiene en claro cómo defender sus ideas y las defiende
Hoy cumple diecisiete