domingo, 3 de mayo de 2020

Soledades






Hay una virtualidad armónica, transparente, casi secreta.
No tiene nada que ver con las virtualidades desatadas, compulsivas de los últimos tiempos.

Es la virtualidad del peregrino
cuando al caminar por marismas turquesadas,
ve cómo las seis hijas del pescador cazan focas con arpones,
y canta con voces de sangre frente al océano que se mezcla con el arroyo
como un centauro espumoso.

Es la virtualidad de las soledades: los paisajes sin términos, los días errantes.

Aquella virtualidad en la que Walter vive en alguna casa de Berisso a principios del siglo XX.
Se levanta temprano cada mañana, trabaja como mecánico en un frigorífico, junto a obreros hinchas de Gimnasia.
Walter va los domingos a la cancha. Pero a la de Estudiantes.
Se sienta en los tablones que huelen a madera recién cortada y se imagina que la camiseta roja y blanca es la de algún equipo de su país natal al que va a volver en unos años pero con otro nombre.
Roja, estrella roja.
Es una buena historia, pero ya está escrita.

Existe una en la que todas las tardes Lev Yashin entrena en un arco del Monumental.
Cuatro hombres también vestidos de negro lo custodian desde el alambrado.
Yashin también lleva ropa negra pero viste alas, sus guantes reflejan el verde brillante del pasto.
Las pelotas le caen como si tuviera, dos, tres, veinte acorazados disparando sus cañones.
Las redes no tiemblan nunca, solo el viento que viene del río las puede mover un poco.
En la tribuna alguien lo mira deseando poder volar de esa manera.
Es una buena historia, pero no le interesa a nadie.

Hay más. Un río de Frigia famoso por sus cisnes pero cerca. Meandro de Brian.
El único lugar donde el Riachuelo no fue rectificado, un rulo, una isla de la tierra.
Un ovalo de plata en cuyas riberas se mezclan el mercurio y la sangre.
En algún lado de esa vuelta puede verse una cancha entre los álamos
Todos los mediodías el sol quema como una salamandra que viste estrellas. De la nada aparecen dos equipos, todas mujeres.
Unas con camisetas rojas, otras negras.
Juegan toda la tarde. A veces ganan unas, a veces otras.
Nadie sabe cómo llegan, ni cómo se van.
De las orillas a veces les tiran piedras pero nada perturba el fútbol de los días que se alargan casi como el meandro que no avanza.
Cuando se acaba el partido escriben un poema.
Para la cancha siempre usan la misma imagen: esmeralda engastada en mármol.
En algún momento del atardecer vuelven a cruzar a tierra firme.
Y al día siguiente otra vez a jugar y a escribir poesía.
Alguna de ellas es una de las hijas del pescador de la Soledad Segunda, cambió las focas y los arpones por el arco y los botines.
Todavía no lo sabe.
Es una buena historia, habría que escribirla.

Un manchón de tinta negra cayó una de estas tardes sobre mi ejemplar de las Soledades.
Manipulé mal la jeringa al llenar el cartucho y ahora mis Soledades están manchadas de negro.
Por no usar la otra pluma, la que lleva tinta roja, la que uso para escribir en mi cuaderno cuadriculado.

Hay una virtualidad armónica, transparente, casi secreta: se logra abriendo cualquier libro manchado.
En estos días mi virtualidad es de once, roja, negra, de fútbol y de Góngora.

domingo, 16 de febrero de 2020

Poesía


Creo que voy a escribir
un poema.
Tengo las palabras: viento, colmillos, cristal,
almenas, piedras, mariposas desatadas,
príncipes de la espuma,venablos de las algas, cenizas del
olvido.

Lo voy a escribir acá, en Bahía de los Vientos,
ahora,
mientras escucho a mis hijas más grandes reirse antes de dormir,
mientras Ruli protesta porque perdió sus medias y Consu
come caramelos,
mientras los más chicos ya se durmieron,
agotados de saltar las olas;
mientras miro la muralla de diamantes
que me rodea.

Ya está listo el cuaderno. No tiene renglones,
tiene puntos.
Va ser un poema sencillo,
sin rima,sin metáforas.
Sólo algunas pocas imágenes: una línea plana,
un pan de queso, una vía de tren, alguien que dice
que es como vivir sin un brazo
y no mucho más.

Y ya sé cuál será el primer verso:
Todos los hijos que se nos mueren son hijos únicos.
una frase que escuché
hace un tiempo en la presentación de La hora violeta, esa novela que
nunca me animé a leer.

Pero igual el verso yo ya lo conocía de antes,
desde hace exactamente trece años.
Todos los hijos que se nos mueren son hijos únicos.
Así comienza mi poema.
No sé si tengo tantas ganas de escribirlo.








martes, 11 de febrero de 2020

Golondrinas


Por primera vez en diez veranos, Bahía de los Vientos se llenó de golondrinas. En una versión no ovidiana de la metamorfosis de Filomena es ella quien se convierte en golondrina y su hermana Progne en ruiseñor. Por eso pienso que esta cantidad de pájaros revoloteando alrededor mío mientras desayuno mirando el mar es para recordarme que Xime está yendo a Puan con 42 grados en un colectivo que la mitología urbana (no la clásica que está enseñando ella) da por inexistente, para enseñar cómo la poesía del siglo XVII pone en excelentes rimas las historias de Ovidio.

Hasta que empezó el viento helado caminé casi todas las mañanas hasta Costa Bonita. El camino bordea los acantilados. Si hay viento llega la espuma del mar, si hace calor se llena de unos bichos diminutos que no se ven pero pican, no sé cómo se llaman. Tal vez sean jejenes

Algunas noches vamos a un bar danés, hay sandwich de lengua con mayonesa de fideos y unos chops gigantes con cerveza roja. La lengua viene en una tajada diminuta, exquisita. No comía lengua hace casi 13 años. Mi mama preparaba un guiso muy rico pero le daba mucho trabajo pelar la lengua. Por eso casi nunca hacía. Sí esa vez.

Se me cuelga el word a cada rato. Traje mi cuaderno de puntos en vez de líneas pero ya me quedan muy pocas hojas en blanco. Entonces pienso que el domingo no voy a tener cómo escribir y se me abre el abismo. Por suerte hoy Lucía me prestó un cuaderno nuevo, de tapas azul marino y con renglones.

Acá los días se pasan muy rápido. Vivimos como  siempre entre liebres, teros y lechuzas. El mar bajó y volvieron las excursiones al cangrejal, Octi y Estani recorren los barcos hundidos. Y otra vez la tormenta dejó un lobo marino muerto en la playa. Con los largavistas vemos los barcos cuando entran y salen del puerto. A veces sabemos cómo se llaman, otras adivinamos los nombres.

El verano de 2015 se rompió el puente que cruza el Salado por la ruta 2; me imaginaba que quedábamos de este lado del río y nunca más íbamos a poder volver.

Ahora me imagino que una noche, mirando por los largavistas vemos que el barco que entra se llama ciudad de Wuhan. A la mañana siguiente bajan todos los marineros: pasean por la orilla, toman ginebra y juegan al pool en el bar en el que compramos langostinos; después pasa un avión por la playa y avisa que quedamos todos en cuarentena acá, en Bahía de los Vientos, mirando cómo el sol sale y se pone en el mar, comiendo sandwichs de lengua y mayonesa de fideos con cerveza roja

Pero después vuelan alrededor las golondrinas, creo que hay un nido al lado de la parrilla; me acuerdo de Xime, de Puan, de Ovidio y de Lope y pienso que no es tan probable que entre un barco que se llame Ciudad de Wuhan. 









martes, 31 de diciembre de 2019

Stickers





Como si el año hubiera pasado en stickers. Reales, imaginarios, virtuales.

Los innumerables que había en el lugar donde me tatué. La felicidad de esa mañana de sol volviendo por la bicisenda, con mi bici nueva, con un plástico cubriéndome la F del brazo y la alegría de tener otra vez a mi chiquito conmigo para siempre.

Los de la cárcel, pegados en las columnas de la vereda en la que hacían cola en medio del frío y de la lluvia las mujeres cargadas con niñes y con bolsas de colores llenas de comida.

Los de todas las ventanas de los desayunos, hasta el de la mañana que escuché “no te digo que te vayas, te pido que te vayas”.

Los de La Fuerza el día que me despidieron mis amigas lujaneras. Los de la pastilla que me recetó Fabi para poder volar.

Los de Patricia que me subió al avión.

Los de los pájaros pegados en los vidrios de Neuchatel, que no eran ruiseñores, aunque parecían.

Los del dormitorio de mi preciosa sobrina sevillana.

Los de las ventanas de la casa de Abelino en San Cristóbal, cuando cambiaron las tablas por vidrios

Los de Luján.

Los de Coni, siempre.

Los que pensamos con Xime para las carpetas del congreso de La Filomena mientras recorríamos lugares para llevar a comer a las personas y lo diseñábamos en nuestras computadoras invisibles tomando mucho vermut otra vez en La Fuerza.

Los del dibujo de mi tweet que todavía no decidí si hacer sticker o tatuármelo en alguna parte del cuerpo.

Los de la copa Gesell que eran más tatuajes que stickers.

Como el que una piba tenía tatuado en la pantorrilla: una pelota y arriba la leyenda Mis piernas van a dejar de jugar el día que mi corazón deje de latir que yo decidí tatuarme esas noches en las que nos reíamos en el balcón hecho de troncos cuando salíamos a ver la luna y a sentarnos en las barandas que casi se caían pero cambiado por Mis manos van a dejar de atajar el día que mi corazón deje de latir.

El que imaginamos mientras caminábamos en caravana por el Parque de la Memoria, tal vez un poco asustados con el río que se abría gigante detrás del muro y del cielo casi blanco de tan gris la tarde que con Xime se nos había ocurrido que esa era la mejor excursión para hacer en medio de la poesía de Lope.


Los del negocio al que llevé a Sonsi y a Maite a agujerearse la nariz y terminé yo con aritos en las orejas.

La Plata, las tres veces que fui.

El del recuerdo de la fiesta de egresados de Consu, después de que entró al Pelle, de que salió campeona con su equipo y de que tuvo que despedirse de su amiga crack.

El de Ruli actuando, cantando Cactus y tocando el ukelele.

El que hizo Sue que pegamos en las bicis que van a usar los chicos de la casa de Salvador que tienen la misma edad que tendría ahora Felipe; ese mismo día en el que terminamos con Luis al amanecer en un recital de Eté al que llegamos tardísimo después de subir una escalera vieja y pensamos que ya se había acabado porque en Montevideo siempre empiezan super puntuales, pero en realidad todavía no habían arrancado, ahí también había stickers y cerveza caliente.

El de Vero que ya no sé que deberia decir, lo mismo que todos los años anteriores pero siempre un poco más.

Ahora pienso en los stickers que me gustarían para 2020

los scouts en Bariloche,
el cumple de amigues en Roma,
la playa de piedras que queman en Quequén,
mis guantes atajando las pelotas más difíciles.
Madrid con Luis o Montevideo rock con Luis o el barrio Eva Perón con Luis o no importa dónde.
Todas las cervezas con todes les amigues.

Y además de stickers también algunos deseos:

Que Valen nos siga enseñando a vivir.
que Pili no se nuble,
que Maite sea la misma Maite de siempre, la que me rescata,
que Sonsi nos haga reir,
que Consu esquive defensoras gigantes y se la coloque a las arqueras en los ángulos.
que Ruli cante con su voz amorosa canciones esdrújulas,
que Octi dibuje infinitos estadios,
que Estani tenga un cello,
que Toto se porte mejor pero que me siga abrazando como me abraza ahora cuando hace kilombo.
que Loli encuentre un unicornio
Que las morsas morseadoras sigan morseando.
Que mis viejos me sigan aconsejando aunque a veces no les haga caso.
Que la derecha pierda fuerza y lo festejemos en La Fuerza.
Que nadie ni nada nos duela más que agujerearnos las orejas.


viernes, 18 de octubre de 2019

Filomena



Cada octubre se muere mi abuela,
se muere Corina,
se muere Néstor en la tele.

Cada octubre se cae la última mandarina del árbol
mientras van saliendo los azahares
para el próximo otoño.

Cada octubre como alcauciles y en algún lado
siempre se me mezcla su olor con el de la pintura fresca:
la del sanatorio donde se murió mi abuela,
la de los pintores en casa en 1987,
la del instituto esta semana.

Cada octubre nacen mis gemelos y llueve afuera
mientras espero
poder levantarme de la cama
para ir a verlos a neo donde están conectados a
aparatos
pero para vivir,
no como Felipe
que también estaba internado entre cables cuando
lo íbamos a ver después de lavarnos las manos
con desinfectante,
igual que antes de alzar a Octi y a Estani
pero no.

Este octubre como alcauciles,
explico en clase cómo el primer verso de Filomena
“Dulcísima de amor, ave engañada”
se parece tanto a cualquier verso de Góngora;
gano un concurso de relatos en twitter que organizan las Abuelas
y me acuerdo de la primera
vez que gané un concurso de poesía; era en el Cole,
también en octubre,
y me enteré que había ganado el mismo día que se moría Corina.

Este octubre no se muere nadie,
solo espero
que se revienten mis ampollas,
que llegue el día de la madre,
que los chicos cumplan nueve años,
que Sonsi y Maitu se hagan aritos en la nariz,
que cambie el gobierno,
y que se lleven un árbol tirado en la vereda al que la lluvia desgarró una de estas noches.

Mientras, se acaban los alcauciles y
Filomena,
el cuerpo en soledades consumido,
se transforma en ruiseñor.




viernes, 13 de septiembre de 2019

Diez



¿Sabés?
Subí a un avión. Me animé.
Fui a Sevilla, estuve con Mauri.
La pileta de su casa es de venecita brillante, parece mica.
Te pondría tan contento verlos aunque el sol da muy fuerte sobre los techos de las casas, sobre todo a las seis de la tarde.
Pienso que cuando la pileta se llene la venecita no va a brillar tanto, solamente va a reflejar el agua.
Nos acordamos de cuando éramos chicos y recorrimos en auto un montón de países de Europa por primera vez. 
Entre los dos nos completamos recuerdos.

Después alquilé un auto y fui a San Cristóbal.
En la entrada del pueblo había plantados unos manzanos que daban unas manzanas diminutas.
Siempre estuve en abril, nunca para el fin del verano.
Me pareció que el campo estaba mucho más verde.
Después todo igual, las paredes de piedra, el olor de las vacas, las calles angostas y la mayoría de las puertas cerradas.
Dí una vuelta, otra y otra hasta que encontré la casa.
Me imaginé una mujer pariendo entre mantas en el frío de diciembre.
El parto y el frío duelen como vidrios, pero a la casa le habían cambiado las ventanas y tenía unas persianas de madera.
Creo que antes ni siquiera tenían vidrios, eran de mica que brilla pero no deja pasar la luz.
A la madrugada volví a la ruta intentando no dormirme; cuando amaneció ya había llegado a destino.

En estos diez años pasaron demasiadas cosas
Nacieron niñas y niños.
Me tatué el brazo.
Me compré guantes fluo para atajar: unos naranjas que ya se me gastaron.
Atajo.
Algunos sábados pienso que venís a verme, son los días que me hacen menos goles.
Desde San Cristóbal se divisaba abajo, en un valle, una cancha de fútbol.
¿Sabés pa?
Algún día vamos a jugar ese partido, estoy segura.



jueves, 22 de agosto de 2019

XIX


Miro por la ventana
a veces algunos autos tapan la entrada del garage,
les pongo en el parabrisas un cartón en el que escribí
No estacionar
con una fibra negra, gruesa.
Es por si tengo que salir rápido,
a jugar un partido,
o a parir un hijo.

Ya no baja la barrera,
subieron el tren a un puente de cemento horrible,
si ningún auto me tapa la entrada
llegaría bien a la sala de partos.
Los bebés nacen con una costra en la cabeza, traen pedazos
de la madre pegoteados en el pelo.

En mi escritorio tengo una piedra esmaltada de colores
es una mujer con un bebé en brazos,
la compré un verano en Quequén en un negocio que estaba en la playa.
Al verano siguiente había soplado el viento
el negocio se había llenado de arena y ya no estaba.
La piedra podría ser para un pesebre: María con Jesús;
también podría ser cualquier madre con
cualquier hijo en la felicidad de los
colores.

En mi escritorio también tengo una foto.
La foto es con mi nene en el zoológico.
Los dos tenemos rulos
pero creo que el zoológico tampoco existe más
como las vías del tren
que ya no cruzo,
ahora paso abajo del puente con mi bici
cuando voy a la terraza de Malcom a entrenar.


Antes de nosotras entrenan unos chicos,
deben tener diecinueve años,
la próxima vez que los vea les voy a preguntar si
nacieron rápido,
si a las madres les dieron peridural para que no les
dolieran mucho las contracciones,
si la noche que nacieron llovía y hacía frío;
les voy a preguntar también
qué hace un chico a los 19 años.
Pero eso la próxima vez que suba a la terraza
de Malcom.

Ahora vuelvo a mirar por la ventana,
no hay autos tapando mi garage,
hay vidrios que cortan.
Ya se escucha el ruido a lo lejos,
es el tren atravesando el puente de cemento,
o es el jabalí que viene a llenar de sangre los
colores
de mi piedra esmaltada;
a volver rosas las flores blancas
o rojas.

En otro lado en agosto florece un cerezo;
en algún lugar,
alguien entra a una sala de partos.







domingo, 19 de mayo de 2019

Cambios





I
Hace muchos años seguíamos a Español a todas partes; fue así que conocí la mayoría de las canchas de la ciudad y algunas del conurbano.
De esa época me quedaron bastantes historias, pero nunca las escribí. A veces las recordamos con Luis: un día que diluvió mal, que la cancha era una pileta, Español-Quilmes, el partido no se suspendió y nos abrieron la platea porque tenía techo lo que no impidió que llegáramos a nuestras casas empapadísimos; o una tarde con la imagen de las calles del Bajo Flores tapizadas de tetras vacíos que habían dejado los hinchas de Talleres de Córdoba; o un domingo de invierno en la cancha de Platense dedicándole un triunfo a Macri que lo mira por TV pensando que habíamos ganado la guerra porque la asamblea había decidido que Español no se vendía, sin saber que eso ni siquiera había sido una batalla. Una vez fui sola, en 101, un martes a la tarde, Español-Olimpia La Conmebol. En Olimpia atajaba Goycochea, empataron 0 a 0, después Español perdió por penales y quedó afuera de la copa.

A veces también íbamos con Luis a ver a Boca, pero una sola vez vimos un Boca-Español, ya había nacido Valen y la llevamos. Fue hace más de 20 años pero recuerdo ese partido por tres cosas que pasaron. En el entretiempo Valen tenía que ir a hacer pis, estábamos en la tribuna de visitantes, separada por unas rejas del resto de la popular, era un espacio bastante chico porque los hinchas éramos pocos.El baño de mujeres había quedado del otro lado de las rejas así que la tuve que llevar al de varones, en la puerta se quedaron unos hombres cuidando que nadie entrara. También en el entretiempo, eso nos dimos cuenta cuando empezó el complemento, el técnico de Boca, supongo que era Bianchi pero no estoy segura, había cambiado al arquero. Español se había ido al vestuario ganando 3-0 por errores claros del arquero de Boca. En el segundo tiempo, Boca le dio vuelta el partido y terminó ganándolo 4-3. El arquero que se había ido en el entretiempo fue después arquero de Español y lo acompañó al descenso. El tercer suceso fue que de una tribuna de arriba donde había hinchas de Boca me tiraron pis, yo pensé que era agua pero cuando llegué a casa la remera ya se me había secado y en el lugar donde había caído el líquido tenía una mancha amarillenta, por eso me dí cuenta de que me habían tirado pis.

II
El sábado pasado jugué dos partidos, el primero fue un partidazo, empatamos 2 a 2 contra las que iban primeras.
El segundo fue casi de noche, perdíamos 3 a 1 y cuando faltaban seis o siete minutos para el final los técnicos decidieron el cambio de arquera. Lo primero que me acordé fue de ese partido, hace casi 25 años viendo Español en la cancha de Boca, con mi remera mojada de pis que me habían tirado de la tribuna de arriba. Salí rápido de la cancha, me saqué mis guantes y mis rodilleras que siempre que me hacen goles me parece que son parte de un disfraz ocioso, casi grotesco como que las verdaderas arqueras atajan sin nada y me fui rápido de la cancha, para que nadie se diera cuenta de que en un equipo perdido de una categoría no tan alta de una liga fantasma habían cambiado a la arquera.
Volví en la bici comiendo rabia y cuidando de no meter las ruedas finitas en las juntas del cemento de la bicisenda de Superí, porque ahí fue donde el primer sábado que fui a jugar en bici metí la rueda, me caí, se salió la cadena y me quedó la rodilla escondida atrás de una costra de sangre que tardó en secarse más de una semana. Pedaleaba furiosa razonando que si aquel primer sábado, volviendo de una victoria, me había ido de cabeza a la calle, en ese momento con tanto enojo encima era mucho más fácil caerme y otra vez mezclar mi sangre con el asfalto.



III
Bienvenidos al infierno.
Eso decía en las paredes pintadas de rojo de la cancha de cemento en la que jugó Consu el domingo.
A la tarde cruzamos la ciudad en auto para llegar, cuando el sol ya no calentaba, a un club parecido al Zamorano, como si el salón del Zamorano en vez de ser un salón donde ponemos mesas para comer fuera una cancha de fútbol.
Otra cancha sin espacio para los laterales, de las paredes parecían colgar unos bancos de cemento para que se sentara el público.
Pensé que cuando tuvieran que hacer un lateral íbamos a tener que levantar los pies.
En el equipo de Consu eran siete. Son nenas que no pasan de quince años, la más chiquita es Consu que ni siquiera entra en esa categoría, tienen que pedir permiso para que la dejen jugar.
Del otro lado eran casi veinte, todas de más de dieciocho, en el precalentamiendo le pegaban al arco con una furia parecida a la que traía yo en mi bici el día anterior. Las van a matar pensamos madres y padres que esperábamos con caras de susto en los bancos del averno.
Pero no, las chiquitas tocaban y las del otro equipo las veían pasar. Al final del primer tiempo entró Consu, en el segundo tiempo jugó también un rato. En el rato que jugó trabó una pelota adelante y quedó mano a mano con una arquera que era cuatro veces más grande que ella. En el rato que no jugó se enojó con el técnico por el cambio. Después, ganaron 3 a 1.

IV
Me imagino dentro de 10 años. Una Bombonera llena. Cinco minutos para que se acabe el partido. El técnico decide un cambio: sacar a la 9 para la ovación. La cancha estalla. Yo en la platea miro a la jugadora que sale en medio del estruendo de los hinchas, le hago un saludo con la mano, Consu mira para donde estoy y me guiña un ojo. “¿Te acordás del Bienvenidos al infierno?” parece decirme y mientras yo me acuerdo de aquellos fines de semana de fútbol 5 protestando las dos por los cambios, desde la tribuna de arriba los visitantes recluidos en un espacio mínimo se dan cuenta de que soy la madre de la goleadora que les pintó la cara y me tiran una botella de litro y medio llena de un líquido amarillo espumoso y caliente que adivino me dejará una mancha seca en la remera que ya no va a salir.

lunes, 6 de mayo de 2019

Martes




A las 9.00 llega Xime, casi siempre me manda mensaje cuando está en la puerta para no tocar el timbre y no despertar a nadie. Pero a esa hora en casa solo duermen Ruli y Loli: Luis se va temprano a Tribunales, Sonsi tiene campo, Maite y Consu se levantan para estudiar y los tres varones juegan desde las 8.00 en la puerta del cuarto de las hermanas grandes.

A las 9.30 paramos en Triunvirato y los Incas en una esquina que marca la entrada a Parque Chas, ahí sube Noelia, en la misma esquina en la que, cuando empecé a jugar al fútbol me esperaban un montón de chicas con las que iba a las canchas de futbol 5 de Beiró.

A las 9.45 estacionamos siempre en el mismo lugar, en una vereda que tiene un cantero por lo que tenemos que bajar del lado de la calle. Después meto para adentro el espejo del Nissan para que no me lo lleven puesto los bondis que pasan por ahí, abro el baúl, guardamos las mochilas con los celulares, el dinero y quedamos solo con lo imprescindible. Caminamos por un pasaje, hay una casa que siempre tiene un gato en la ventana

A las 9.55 golpeamos la puerta abriéndonos paso entre mujeres de todas las edades, cargadas con unas bolsas de colores llenas en las que siempre lo único que puedo distinguir son paquetes de yerba. Muchas vienen con nenas y nenes.
Hay una mujer que es un poco más vieja que el resto, tiene un bastón y una mirada tranquila pero triste.
Algunas entran con nosotras, otras quedan afuera, en una vereda llena de basura, que solo parece limpiarla el viento cuando sopla.
Nosotras tratamos de reirnos todo el tiempo.

Unos minutos después de las 10.00 nos abren. Transitamos por unos pasillos anchos, de paredes descascaradas. Se nos van abriendo rejas, pasamos controles, nos revisan los papeles y los libros. Algunas mañanas nos cruzamos con gente que camina, otras no.
No hay aire ni ventanas que nos dejen ver nada, ni la cancha de Lamadrid que está justo ahí al lado. Por eso una tarde antes de salir a Beiró dimos con el auto una vuelta manzana para verla: unos muros peores y un campo de juego que no se dejaba ver pero que se adivinaba medio chico, como esos que tienen los laterales pegados a las paredes. Después mi amigo Nacho, experto en ascenso, me contó que a Lamadrid sus propios hinchas lo llaman El Carcelero.
Cuando llegamos nos esperan con dos o tres termos y dos o tres mates, uno de estos martes además había un plato lleno de tortas fritas y de pastelitos. Nos prometieron a futuro prepararnos flan, pasta frola y budín de pan.
Al lado del aula hay un patio diminuto, nos cuentan que muchos van solamente para poder sentarse en ese patio.
A veces se escuchan balazos, es porque algunos juegan al fútbol, se les va la pelota al techo y cuando suben a buscarla los guardias disparan al aire para que nadie se escape. Por lo menos eso nos cuentan y es una buena historia.
En la puerta del baño hay macetas con plantas, en una hay orégano, cuando comemos lo usamos como condimento.
Siempre almorzamos pollo con puré.

En medio de todo la clase.
Uno en algún momento de su vida leyó la Eneida y como al final de la Eneida venían las Georgicas también las leyó.
A otro le encanta el soneto V de Garcilaso, otro aprendió con la ayuda de Xime a escandir los versos, otro aprendió que hay un tópico que se llama carpe diem, otro reconoce el locus amoenus, otros nos hablan de Orfeo buscando a Eurídice y de Dafne transformada en laurel

Y todos dicen que les enseñamos poesía.
Tienen nombres, se llaman Nico, Santi, Facu, Guille.

A las 2 de la tarde, cuando terminamos volvemos a cruzar los pasillos y las puertas.
Y como cada martes pienso que nos separa del afuera solo una línea de cal, como la que imagino en la cancha de El Carcelero pegada a la pared, esa que un día los utileros pintan pero al otro día no está más.
Salimos.Ya casi no quedan mujeres en las veredas que siguen igual de sucias.
Todavía el viento no sopla.



lunes, 15 de abril de 2019

Medidas






Los otros días me compré algo de ropa on line. Al lado de la foto de lo que quería apareció un cuadro explicándome cómo medir cada parte del cuerpo, cuáles son los límites de cada talles para poder calcular así cuál es el que hay que encargar.
Pero la poética de esta casa es que nunca encontramos los elementos necesarios en el momento indicado. Cuando a alguien se le ponen los labios secos, las mejillas coloradas, le duele la cabeza y todo apunta a que podría tener fiebre el termómetro no aparece, si alguien tiene piojos se pierde el peine fino; el otro día Luis tuvo que subir al techo porque se había roto el flotante del tanque de agua y no pudo hacer nada porque aquí abajo nunca pudimos dar con la pinza pico de loro que necesitaba para destrabar una pieza.
Sí tenemos un metro de madera que se pliega, en algún momento pensé en usarlo junto con un hilo o algo así para tomarme bien las medidas. Pero recordé el costurero de mi mamá que traje de Plaza y que escondí para que nadie lo abriera y perdiera todo lo útil que tenía adentro: tijeras, alfileres, hilos de todos colores, un pedazo de encaje y dos centímetros de esos que se hacen como una rueda o como un espiral.
Y ahí, además de poder encargar la ropa con las medidas correspondientes, me acordé de cuando me tenía que subir a la mesa de la cocina para que mi mamá me hiciera dobladillos de alguna pollera mientras me retaba porque me movía diciéndome “Florencia, sabés que soy un desastre cosiendo, quedate quieta” o cuando venía a casa y nos retaba porque no teníamos alfileres en nuestro costurero que es una lata que solo tiene hilos todos enredados entre sí junto con agujas a las que se les rompió el ojo.

Ayer a la mañana llevé a Consu a jugar contra Ferro. En diez minutos su equipo hizo dos goles, uno de un pase de ella y el otro arrancó con la pelota en mitad de cancha, esquivó a dos y la puso en la red. “Bien Consu” le grité.
La arquerita de Ferro después del segundo gol gritó “Basta mamá” y miró a una mujer que estaba en la tribuna.
Y me acordé de una historia que le gustaba siempre contar a mi mamá; Yo había vuelto a jugar al hockey después de que habían nacido Octi y Estani y ella llegó en la mitad de un partido, preguntó cuánto íbamos y alguien del público le dijo “Pierden 8 a 0, pero si no fuera por la arquera irían perdiendo por 20”.
Ayer a la tarde me fui al campo, siempre vuelvo por el Bajo o por Córdoba pero ayer no sé por qué se me ocurrió volver por Perón y pasar por atrás del Sanatorio Mitre y de esas cúpulas tan raras.

Ayer me tiré a sacar una pelota, la delantera siguió de largo y me pateó la nariz. Me puse la mano y cuando me miré el guante lo tenía lleno de sangre.
Ayer hace un año me saqué de lugar una falange del pulgar izquierdo, estuve casi tres meses sin jugar.
Ayer hace dos años que se murió mi mamá. En estos dos años hice cosas que la hubieran espantado mucho más que la falta de alfileres y a lo mejor algunas que la hubieran puesto orgullosa como los 12 goles que salvé la vez del hóckey. En estos dos años descubrí que a veces la traté como a veces Pili me trata a mí y eso hizo que me perdiera un montón de cosas que tal vez quería compartir conmigo.
Hoy después de la patada de ayer la nariz casi que no me duele.
Hoy hay un movimiento del dedo que todavía me recuerda la lesión del pulgar.
Hoy extraño a mi mamá mucho más de lo que creí que iba a extrañarla.