miércoles, 22 de agosto de 2018

Dieciocho


La semana pasada hicimos unos trámites en el cementerio,
no estuvieron tan mal;
tuvimos que firmar unas cosas, mi hermano, Luis y yo.
El piso de la oficina me hacía acordar al de mi escuela primaria;
unas baldosas chicas, rectangulares, de color ocre con olor a kerosen.

Mientras, el sol de agosto esquivaba la parte de arriba de las bóvedas:
estatuas de ángeles, de mujeres arrodilladas, de águilas
y entraba por las ventanas haciendo los vidrios más transparentes.

El sol de agosto es siempre débil, un sol líquido, sin fuerza, sol de cristal.

El día en que nació Felipe, por ejemplo, frío y lluvia.
En realidad era de noche, salimos rápido y encima casi nos baja la barrera.
Pero llegamos.
Después siguió haciendo frío y lluvia hasta que volvimos a casa.
Creo que por eso no lo pelamos, ya me olvidé.

La semana pasada al día siguiente del de los trámites de Chacarita fui a donar sangre.
Otra cosa que puede hacer alguien a los dieciocho, donar sangre.
Roja, oscura, casi negra.
Como la que traen los hijos cuando recién nos nacen.
Como la que nos dejan.

Creo que en el papel de los trámites, los del cementerio, firmé con la misma lapicera que uso
cuando escribo a mano
porque quiero que las palabras me salgan perfectas,
en el cuaderno que tiene puntos en vez de renglones
o en el del gato que me regaló Xime.
Pero no, debe haber sido con otra porque a esa le compré cartuchos rojos
y el papel lo firmé con negro.

Ahora pienso en esos papeles
en vez de pensar dónde vamos a ir a comer hoy a la noche,
o en vez de protestar contra Valen que justo se le ocurre ir a New York cuando el
hermano cumple 18,
o en vez de pedirle a alguna de las nenas que haga una chocotorta.

No.
Solo pienso en la lapicera con la que firmé un papel que decía que
en diciembre nos dan una caja con las cenizas de Felipe.
Y no entiendo cómo no me estalla el cerebro en pedacitos
no entiendo tampoco cuándo yo que vivía cubierta por una almena de diamantes,
me volví tan de cristal,
tan débil
como el sol de agosto.



miércoles, 15 de agosto de 2018

Pibas






En algún momento de la tarde del miércoles pasado empezó a llover.
Al principio no eran gotas fuertes, sino una especie de polvo húmedo que caía mientras el cielo se iba poniendo de color cemento, entre la tarde que se acababa y la tormenta que venía.
Habíamos salido de casa cuando todavía asomaba un poco el sol entre las nubes. Estaba pesado.
Pili y yo.
Pili protestando porque se le hacía tarde, porque no sabía cómo cargar dos bolsas de dormir y porque el abrigo de jean con corderito parecía excesivo en esa humedad que pegoteaba el camino hacia el subte. Paramos en un carrefour express y le compré galletitas y agua. Después, nos separamos: ella siguió a un negocio de porquerías a comprarse brillos verdes y yo ya bajé al subte porque me esperaba Xime en la esquina de la Ópera. Antes de subir a la superficie compré dos pañuelos verdes, uno para Xime y otro para Ruli que me lo venia pidiendo hace bastante tiempo.
Con Xime dimos vueltas por todos lados. Ya estaba claro que hacia la noche no iba a haber mucho más que lluvia, lo que todavía no sabíamos era cuánto iba a refrescar.

Cuando ya nos estábamos por ir entra un ua en el grupo de fútbol de exalumnas avisando que estaban merendando en un bar por Corrientes.
El bar era La Paz pero, claro, ellas no tenían por qué saberlo.
Me senté un rato para tomarme un café con leche. Promedio de edad veinte años. Me enseñaron a jugar al UNO, me pintaron la cara con brillos verdes, la llamaron a Pili para contarle que estaban conmigo, lo que hizo que después no solo Pili sino también Clari se enojaran porque las había cambiado por las otras, discutimos las tácticas para el partido del domingo que teníamos que ganar o ganar, nos reimos, tomamos mate entre las tazas de café, nos sacamos fotos, nos volvimos a reír.
En la mesa de al lado una mujer de setenta años, de pañuelo arco iris, nos escuchaba con un gesto en la cara que pude traducir como “¡Ojalá me pudiera sentar con ustedes, a jugar al Uno, a que me pinten la cara, a pensar cómo nos paramos el domingo frente al Farça!”.
Además de hacer todo eso, en la hora y media que estuve entre ellas entendí que no hay derrotas que puedan con estas chicas, que además de toda la fuerza que están poniendo en la contienda nos están llevando más temprano que tarde a la victoria, a esa victoria a la que nosotras estamos tan poco acostumbradas.
Entendí también que cuando Vero me dice que el fútbol me cambió la vida, no es el fútbol lo que me cambió la vida, es la fuerza de nuestras hijas que nos está arrastrando a entender la vida de otra manera.

Me fui. Empecé a caminar por Corrientes, la lluvia además de ser mucho más fuerte lastimaba por lo fría. De las estaciones del subte salían cada vez más chicas mientras que otras trataban de entrar para ya volverse. Me dí cuenta de que iba a tener que seguir caminando, por lo menos, hasta Medrano. En la esquina de Riobamba dos nenas no más grandes que Maite que iban en dirección contraria a la mía me pararon y me preguntaron dónde estaba la estación de tren. Cuando vieron mi cara de desconcierto aclararon “el Sarmiento, a Ramos”. “Es para el otro lado” les dije pero estaban demasiado perdidas para dejarlas solas así que fuimos juntas hasta Pueyrredón, ahí les mostré a lo lejos las luces que iluminaban el edificio de la estación y las nubes que lo rodeaban. “No hay posibilidades de que se pierdan” las tranquilicé. “Es que vinimos bien, pero después se llenó tanto que tuvimos que salir por otras calles y nos perdimos” me explicaron. Nos despedimos con un beso. “Gracias, hasta la próxima” me saludaron. Me quedaban todavía casi cinco kilometros de caminata bajo la lluvia helada.

Ya en la esquina de casa, empapada y muerta de frío, escuché que una mujer desde una ventana me preguntaba si volvía de la marcha. “Sí” le contesté. “Ya se sabe que no sale” me dijo y siguió “Espero que no pase nada, mi hija está yendo para allá”. “La mía está ahí” le contesté. “Tengo cinco hijos” siguió la mujer que ya había abierto la puerta de su casa para que habláramos más cómodas; “Bueno, yo el doble” le contesté. “Es todo tan sencillo” siguió diciendo, “que no sé para qué lo complican”. También nos despedimos con un beso, también diciéndonos “hasta la próxima.”

Una última idea que no sé si tiene mucho que ver: con Xime vimos cómo muchas familias cruzaban del otro lado, pasaban corriendo asustadas entre la alegría verde. Dos mujeres envueltas en una bandera argentina llevaban una imagen de la virgen.
Yo también le rezo todo el tiempo a la virgen: a la misma que le rezan las madres que se les murieron los hijos, o las que nunca encontraron sus cuerpos para enterrarlos, o las que los tienen vivos pero se desesperan porque no tienen para darles de comer, para vestirlos; a esa virgen que debería cuidar a tantas chicas y a tantos chicos que se quedan sin madres.
A veces creo que María me escucha, otras no. Pero nunca se me ocurriría llevarla como bandera.



miércoles, 1 de agosto de 2018

Números






Once
Parí once hijos, ya no es un número sobre el que me detenga demasiado o que me llame mucho la atención.
Aunque en general para el resto de los seres humanos parece ser un dato que me define y que nos define como familia.
Ni siquiera registro ya, cuando me lo preguntan, las complicaciones que produce la desarmónica relación entre embarazos e hijas e hijos que me rodean. Eso sí a lo mejor es extraño pero ya tampoco lo percibo.
La otra noche después de comer nos quedamos hablando del tema que ocupa la cabeza de mis hijas mayores: la interrupción voluntaria del embarazo y su legalización.
Estaba con las tres más grandes y alguna, no sé cuál, preguntó si yo alguna vez había abortado a lo que respondí que no.
Pero después me preguntaron si en algún embarazo lo había considerado. A lo que les respondí que sí. Que lo había considerado por diversas razones todas las veces que quedé embarazada después de Consu.
Y que también había dudado con Valen.
Parecieron entender. Cuando ví las reacciones de todas frente a mis explicaciones confirmé algo que venimos hablando con Vero hace un tiempo: cómo nuestras hijas nos están cambiando no solamente los modos de pensar algunas cuestiones abstractas sino también la forma de entender nuestras propias experiencias.

Trece
Sonsi cumplió trece años. Está altísima, gigante. Siempre nos acordamos con Luis de la madrugada en la que nació, estábamos en la sala de pre partos viendo por la tele uno de esos programas de formar palabras. Fue un parto rápido, llegué con la bolsa rota. Igual que con Felipe.
Antes relataba mis partos, ahora me dejaron también de parecer historias interesantes. La última vez que hablé de esto fue con Noelia, la madre de Maxi y Mili, los mellizos de la isla Maciel mientras lavábamos los platos. Ella en total tiene seis: cuatro nenas y dos varones. Creo que además me contó que se ligó las trompas, pero no me acuerdo.
Sonsi festejó el domingo, invitó a algunas amigas y alquiló unos metegoles. Ese mismo día Pili se fue de casa rumbo a la 21 11 14 a las 9 de la mañana, después se hizo de noche sin que supiéramos nada de ella. Nos desesperamos; entre las hermanas y las amigas se activó una especie de red que la ubicó comiendo pizza en lo de alguien a las once y media sin tener demasiada noción de nuestras preocupaciones.

Dieciocho
Me propongo como ejercicio imaginar las cosas que hace un chico de dieciocho años.
Por ejemplo sacar el registro. Tendría que decirle a Enru, que necesito el Clío.
Comprar cerveza en los chinos, claro que en realidad el chino de la vuelta nunca pide documento.
Romper el permiso de los padres para salir del país, pasar solo en las ventanillas de migraciones como hizo Pili la semana pasada cuando fuimos a Montevideo.
Todo eso hace un chico de dieciocho años, entre otras cosas.

Y ahora, agosto. 
Siempre llega como una tromba, siempre engaña como un mes amigable, primaveral hasta que alguna mañana me despierto, helada y con la garganta llena de pus o de pena.
Nunca falla.
Mientras espero esa mañana, la de los dieciocho años de mi niño, pienso.
Pienso que ser madre es como encastrarnos para siempre en las barras de un metegol: que si te movés vos movés a los demás y que si los demás se mueven te mueven a vos, un metegol en el que no hay reglas y entonces hay molinetes que te dejan cabeza para abajo
Y pienso también que si las maternidades elegidas son tan difíciles no me quiero imaginar lo que son las impuestas.

lunes, 2 de julio de 2018

Jardines






Hoy fui al Campo, a jugar un partido que sabíamos que iba a ser una goleada segura, la incógnita era cuántos goles nos clavaban. Fueron 5, fueron un montón pero no fueron tantos.
Antes de entrar en la cancha de cemento corrí un rato por la cancha grande, donde dábamos el test de los 12 minutos y teníamos que gritar un número para que nos fueran contando las vueltas. Mientras corría respiré bien hondo: además de la niebla me entró en los pulmones el olor a pasto, el mismo de mis dieciseis años cuando perdía los zapatos en los lockers del vestuario y Coni me retaba pero me ayudaba a buscarlos.
Después vinieron los goles y el cemento me quemó la rodilla. Este fue mi primer jardín, o el último.

El miércoles terminamos con Patricia de dar el seminario de novela corta. En realidad la que terminó de darlo fue ella, no solo porque me fui antes porque si no llegaba tarde a mi fulbito de los miércoles sino también porque la mayor parte de las clases Patricia hablaba y yo escuchaba y aprendía, además de reforzar lo que sospeché desde siempre: que no me gusta nada explicar narrativa.
Creo igual que me salieron bastante bien esas lecturas alrededor de relatos disparatados, truculentos, moralizantes, graciosos, rodeados todos ellos por marcos que armaban otras historias en las que las personas se juntaban a divertirse, a contarse cuentos.
Gran cantidad de estos encuentros se llevaban a cabo en espacios al aire libre, en los jardines se narraban las historias, los jardines cobraban sentido en sí mismos.
Y algunas colecciones llevan la palabra jardines o algo similar en el título.

El jueves al mediodía preparamos polenta con Consu para todos los que se tenían que ir a la escuela. Ni yo ni Pili que estaba en casa porque tenía que estudiar, teníamos ganas de comerla, entonces la invité a almorzar afuera; Valen volvía de trabajar a las 2 y media, la invité también.
Fuimos a una hamburguesería cerca de casa que a las dos les gusta mucho y a la que yo había ido una sola vez: el día que le pregunté a Fabiana sobre las posibilidades de la morfina para mamá. 
Y el jueves, mientras esperaba el pedido sentada en el mismo banco que aquella vez, mientras Valen y Pili ocupaban una mesa en la vereda soleada, me imaginé que el lugar tenía un jardín. Imaginé también que en esa conversación acerca del fin de las vidas de las personas que queremos tanto, nos habíamos refugiado con Fabi entre plantas de hojas verdes a las que el otoño recién empezado aun no había logrado conmover en absoluto.
En ese mismo jardín imaginado comí el jueves con mis dos hijas mayores, ahora con el sol iluminando una versión de Valen similar a las de hace ocho o nueve años atrás. Ahí nos informó como si fuera lo más normal del mundo, que en menos de un mes se va de paseo a Sudáfrica.
Y yo después de un primer enojo solo quedé con la certeza, una vez más, de que son mujeres grandes, dueñas de sus vidas y de sus decisiones.
Por suerte.

El sábado pasado al mediodía me senté con los tres varones al borde de la pileta. El día anterior había venido el jardinero a cortar el pasto y a podar un árbol que ya estaba demasiado alto, tanto que llenaba el jardín de sombra en cualquier momento del día.
Ese mediodía de sábado, no sé si sería por el sol que pegaba en el agua ya verde, o porque se habían aburrido de que les leyera un libro de una bruja, me empezaron a preguntar cosas de Felipe: cuántos años tendría, si había ido a la escuela de ellos, si le gustaba dibujar.
Les conté todo de vuelta: que le encantaba 100% lucha, que una vez habíamos ido al canal a ver cuando grababan el programa, que jugaba con unos bloques que no eran legos, que no le gustaba dibujar tanto como a ellos, que había estado una semana internado, que Sonsi era bebita, que yo estaba embarazada de Consu.
Les dije también que cada uno de ellos tenía algo de él, que era cariñoso como Toto, inteligente como Estani y medio gruñón pero muy bueno como Octi.
Después, nos distrajimos mirando un pájaro que buscaba las ramas del árbol que le habían cortado y las hermanas los llamaron a los tres a poner la mesa.

Una más, pero del jardín de Loli y Toto. Una tarde que jugaba Argentina las maestras pidieron que fuéramos puntuales a buscar a los nenes y no cuando se acabara el partido, que era media hora después del horario de salida.
Ahí nos acordamos del Mundial de 2006, cuando Felipe vio el partido que Argentina perdió contra Alemania en una tele que había en la sala de música del jardín. Cuando salió le preguntamos si había estado divertido ver el partido en el jardín con sus amigos y sus maestras y nos contestó que sí, pero que los jugadores se veían dobles.
Siempre que hay mundial nos acordamos de las mismas historias de 2006: ese partido contra Alemania, los jugadores que venían con las tapitas de Coca que Luis buscaba en los chinos de Coghlan y de algunas cosas más. No muchas.

El Mundial me trasladó también hasta los jardines de San Petersburgo o Leningrado. Los del Palacio de Verano, los del Campo de Marte. Y con esos jardines a tantas historias que podría contar: una, por ejemplo, protagonizada por un mamut.
Pero me acuerdo de que contarlas no sirve casi para nada; ni siquiera para que me hagan menos goles y entonces me las olvido.

La canción porque me lastimé la rodilla, porque me animé a abrir el garage de Plaza y porque Uruguay sigue adelante.



miércoles, 13 de junio de 2018

Cándida







Cándida había venido de Paraguay, había dejado allá dos nenas chiquitas con su abuela.
Trabajaba en mi casa, yo tenía quince o dieciseis años y ella tendría seis o siete más que yo.
En el verano del 86 al 87 vino a quedarse unos días mi tía Hebe, que vivía sola y se había asustado porque unos hombres que arreglaban la vereda le pidieron agua. A la noche nos quedábamos las tres hablando, Cándida le preguntó una vez a mi tía Hebe si tenía un enamorado. Yo me acuerdo que me reí mucho de la situación. ¿Cómo iba a tener mi tía Hebe, vieja y sola, un enamorado? ¿Cómo Cándida le iba a preguntar eso?
Eran épocas en las que nos reíamos de todo.

En invierno nos fuimos de viaje a la URSS, Cándida se quedó cuidando la casa. Cuando volvimos me agarré una gripe fuertísima, Cándida me hacía compañia todas las tardes mientras mirábamos la tele y las fotos de la URSS. En esos días ella había conseguido un enamorado, un chico que no tenía más de dieciocho años. Además estaba juntando dinero para traer a sus nenas a vivir con ella.

En primavera Cándida volvió un lunes volando de fiebre, se quedó acostada en su habitación. Cada vez se ponía peor.
A la tarde entre mi mamá y mi hermano la cargaron en el auto y se la llevaron al Pirovano, ya deliraba.
En la guardia la inundaron de antibióticos, me acuerdo de mi mamá con su pedagogia habitual contándonos que le dijo “ Decinos si te hiciste un aborto porque mirá que te morís”. Pero ni la confesión ni los antibióticos surtieron efecto; la septicemia no cedió.
El martes cuando nos despertamos para ir al cole nos avisaron que Cándida se había muerto.
Cuando vino Andrés, su enamorado, a casa a buscar sus cosas, razonaba que seguro que fue el sábado cuando la vinieron a buscar para que fuera a la casa de no sé quién a ver no sé qué cosa; mamá le pidió que lo fuera a declarar a la comisaría, también le pidió que si le ponían una chapita o algo en el cementerio que nos avisaran.
Nunca más supimos nada, ni de Andrés, ni de las hijitas que se habían quedado en Paraguay, ni de la tumba de Cándida ni de nada.
No me acuerdo si le contamos a la tía Hebe lo que había pasado.
Igual después se murió Corina y el año se puso todavía más negro.

De mis siete hijas la única que no entiende demasiado es Loli, que tiene 5.
El resto lo tiene bastante claro: las grandes hoy vigilia, pañuelo verde hace más de un año, las del medio conversaciones con las más grandes, Ruli que cuando la maestra les hizo escribir qué ley no debería faltar en su constitución escribió Aborto seguro, legal y gratuito.
Sea lo que sea creo que la van a tener más fácil.

Hoy salen fotos de madres con hijas, de madres con hijos, de padres con hijas, de padres con hijos, todos de orgullo verde clase media.
A mí la foto me hubiera gustado con Cándida.

Por ella, por sus hijitas que se quedaron solas en Paraguay, por las nenas de la Isla Maciel, por las pibas de fútbol y por nuestras hijas que entienden que la lucha es esta.

#Quesealey

lunes, 28 de mayo de 2018

Arcos







I
Hoy hace exactamente seis semanas se me salió de lugar la segunda falange del dedo pulgar de la mano izquierda. No sé cómo fue, solo sé que paré un gol y que sentí un golpe un poco más fuerte que cuando los pelotazos me doblan los dedos. Tampoco sé si fue casualidad, destino o brutalidad de las rivales pero fue contra las mismas jugadoras que el año pasado me rompieron la cabeza.
Debí de haber hecho una mueca de dolor porque el juez me preguntó si necesitaba que paráramos para llamar al médico. Recién empezaba el segundo tiempo. Le dije que no y seguí jugando, nos golearon, no por mi dedo sino porque el otro equipo tenía una delantera que la movía mal.
Cuando terminó el partido ya me dolía toda la mano, me saqué los guantes nuevos, azules, preciosos que me regaló Vero y ahí ví que tenía la mitad del pulgar izquierdo doblada pero para arriba y que no la podía volver a poner en su lugar.
En la cancha había una médica y un médico que parecían tener dieciocho años y que en un portugués perfecto me dijeron que mejor fuera a una guardia a que me acomodaran el dedo porque podía tener algo roto.
Había ido en bici; como pude hice las veinte cuadras hasta casa. Me abrió la reja Pili que cuando le mostré el dedo me retó y me mandó a hacer terapia porque no podía ser que volviera siempre toda lastimada de jugar.

II
A la guardia fui tres veces.La primera ese mismo día, ahí me sacaron una placa y mientras el médico me mostraba en una pantalla que no tenía nada roto y me explicaba que me había luxado el dedo me colocó la falange en su lugar, sin anestesia ni nada. Pensé que con el dedo arreglado en dos o tres días iba a poder volver al arco. Pero empezó a vendarme la mano entera alrededor de una férula gigante que me envolvía todo el dedo. Y después me dijo lo que no quería escuchar: “En dos semanas vení a controlarte”.
A las dos semanas el mismo médico me sacó el vendaje, el dedo estaba negro, un poco más hinchado que antes y además no lo podía doblar. Le pregunté si me iba a quedar bien “No sé” me contestó, “es un esguince, control en dos semanas, ni se te ocurra jugar” y después mientras me iba por el pasillo lo escuché que me gritaba “Señora no vaya a jugar que tiene rotos los ligamentos”. No sé por qué había dejado de tutearme, supuse que para que me diera cuenta de que a mi edad ya no podía ni siquiera jugar. Pensé también que el hombre me había dado tres diagnósticos diferentes. Eso significaba o que no sabía realmente qué tenía o que entendió que el único modo de asustarme era decirme que tenía todas las patologías juntas.
La tercera vez me tocó otro doctor mucho más amable que me aligeró el vendaje y me mandó volver en dos días. Ahí un tercer médico me sacó todas las vendas, el dedo estaba un poco más deshinchado, pero seguía negro y me dolía. Muerto de risa me dijo "Por ahora no podés jugar eh"
Así pasaron cinco semanas. Al principio llovía y los partidos se suspendían.
Pero después se empezaron a jugar de vuelta, a definir los campeonatos.
Los primeros fines de semana iba a ver algunos, me paraba atrás del arco rival y gritaba como si estuviera adentro de la cancha.
Después dejé de ir; mis equipos siguieron ganando, empatando o perdiendo, a veces encontraron arqueras y otras no pero se fueron arreglando.
El arco no espera. Nadie es imprescindible. No hay ninguna épica nunca en nada.


III

El día de mi cumple además de regalarme los guantes Vero les contó a mis amigas de fútbol que el fútbol me había cambiado la vida.
La otra tarde llegando a Filologia me encontré con un amigo que cuando vio mi mano vendada me dijo “Ahora volvé a la academia”.
A veces pienso que no voy a poder jugar más, otras veces salgo con el bolso armado en el baúl por si pinta partidito.
Y la mayoría de las veces pienso que es una lástima porque me había creído lo de cambiar de vida, lo de ser la reina del arco.
Me mandaron diez sesiones de kinesiología. Voy por la segunda. Me ponen el dedo en una rueda blanca durante veinte minutos, me llevo a Bulgákov, el diablo arrasa en la Moscú soviética. 
Cuando termina el magneto viene un kinesiólogo jovencito que me agarra el dedo de un modo que me hace doler muchísimo pero que de a poco me lo va doblando para abajo. 
Termino la clase o lo que sea masajeando una pelota de goma.
Tengo como mínimo dos semanas más.
Cuando se acabe tendré que volver a aprender a volar abajo del arco, o por lo menos a parar alguna pelota con las manos.


IV
Hubo cosas buenas que pude hacer en el tiempo en el que debería estar jugando los partidos.

Pudimos comer casi todas las noches todos juntos en horarios normales.
Terminé la historia de la arquera soviética: una mujer mayor a la que el fútbol y la cerveza le van a cambiar un poco la vida.
Un martes a la noche nos fuimos con Xime a la Feria del Libro a la presentación del libro sobre Milagro. Nos sentamos en una mesa llena de moscas que Xime adjudicó a la mugre de mi vendaje, pero era que la mesa estaba medio sucia. Nos acordamos de que justo hacía un año que habíamos estado en Jujuy y nos pusimos a planear un viaje por las Altas Cumbres.

Un jueves del calor raro de mayo fuimos con Coni a tomar cerveza a un lugar espectacular, la segunda vuelta la fui a buscar yo y tuve que hacer malabares con la mano sana para poder llegar a la mesa con las dos pintas y las papas entre una multitud de gente parada alrededor de unas pantallas gigantes donde mostraban algún partido de la Libertadores que se estaba definiendo por penales.
Y mientras Coni me contaba sobre Japón, planeamos un viaje a San Nicolás.

Un sábado fui a Plaza porque se había roto el termotanque. Le llevé a Mariano 25 watts y ahí, en la vereda, me acordé de las tardes de sábado cuando era chica y salía a jugar a la puerta. En la esquina unos equilibristas practicaban en una terraza colgados de una estructura que se asemejaba a un arco de fútbol. Cuando se hamacaban para adelante parecía que iban a salir volando.

Para no extrañar demasiado las canchas ví Hoy partido a las tres una película que me recomendó Soledad.
Y la semana pasada nos fuimos con Luis a Montevideo a ver tocar a Eté y los problems pero ya son demasiadas historias.



lunes, 7 de mayo de 2018

Diluvio







Una de las noches del fin de semana largo, no me acuerdo cuál, diluvió.
Creo que fue la del sábado porque el sábado a la tarde fui a Ezeiza a llevar a Valen y a Pili que se iban a Cuba y ahí empezó a llover en el viaje de vuelta, en el que la lluvia no me dejaba ver nada y Toto, mi único acompañante, me protestaba cada vez que bajaba la ventanilla para ver mejor los espejitos porque le entraban gotas de lluvia.
Y también creo que fue el sábado porque pensé que por suerte no estaban ni Valen ni Pili cuando a la madrugada el agua empezó a caer adentro de casa casi más que afuera.
No nos alcanzaron los baldes, ni las toallas, ni nada.
El cuarto de los varones se inundó, Toto que se había quejado a la tarde de las gotitas que le mojaban la cara adentro del auto tuvo que pasarse a la cama de Octi, la más alta de las tres, porque el piso estaba lleno de agua.
Cuando paró un poco el diluvio Luis se subió al techo: estaba tapado el desagüe; al destaparlo el agua empezó a bajar por el caño haciendo un ruido similar al de las turbinas de los aviones que habíamos escuchado a la tarde en el aeropuerto antes de la lluvia.
También se empezaron a caer pedazos de machimbre; toda el agua más la basura que arrastraba a su paso iba para la rejilla del baño de los chicos pero en algún momento empezó a caer agua de los focos del techo así que tuvimos que cortar la luz y el baño quedó a oscuras.

Con tantas complicaciones tardé bastante en darme cuenta de que también tenía que revisar los placares. 
Ni en los estantes ni en los cajones había pasado nada pero del espacio de las perchas, donde ellos cuelgan las camisas, salía olor a una humedad rara, como si alguien hubiera fumado en ese lado del placard durante años y no lo hubieran ventilado nunca.
Me subí a la escalera que Luis había usado para ir al techo y ví que en la parte de arriba, ahí donde guardamos la ropa que ya no les entra, el agua había formado una pileta.

Ahí además guardamos todas las carpetas del jardín.
Las de los cuatro más chicos estaban en bolsas de plástico; a esas no les pasó nada.
Las de las más grandes estaban en bolsas de papel madera.
Las de Felipe también.
En una especie de ataque bajé todo; con el apuro las bolsas de papel se desfondaron; el piso húmedo quedó lleno de cohetes, de dinosaurios, de letras y de dibujos hechos con espuma de afeitar; levanté todo y esparcí las hojas sobre nuestra cama. Ahí, supuse que podría hacer una selección entre lo que estaba para tirar y lo que estaba para tirar pero no tanto.
En vez de hacer eso, me quedé un rato largo medio inmóvil, mirando esas hojas empapadas, con las acuarelas y las fibras de los dibujos corridas, transformadas en manchones desteñidos, sin saber si hacer un bollo con ellas, guardarlas húmedas o resignarme al olvido.
Algo guardé, no mucho.

Mientras, me puse a pensar en los objetos que se desintegran; en los recuerdos, en la posibilidad de escribirlos; en la lava que va por abajo de la tierra y que de vez en cuando aflora a la superficie; en este tiempo que intenté vivir distinto y terminé con los ligamentos rotos; en el DVD de 100% lucha que volví a ver después de 11 años y en tantas cosas más.
Afuera el ruido de las turbinas de avión ya no se escuchaba, la lluvia algo había amainado.

Y justo cuando el diluvio se hacía tristeza vino Toto a saltar arriba de la cama.










domingo, 15 de abril de 2018

Cúpulas



Veía estas cúpulas desde un balcón mientras esperaba que mi mamá se muriera.
Era la tercera vez que esperaba que alguien se muriera y volvía a pensar lo mismo de siempre: que tal vez había habido un error, que se habían equivocado, que iba a suceder un milagro.
Y después me acordaba de que era la tercera vez que me pasaba, que los milagros no existían.
Pero esa vez era distinto, estaban estas cúpulas y podía pasarme la mayor parte del tiempo adivinando a qué edificios pertenecían, era una forma de entretenerme.
Cuando venían las visitas los llevaba de paseo al balcón y les mostraba la parte de arriba de todos esos edificios, de todas esas terrazas. Después les contaba que mamá estaba muy mal, que se moría.
Iban muchas visitas.
Los últimos días ya no entraba a la habitación, me la pasaba sentada afuera, mirando las cúpulas.
A Valen, a Pili y a Maite no les gustaba tanto quedarse en el balcón, ellas se quedaban adentro del cuarto, llevaban apuntes de la facultad y leían ahí o se la pasaban mirando los celulares.
Se quedaron todo el tiempo al lado de su abuela.
Solo salían cuando entraban las enfermeras.

Ahora pasó un año.
Sumo un día más a los aniversarios de mierda que cruzan mi vida.
365 días en los que no sucedieron tantas cosas.
Pili se cambió de carrera y en unos días se va a Cuba con Valen que se hizo un tatuaje en el brazo.
Octi y Estani aprendieron a escribir en cursiva, ahora están bien distintos, sobre todo por el pelo; a Estani se lo sigue cortando Luis y a Octi lo llevé a Prana. Octi va a empezar fútbol y Estani está aprendiendo a tocar el cello.
Toto sigue haciéndose el bobo, Loli está preciosa.
Sonsi está haciendo el curso de ingreso y va sola en colectivo.
Consu está igual que siempre, hace las compras, cocina, juega al fútbol, le van a dar un solo en la orquesta.
Ruli nos enloquece a todos, no quiere ir más a piano, tiene una amiga nueva.
Maite dejó el violín pero sigue super responsable.
La casa, igual de desordenada: los manteles sin planchar, los depósitos de los baños sin andar y las esterillas de las sillas todas rotas porque los chicos se arrodillan y ya nadie los reta para que no lo hagan.
Y aunque seguimos todos y todas bien juntos tengo la percepción de que en algún lugar me quedé sola.
No sé en dónde, pienso posibilidades ¿en las fotos de cuando era chica? ¿en los consejos que no puedo pedir?, ¿en lo que nadie me dice que no puedo hacer? ¿en las discusiones madre-hija que tengo con Pili a cada rato?

El viernes, volviendo del Zamorano en vez de hacer el camino normal pasé por el Once, fue sin darme cuenta. De repente, me crucé con todas estas cúpulas pero las ví de abajo.
Unas estaban rodeadas por andamios, no parecían de arreglos sino de prevención por si se caía el revoque para abajo.
Pensé que por lo menos hace un año las torres se veían lindas, cuidadas, pensé que los andamios hubieran sumado tristeza a la tristeza, pena a la pena.

Ayer, sábado, me desperté temprano, llevé a Sonsi, a Viole, a Solange y a Manu al CNBA; volví a casa y me dormí de vuelta dos o tres horas más.
Me pelée con Pili, me metí en la pileta con el agua helada, empecé a leer el libro de Bulgákov, fuimos con Luis al barrio chino a comprar atún rojo, me tomé dos cervezas de las que me regalaron para mi cumple.
En el medio jugué un partido, contra las que iban primeras, que tenían a la goleadora, que venían de ganar 10 a 0, que estaban invictas.
Para mí era obvio que íbamos a ganarles y que le iba a dedicar el triunfo a mi mamá.
Me clavaron tres goles, perdimos. Creo que ninguno fue culpa mía. 
La culpa fue que no me acordara de que los milagros no existen.

Y se acabó el día.

martes, 10 de abril de 2018

Equipos






Este cuatrimestre estoy jugando cinco campeonatos, en cinco equipos distintos, de nombres variados, algunos votados y otros impuestos.

Real Cólicas, Quiricocho, Aquelarre, Kamchatka y Solanas. Y tengo una camiseta distinta para cada uno de ellos.

Cada uno tiene sus rasgos propios, algunos son los mismos del año pasado y otros son nuevos. Kamtchatka, por ejemplo, es uno conformado en casi su mayoría por jugadoras sub 20, con ese jugamos el campeonato de exalumnas del CNBA. Para decidir el nombre hicimos una juntada en el parque Los Andes una tarde muy calurosa de febrero, las chicas llevaron mate y aceitunas. Kamchatka compitió cabeza a cabeza con Marta Royo y ganó; Marta Royo para las jugadoras era solamente el nombre del libro de latín.

Este fin de semana tenía que jugar el viernes a la noche, el sábado a la tarde, el domingo a la mañana y el domingo a la tarde. Con el diluvio pensé que se iban a suspender todos los partidos, pero no fue así. El viernes a la noche jugamos en una cancha pesada por la cantidad de agua que tenía, la pelota se me resbalaba de las manos y cuando la pateábamos salía para cualquier lado. No importó, ganamos 11 a 0. Ese equipo se llama Quiricocho.

El sábado a la tarde los árbitros antes de empezar los partidos le pasaban el secador a la cancha, sacaban agua pero también sacaban caucho y ya que estaban pasto artificial. A la hora que nos tocó jugar había salido el sol, estaba todo pegajoso de calor. Terminé el partido jugando en corpiño. Lo mejor fue que las rivales no fueron y las rivales de otro equipo tampoco. Jugamos entonces un amistoso los dos equipos que las rivales no se habían presentado. “Buena onda, amistoso”. Hasta que metimos los goles y se acabó la buena onda y el amistoso. También ganamos. Ese es Aquelarre Fútbol Club. Cuando decidimos el nombre les mandé el fragmento de Las Brujas de Zugarrramurdi, ese que dice “A mí las brujas no me dan miedo...”

El domingo empezaba el campeonato de exalumnas, el de Kamchatka, el que en el grupo de wa quedó bajo el nombre de Marta Royo por eso que cada vez que mandan un mensaje parece que me está escribiendo la mujer. Me estrené mi camiseta negra con CCCP en letras blancas y el 1 en la espalda.
No llovía pero el cielo en cualquier momento se venía abajo. Llegué con el tiempo justo al campo de deportes, el mismo en el que una tarde de otoño de hace 32 años me probé los pats, porque Coni ya los había usado un rato y nos íbamos a turnar, y desde ahí ya nunca más abandoné el arco.

Todo conspira para que este campeonato de exalumnas no tenga nada que ver con los otros cuatro: el cemento, el área gigante, las chicas jovencisimas. En la primera jugada fui al piso, tapé una pelota, estaba comiendo un chicle y con el movimiento se me pegó a un perno que tengo sin corona y se me salió. El perno me quedó dando vueltas por la boca, con el consiguiente peligro de que me lo tragara. Pedí al árbitro que parara el partido y le dije a una de las chicas que estaba afuera “Cuidame el diente”, la pobre lo agarró y fue corriendo a guardarlo en su mochila.
A los cinco minutos del segundo tiempo el árbitro suspendió el encuentro porque se había largado a llover bastante fuerte, por suerte porque ya me había comido 3 goles, me había reventado el codo y la rodilla contra el cemento y la cabeza contra la rodilla de una delantera.
Cuando nos estábamos por ir me acordé de mi perno, me lo dieron y me lo volví a poner en la muela con una templanza soviética, haciendo honor a mi camiseta de Yashin. “Ay, pensé que era un arito” me dijo la pobre que lo había tenido en custodia.
Gracias a la lluvia también se suspendió el partido de la tarde. Hubiera sido el cuarto en menos de 48 horas.
A la noche fuimos a comer a Croxi. Les conté la historia del diente y las de los nombres de los equipos. No me dieron mucha bola, ya casi que no me dan más bola con nada.
Les dije “Cuando yo tenga mi equipo ya tengo el nombre” y en vez de preguntarme cuál era el nombre Pili me bajó a la realidad “Pensá que ya por la edad no vas a poder tener tu propio equipo”.
Y es cierto, si ya se me salen los dientes en los partidos.

Mi papá nos contaba que cuando ellos jugaban en la vereda, antes de empezar los partidos uno decía Aurieli y los otros le contestaban Diez y no era otra cosa que lo que los chicos entendían de All Ready? Yes, que era como empezaban los partidos verdaderos.

Así, en la próxima vida, en esa en la que voy a ser arquera profesional, en la que voy a escribir el libro de las canchas abandonadas, en la que voy a jugar campeonatos todos los días de la semana, en la que voy a hacer tantas otras cosas, en esa vida mi equipo se va a llamar Aurieli Diez.




lunes, 26 de marzo de 2018

Cumple


En esta foto debo tener dos años.
La descubrió Enru hace unos días revisando fotos viejas y las mandó a un grupo de wa que tenemos con Amanda y con Lorena: amigas desde que nacimos porque heredamos la amistad de nuestras mamás. Casi todas las que mandó eran unas fotos del corso de Cuenca, en realidad del corso solo una que está mi hermano disfrazado de pirata; las demás son de una pizzería a la que fuimos a comer después porque aparecemos disfrazadas y comiendo pizza.
Esta foto es de algún cumpleaños, no mío sino de alguna de mis amigas. Ahí éramos muy chiquitas, por eso nuestras mamás nos tenían a upa. Después los cumples se pusieron más divertidos, primero venían las animadoras y había chicos desconocidos, pero como nosotras nos quedábamos hasta lo último cuando se iban las animadoras nos poníamos a jugar al cuarto oscuro, nos tirábamos almohadones y nos escondíamos abajo de la cama, pensábamos que esa era la mejor forma para quedarnos más tiempo. Igual en algún momento los cumples siempre se acababan.

El sábado cumplí años.
Empecé el día con una linda fiesta, con la casa llena de gente. Cuatro horas antes de que empezara, el jardín se llenó de piedras y pensé que no ibamos a poder ni bailar, ni jugar al metegol ni nada.
Pero de a poco las piedras se fueron derritiendo y todo volvió a su lugar.
Recibí las doce de la noche con los mejores acompañantes: Luis, mis hijas e hijos, mis amigas y amigos queridos, las amigas y los amigos de mis hijas e hijos.
Todes como me enseñó Pili que tengo que decir.

Siempre, no sé si por la euforia de la fiesta, por la cantidad de gente, por el baile o más seguro por la cerveza, a mí me gusta hablar antes de soplar las velitas.
No me acuerdo qué dije exactamente. El resumen: que yo tengo una familia muy grande de hijos pero es lo único que tengo, por lo menos acá; entonces les expliqué que todos los que estaban ahí conmigo, muchos festejando mi cumple desde hace más de treinta años, eran mi familia.
No sé si fui muy clara pero eso era lo que les quise transmitir.
Creo igual que los invitados ya lo habían entendido porque los regalos que recibí fueron como si los que vinieron me conocieran de toda la vida: ropa del lugar que me gusta, pantalones largos para atajar, guantes de arquera, un botinero, Tintin en el país de los soviets, champagne, un libro de Bulgakov, otros libros, parches para la ropa con la cara de Néstor y una cantidad de botellas de cerveza que ocupaba toda la mesa de la cocina y que tuve que cuidar toda la noche de que nadie se las tomara.
Después me cantaron el Feliz Cumpleaños y algunos el Que los cumplás muy felices.
Y también cantamos Puro Teatro y En el último trago
Terminamos la noche a las cinco de la mañana bailando Los Totora con Ceci y con uno de mis equipos de fútbol.
Y a las 6 me fui a dormir.

A las 11 nos despertamos, ordenamos un poco y nos fuimos a la Plaza: Luis, Consu, Sole, Vero y yo en el auto de Mariano.
Con el cartel con las caras de los palotinos asesinados. Llevándolo por la 9 de julio
Levántandolo tan alto como nos lo permitían los palos de los costados que se salían a cada rato y que hacían que el cartel se arrugara, el viento que nos tiraba para atrás y la gente que le sacaba fotos cuando pasábamos.
Pero llegamos para colgarlo en la rejas de la Catedral
Y ahí nos quedamos un rato, mientras yo cumplía años.
Hace algún tiempo mi cumple me ponía bastante triste porque me hacía acordar lo contento que estaba Felipe cuando yo lo festejaba; fueron dos o tres años hasta que encontré la solución: volver a ir a la Plaza.
En algún lado escribí que la Plaza cura, que el dolor colectivo congela el propio, o lo cauteriza.

Más tarde tenía un partido. Estrené los guantes y el botinero. Le escribí a Xime que también me iba a estrenar los pantalones pero hacía menos frío de lo que pensaba así que jugué en shorts.
Arriba de la remera me puse la pechera con la imagen de los palotinos.
Empatamos 3 a 3, uno de los goles me lo comí yo, pero no me importó demasiado. En breve con mis guantes celestes me voy a convertir en una máquina de atajar.

Empecé a pensar algunas cosas
Una de las chicas del fútbol cuando vio mi pechera me contó que sabía la historia porque había visto la película del 4 de julio.
Y me acordé de que el año pasado después de la Plaza me fui a quedar con mamá y justo en Encuentro estaban pasando esa película. Y la vimos juntas aunque ya la habíamos visto un montón de veces.
Después del partido Marisú me mandó un mensaje que esperaba que lo estuviera pasando bien.
Sí, le contesté “ Plaza y Fútbol”. El 24 de marzo del año pasado nos encontramos en la Plaza y nos saludamos como si hiciera mucho que no nos veíamos aunque el año pasado en esta época nos veíamos casi todos los días.

Llegué a casa a las diez de la noche, los chicos querían ir a cenar afuera. “Mejor mañana” los convencí.
De todas formas tuve que esperar despierta hasta la 1 porque tenía que ir a buscar a Maite a un cumple.
En ese rato seguí pensando.

En la foto de arriba debo tener dos años.
Por ahora mi mamá fue la persona con la que pasé más cumpleaños.
Desde que cumplí ocho años hasta treinta mis fiestas fueron siempre en su casa. A veces me retaba porque tomaba mucho, no es que tomo mucho es que en mis cumples casi no como. Uno solo vomité, o dos.
Cuando ya eran en la nuestra, ella llegaba mucho más temprano (el viernes, por ejemplo, hubiera llegado en medio del granizo), me protestaba porque los manteles estaban arrugados, bailaba y se quedaba hasta el final, después a la mañana siguiente me llamaba y me decía "Qué lindo estuvo todo"

Por esas cosas me enojaba o me hacía reír.
Ahora la extraño un montón.
Creo que quise decir todo esto antes de las velitas.
Y también quise decir que con goles que te clavan en el ángulo y con tapadas espectaculares la vida sigue.
Como en la Plaza.