lunes, 28 de septiembre de 2015

Ejercicios



Entro a la página del CONICET. Siempre publican noticias científicas para que uno se informe de las novedades mientras espera que la página lo direccione a la pantalla que uno necesita.
Una de las noticias científicas lleva un título más poético que de ciencia: El color que brillará en el cielo. Explica por qué, cuándo y cómo la luna se va a poner roja.
Y la noticia sigue: Redonda, roja, eclipsada, la luna será escrutada por millones de miradas esta noche
El título y la forma de empezar la noticia parece una poesía. Un lindo ejercicio para mi clase del jueves podría ser escribir algo con eso. Me adelanto y lo escribo

I
El color que brillará en el cielo
rojo, de sangre, redondo, eclipsado. No es la luna
Yo ví una vez una luna roja, en Yalta, se hundía en el Mar Negro.
Todos creen que van a ver una luna sangrante, un eclipse purpureando el cielo,
no la nieve.
Pero la luna roja ya se hundió.
Esa noche, en Yalta, había barro color ladrillo oscuro.
Y la playa era de piedras blancas, lavadas. La vi por una ventana de vidrios llenos de sal.
Todos teníamos el mismo gusto en la boca: a luna hundiéndose en su propio reflejo abandonado.
Hoy escuché cómo una mujer decía, mañana a las 9 de la noche lo van a pasar por la tele.
Sé que aunque lo pasen por la televisión no es la luna.
A la luna roja yo la ví hace mucho tiempo hundirse en las piedras del Mar Negro.


II
El color que brillará en el cielo esta noche
es el de la victoria.
Es el humo rojo de las bengalas que tiraban desde la popular cuando adentro de la cancha el arquero atajó el penal.
Cuando el cielo del Bajo Flores se pintó de rojo, como esa tarde que nos salvamos del descenso, cuando creíamos que el tiempo se quedaba ahí sin pasar en esos tablones de madera.
El arquero atajó el penal y empezo a brillar el cielo atrás de las banderas.
El delantero amagó para un lado, para otro; el arquero nunca se comió el amague, se tiró al palo izquierdo, acarició la pelota con la yema de los dedos y la sacó afuera, limpia, sin rebote.
El cielo se oscureció de pronto, temblaron los edificios, llovieron piedras las nubes, corrieron sangre los ríos y la luna solo quedó iluminada por la luz de las bengalas.
La tribuna explotó de alegría; y como el mejor vaticinio el humo rojo tiñó el aire avisando que ahí, en el Bajo Flores se estaba sellando el triunfo.
Ese es el color que brillará en el cielo esta noche.


III
El color que brillará en el cielo esta noche 
es el de salir en el auto a buscar a Pili a lo de Anita.
Con Sonsi, con Loli, con Tótal, con Octi, con Estani.
Escuchar 
que Loli tiene miedo de la luna, 
que Tótal dice que a la luna hay que hacerle una casa y darle de comer pollo track, 
que Estani se me tira encima para ver mejor, 
que Octi está más contento viendo un camión de basura que anda por la calle que la luna roja en el cielo 
o que Pili, cuando sube al auto, dice que el eclipse no está tan bueno, que la luna nada más parece que está tapada por una nube.

Y pensar 
que el color que brillará en el cielo esta noche 
es también un poco el color del vacío



miércoles, 23 de septiembre de 2015

Mar del Plata



Hoy tendríamos que estar con Luis en Mar del Plata.
En la fábrica de Antares degustando cerveza tras cerveza. O metidos en la habitación de un hotel viendo la lluvia o probando esos forros flúo de la propaganda del día de la primavera para los adolescentes. O caminando por el borde del mar. Y mañana deberíamos recorrer el Museo de Arte Moderno porque me parece que los miércoles está cerrado; por eso el año pasado fuimos con Xime y Patricia un martes, como lo prueban las trecientas cincuenta fotos con el lobo marino de papeles metalizados de alfajores que nos sacamos con la tablet de Patricia que por cada vez que apretás el botón saca cuarenta y cinco fotos.
Y a la noche hubiéramos ido a cenar al restaurant del borde del mar al que voy siempre después de los congresos, en el que hace mucho tiempo Camila le preguntó a Meneca si leía lucha armada y en el que el año pasado Meneca nos contó cómo la hicieron cristinista sin serlo.

Hace como cinco meses que estábamos con Luis buscando dos o tres días en nuestros afiebrados calendarios llenos de actos escolares, reuniones de trabajo, partidos para perder por goleadas o conciertos de nuestras niñas para este posible viaje. Y este miércoles y este jueves parecían ser los más adecuados.
Pero la lluvia y otras cuestiones más íntimas desarmaron nuestros planes, que eran obvio que iban a desarmarse de todas formas. La casa iba a quedar a cargo de Valen para quien en estos últimos tiempos, el calificativo de stalinista resulta suave. Valen les iba a cocinar, iba a subir a los ocho al colectivo para llevarlos y traerlos de la escuela, los iba a transformar de criaturas malcriadas en niñas y niños autosuficientes. Como el pobre oso que cuida a esta Lolita rusa que pongo al final.
Pero nada de eso ocurrió. Mar del Plata, la cervecería, el museo, la noche frente al mar, la primera salida a más de doscientos kilómetros de los dos solos desde que nos casamos; es decir la primera salida solos en casi veintiun años quedó reemplazada por una serie de actividades de miércoles de lluvia como ser:
Ruli que desde las nueve de la mañana se empezó a preparar para irse a cortar el pelo a un Prana que abrieron a la vuelta de casa hasta que Pili, que ayer acompañó a un muchachito (no a X, a otro) a otro Prana para que el muchachito se tiñera el pelo de azul, le avisó que las Prana abrían a las doce, con lo cual Ruli cambió el llanto de querer ir a cortarse el pelo por el lamento de “a la tarde no me vas a llevar, siempre me prometés y nunca me llevás”
Sonsi que arruinó las invitaciones de su comunión que hoy tenía que repartir entre sus amigos y amigas con lo cual también se pasó toda la mañana llorando. Y que volvió a la tarde de la escuela acompañada por dos o tres amigas para que la consolaran.
Octi que se despertó con dolor de panza, vomitó mocos en el medio del playroom y asustó a Valen que antes de irse a dar un parcial dictaminó que el chico seguro que tenía apendicitis. Lo que después desmintió su pediatra.
La heladera que se volvió a romper, las cosas que había adentro que las tuvimos que trasladar a la heladera del lavadero, el patio de paso al lavadero que está lleno de agua y la puerta del lavadero que queda abierta y se golpea a cada rato con el viento poniéndole sonido a unas poesías latinas del siglo IV que tengo que leer.
Consu que protesta porque su carpeta de plástica quedó en mi auto que está en el chapista poniéndose a punto para su venta y la futura compra del March.
Durante todo el día el “obvio que no se iban a ir” fue TT, parece que sobre todo por mi culpa porque no me animo a dejar a mis niñas y niños solas y solos, o al cuidado de Valen. Lo mejor fue la propuesta de Luis, “que si vos quisieras y nos fuéramos más tiempo podríamos ir a Mendoza”. No sé si fue en serio o en chiste, si no encontramos dos días para Mar del Plata ni me imagino Mendoza, solo le faltó decirme “cuando tengas el March, para probarlo”

Igual, casi mejor que no nos fuimos.
La última vez que salimos de viaje solos nació Valen a los nueve meses y si bien teníamos veinte años menos quiero creer que todavía todo es posible aunque no lo verifiquemos.
Pero podria ser así: dos días a Mar del Plata, mellizos de vuelta y Mendoza una semana los temidos trillizos.

Y ahí no hay Valen, oso ruso o lavarropas que lo soporte.



jueves, 17 de septiembre de 2015

Dos historias




Tenemos que arreglar el jardín.
Hacer donde está la tierra seca o el barro, depende del tiempo, un camino de baldosas para que jueguen ahí a la pelota, anden con las bicis o armen el auto de género de todos colores.
Hoy estuvimos con Luis y con Erica viendo lo que tenemos que cambiar y la cantidad de árboles que tenemos que podar, así queda bien el jardín para la comunión de las chicas que ya llega.
En ese recorrido me dí cuenta de que el mandarino se llenó de azahares, vamos a tener un otoño con mandarinas.
También me dí cuenta de que falta poco para la primavera. Y para que se acabe el año escolar; hecho que también reforzó la llegada vía mail del boletín de Pili, con todos los altibajos que el segundo trimestre supone en los y las adolescentes.
Pero ahora Pili está en Tilcara, contenta, viendo amanecer y atardecer en el cerro de Siete Colores, comiendo llama y locro; así que todavía no se enteró de sus notas.
Septiembre, los azahares, Tilcara, los boletines, el locro, me hicieron volver atrás en el tiempo.

Y en el espacio, al Norte. Un miércoles como hoy pero hace exactamente seis años, tomando cerveza en la plaza de Salta adonde habíamos llegado con Xime luego de dos días de auto cruzando el país para ir a un congreso.
El domingo se había muerto mi papá, el lunes terminé de despedirlo y el martes me subí al auto, la pasé a buscar a Xime y salimos para Salta. No tenía mucha experiencia de manejar en ruta y solo manejaba yo. Una locura a la que Xime asintió entusiastamente.
Atravesamos lugares ignotos de nombres que nunca habíamos escuchado antes. San Martín de las Escobas, Garza, Ferreira.
Paramos a dormir como a las once de la noche en una estación de servicio con los camioneros que un rato antes nos tocaban bocinazos en medio de una ruta oscurísima para que los dejáramos pasar. El segundo día de viaje compramos un mapa. El miércoles después del mediodía llegamos a Salta. La excusa del congreso me sirvió para tardes y noches de cervezas con amigas para pasar una de las semanas más tristes.

Otro miércoles como hoy, hace mucho más tiempo, veintinueve años.
Tenía hockey en el campo, el día estaba soleado pero de a poco se fue llenando de nubes y de viento.
A la tardecita había una marcha de antorchas, arreglamos para ir con Vero y con Paula, era un época que marchábamos mucho, para marchar y para ver chicos.
Yo estaba enamorada del pajarito de la Fede, que venía a mi club, que supuestamente jugaba en Boca, o que supuestamente era de la Fede porque nunca lo veíamos en ninguna marcha. Solo una vez en la Ferifiesta, en el Parque Sarmiento. De todas formas yo nunca perdía las esperanzas de encontrarlo. Después de esto me acordé el nombre: Diego.
Después de entrenar volví a casa a bañarme. Cuando llegué, ya estaba helada, me dolía un poco la garganta y, no me acuerdo si me habían dado algún pelotazo, casi seguro que sí.
Me bañé y ya decidí no salir más hasta el día siguiente. Les avisé a las chicas que me quedaba en casa. Comí temprano y me fui a dormir.
A las diez sonó el teléfono, alguien atendió; no sé si mi papá o mi hermano. Subió rápido y vino a mi cuarto: “Era Paula”- lo escuché medio dormida- “ me dijo que te avise que en la marcha de la Noche de los Lápices estaba Diego”.

Todavía hoy con Xime nos acordamos del viaje a Salta como una gran aventura.
Todavía hoy con Vero nos acordamos de ese aniversario de la noche de los lápices de cuando estábamos en cuarto año.

Tenemos que arreglar el jardín, antes de que el perfume de los azahares nos avise que ya empezó la primavera.




miércoles, 9 de septiembre de 2015

Quinto Elemento





Los cuatro poderosos elementos
contra la flaca nave conjurados


Aire.
El que ya empieza a venir lleno de polen y de porquerías primaverales. Que todavía no hizo estragos en Luis pero sí en Sonsi. Así el atardecer de septiembre se coló entre las verticales, las medialunas y las escondidas del domingo en el borde de la pileta donde estábamos festejando el cumple de Enru. Y el aire del crepúsculo devino en un precioso broncoespasmo que la dejó a Sonsi con sus características ojeras y su batería de puffs y gotitas anunciando la cercanía de la estación de las alergias.

Fuego.
El que en el medio de Cabildo empezó a salir del capot del auto de Luis, a la mejor hora de la tarde, cuando salen todos los colectivos y todas las criaturas de los colegios y todos los taxis y, por supuesto, todos los autos. La mejor hora de la tarde que en Belgrano siempre implica una calle cortada con su correspondiente desvío colapsado. Que nos dejó frente al posible incendio y frente a la seductora posibilidad de quedar con el auto lleno de niños y niñas prendiéndose fuego y complicando aun más, si eso fuera posible, el tránsito.

Agua
La que, una vez estacionado el auto de Luis en un costado gracias a que los colectiveros lo dejaron pasar al ver como el humo salía cada vez más alto del auto, compró en un supermercado Día. Dos botellas de litro y medio de agua mineral que del mismo modo que entraron al recipiente en el cual deben ir para que el auto no se caliente, salieron para formar un arroyo que corrió hacia el cordón de la vereda. La causa: una manguera que convenientemente se había roto en medio de un Belgrano atestado de autos, de un auto atestado de niños cuando faltaban tan solo diez minutos para tener que hacer nuevamente el mismo camino para buscar al resto de las criaturas que todavía no habían salido de la escuela.

Tierra
La del jardín de casa a la que logramos finalmente llegar luego de que Luis consiguiera una cinta adhesiva para envolver la manguera rota, comprara otra botella de agua y se la cargara al auto. Así, en esas condiciones precarias me dejó en casa con los cuatro más pequeños, se llevó el auto al mecánico y después se tomó el colectivo para volver a cruzar Belgrano en busca de las cuatro niñas del medio. Y los cuatro más pequeños, encandilados aun por la aventura de que casi se prende fuego el auto de papi, decidieron recrear su propio incendio pero con tierra en su auto de juguete. Toda la tierra del jardín, en donde el pasto ya no crece más, entró así al autito de juguete como si fuera el humo del fuego. Entró también a la casa, pero ya en forma de barro, cuando decidieron lavarse las manos y la ropa en la cocina, el baño y el lavadero.

Aceite
Hace dos días una amenazante mancha de aceite en el garage. “Es tu auto” me dijo Luis, “No, es el tuyo” le contesté. Ayer caí rendida a la evidencia cuando detrás del auto en la vereda y en la calle iba quedando un clarísimo surco de aceite. Entre las poquísimas nociones que tengo de mecánica sé que si usás un auto que pierde aceite se puede fundir el motor. Y sé también que con mi auto fundido desaparece cualquier tipo de posibilidad y color de mi futuro Nissan Note o Nissan March. Hoy a la mañana el auto al taller.
Aceite: el quinto elemento o las delicias de tener los dos autos en el mecánico.



Entre tanto elemento Agua y Rosas



miércoles, 2 de septiembre de 2015

Entrada 100




Hace diez días que no subo ningún post para la bici.
Una semana medio arrebatada, llena de reuniones, de partidos, de clases.
De dar vueltas alrededor de Góngora y de Quevedo para seguir eligiendo al primero con motivos justificados: “en campos de zafiro pace estrellas” vs. “rumia luz en campos celestiales”.
Golazo de Góngora, golazo como el que me hicieron el domingo en el que la pelota, antes de entrar al arco a reventar la tabla, me dejó el brazo negro, verde, violeta. Golazo como el que, con todo el tiempo del mundo, levantaron la bocha y me la clavaron arriba en el ángulo izquierdo.Golazos todos que me recordaron, una vez más, que hace veinte años era buena arquera, y ahora no tanto.
Quince goles en tres partidos, a lo mejor hay algún premio especial a la valla más vencida.

Pienso algunas historias que hubiera podido contar en estos diez días:

El mercado. Un viernes a la mañana volvimos a un mercado atestado de camionetitas y de changarines. Amontonamiento que confirmó nuestra teoría de que después de las cinco de la mañana es imposible hacer rápido y de que adentro del mercado cualquier regla de circulación, tránsito o estacionamiento es absolutamente ociosa. Como le dijo un changarín a una mujer que estaba momificada en medio de un pasillo con un carro sin dejar pasar a nadie: “Doña, no entiendo qué hace ahí parada tanto tiempo. El mercado es para venir comprar y irse” Impecable. De todas formas tardamos menos de una hora; nos volvimos con cien kilos de fruta entre pomelos, mandarinas, manzanas rojas y verdes, frutillas y bananas y con algo más de material para la novela que en algún momento voy a escribir: la de los changarines futbolistas, asesinos y tal vez arqueros. Lo bueno que en invierno no hay tanto olor.

La mordida de Loli. Una tarde volvió Loli del jardín con la marca de un mordisco en la mejilla. La había ido a buscar Luis, le dieron las explicaciones y disculpas del caso y el hecho quedó ahí. A la mañana siguiente el colorado del mordisco había pasado a rojo oscuro y las hermanas mayores que me empezaron a dar manija, que no puede ser, que cómo la chica va a venir así mordida, que cuánto tiempo tuvieron que estar clavándole los dientes para que le quede de ese color. Papi porque es muy tranquilo pero si la hubieras ido a buscar vos seguro que le decías algo.
Apelaron a mi percepción de madre abandónica de mi séptima hija o a mi sensación constante de que a la pobre niña nadie le da bola.
Dos días después la llevé al jardín. Cuando la recibieron en la puerta, ensayé un “todo bien con que la hayan mordido, yo sé que a esta edad los niños se relacionan mordiendo, pero en veinte años es la primera vez que me pasa que me vuelve una criatura con semejante mordisco”; la pobre maestra se puso pálida, se volvió a deshacer en las explicaciones del caso. Sí, sí está bien le dije yo, pero es la primera vez que me pasa. Ni bien subí al auto ya estaba arrepentida, si yo sé que no es ni tan grave ni tan raro.
Al final,madre de séptima hija, por defecto, es peor que madre primeriza.

También podría haber contado: los peinados que Erika le hace a las chicas cada mañana, trenzas cocidas, mezcladas con vinchas, con colitas, las trencitas normales que le cuelgan a Maite a los costados.
O la primera visita a Tecnópolis de la temporada 2015 con Toto hablando con San Martín, Loli llorando porque la asustaban los dinosaurios y Octi y Estani explicándole que eran de mentira porque a los de verdad los había matado un meteorito
O la manera en que voy a extrañar las películas en el pen drive, la palabra homenaje como adjetivo y tantas otras cosas que compartimos con Patricio durante todo este tiempo.

Y a lo mejor (ya desterré el capaz que Ignacio me corrige cada vez que lo lee) también me demoré en escribir porque es la entrada 100.
Y me hubiera gustado escribir algo deslumbrante, bien escrito. Casi un “en campo de zafiro pace estrellas” pero de blog.
En realidad me hubiera gustado organizar un pulpo, ahora que Vero trajo los pimentones. No sé si Góngora tiene alguna perífrasis para pulpo, eso lo deben saber Patricia y Meneca. Pero Meneca no lee la bici.
Un pulpo para agradecer a todas y todos mis lectores y lectoras que hicieron el aguante en estas cien entradas. Para pedirles que me sigan siguiendo y acompañando. Para festejar que llegamos. Para después de unas cuantas cervezas cantar con mi queridísima Clarita Puro Teatro.



sábado, 22 de agosto de 2015

Quince




Un chico de quince años sale del cole cuando la tarde se empieza a poner esmeralda; va al mismo colegio que su hermana pero vuelve cada uno por su lado.
A veces se queda un rato más en el observatorio. Le siguen interesando los planetas como cuando era más chico.
Después toma el subte.
No hace la combinación, no le gusta ese olor que hay desde siempre en los pasillos donde la D se junta con la B. Se baja en Olleros y camina hasta la casa.
Tiene como ocho materias abajo. No estudia nada, odia el latín y el francés.
Le gusta levantarse temprano los sábados para ir a jugar un rato a la pelota con los amigos.
Finalmente se hizo de Boca, no ve más a sus compañeros de la primaria, los de Excursio; algunos domingos acompaña a la cancha al padre, dejan el auto por Casa Amarilla y caminan por esa calle a la que la Doce le tapa el cielo con una bandera gigante.
Azul y oro.
Este año empezaron a llevar a Consu.
Y una vez que jugaban contra Banfield también a Octi y a Estani.
Ahí el chico se acordó de que también a él cuando tenía cuatro el papá lo llevó a la Bombonera a ver Boca Banfield, se acordó porque en vez de Banfield decía Garfield: Boca- Garfield.
Todavía no va a las fiestas de los viernes porque está en segundo. Va a poder ir en tercero, si pasa de año porque con tantas materias abajo a lo mejor se queda libre.
Empezó a tener fiestas de quince, le compraron un traje que usa con converse blancas, odia la corbata, igual que el padre.
Se está dejando los rulos más altos que de costumbre. Y casi que ya le cambió la voz.
Las hermanas más grandes creen que todavía no le gusta nadie, pero no saben.

De todas formas, para sus papás sigue siendo el mismo bebito que los hizo salir corriendo una noche porque quería nacer antes.
Al día siguiente ya tenía la habitación llena de gente, con sus hermanas que no tuvieron mejor idea que empezar a tirarse una pelota por encima de la cunita.
Esas cunitas buenísimas que hay en los sanatorios, de acrílico brillante con patas de aluminio. Cuando nació se usaba acostarlos boca abajo, limpiarlos con óleo y despertarlos para que tomaran la teta. En quince años los protocolos de la puericultura cambiaron muchas veces, a los hermanos que siguieron les tocó boca arriba, de costado, otra vez boca abajo, toallitas, algodón sin nada, otra vez óleo.
Tenía mucho pelo y muy negro, salió así de la panza.
La mamá por eso está segura de que es mentira la relación entre el pelo de los bebés y la acidez porque en ese embarazo no le pasó nada y de todos sus hijos fue el que nació con más pelo.
Pero no lo pelaron porque justo el día que lo traían de vuelta a casa llovía y hacía mucho frío, aunque la parte más fría del invierno ya había pasado.
Por eso se le hicieron rulos, los mismos que ahora se está dejando largos, pero para arriba, como usan los chicos de quince.

Algunas tardes sus papás lo esperan que vuelva del cole.
Para merendar los tres juntos nesquik con galletitas. Para hablar de tantas cosas.
Nunca viene.
Cuando termine de crecer va a ser un negro precioso.
Por ahora, en algún lado, cumple quince.









miércoles, 19 de agosto de 2015

Opciones



Ir y venir llevando y trayendo chicas a scouts desde la mañana como cualquier sábado.
Encerrarme a contar los endecasílabos y los heptasílabos de la canción de la toma de Larache de Góngora, la que empieza “En roscas de cristal serpiente breve”, tratar de desentrañar la métrica y entender cómo explicarla.
Quedarme toda la tarde con Jade enseñándole lengua para su examen del 29 y reflexionando cómo finalmente es, siempre, la lucha de clases.

Arreglar los pats para el partido del domingo contra Derecho, sin acordarme que hace cuatro años cuando jugamos me hicieron once goles, por segunda y última vez en mi vida.
Comprar algo en la ferretería que me agarre los patitos a los pies, una cinta adhesiva fuerte o unos clavos.

Vaciar la biblioteca y pasarme el día entre los libros, ordenándolos y sacándoles la mugre.
Limpiar la pileta llena de todo el verde de los últimos tres meses e intentar arreglar la bomba para tenerla lista en esos veranitos que siempre vienen en agosto.
Rellenar formularios on line antes de que se cierren.
Terminar de leer el libro sobre El PC argentino y la dictadura militar que me está ocupando el poco tiempo libre que tengo.
Recorrer concesionarios buscando el Nissan Note verde petróleo.

Ir con Valen a comprarnos corpiños para poder tirar a la basura los harapos que estamos usando actualmente.
Sacarle los piojos a alguna de mis hijas o hijos, tal vez sacármelos yo misma.
Practicar la tercera y la cuarta coplas de las sevillanas o un poco las castañuelas.

Ir a pasear un rato al barrio chino con Luis, comprar langostinos para comerlos a la noche con cerveza negra.
Mirar a Octi, a Estani y a Tótal jugar a la pelota en el jardín, a veces pateándola, a veces llevándola con la mano.
Irme con Pili, Anita y tal vez Mariana a una peña de La Cámpora.
Escribir el post más lindo que pueda y ponerle de título Quince, que viene después del Catorce  .

No poder resolver nada hasta no saber si el sábado, en mi calendario hecho de cicatrices, me toca un día jabalí o un día diamante.


jueves, 13 de agosto de 2015

Ruli



Febrero de 2008.
Un jueves a la mañana vino Camila y me dijo, te traigo esto que es adictivo. Me había grabado la primera temporada de Lost.
Después pasó Coni, creo que en bici, a visitarnos; por la medianera del jardín había bajado un gato que, asustado, se había metido en la parrilla. Yo estaba en la cama porque me había hecho una punción de la placenta, o de no sé qué. Miraba desde la ventana del dormitorio cómo trataban todos de sacar al gato para que no le hiciera nada a Tati.
Llevaba doce o trece semanas de embarazo.Y claro, quería un varón.
El gato se quedó un tiempo en la parrilla, era malísimo; una mujer que pasaba por la calle pidió permiso para entrar y ver si no era su gato que se le había perdido, cuando quiso mover al animal para verificar la identidad la mordió.

Ese febrero, por la punción, me tuve que quedar cuatro días en la cama, Luis compró la segunda y la tercera temporada de Lost y las vimos todas.
Cuando me dieron los resultados, la criatura estaba perfecta y era una nena: la sexta niña; todavía nos quedaban nombres.
El embarazo lo pasamos de acá para allá, con Vero, Camila, Eva, el auto de Luis, otra gente y los camioneritos.

Algunos meses después, en agosto, nacía Rosario.
Desde chiquita le decimos Ruli, porque era la única de las nenas que tenía rulos, muchos rulos; la segunda si contamos los de Felipe. Desordenados y desprolijos, como los de la mamá.
Ahora es la que tiene el pelo más lacio de todas. Pero todo el mundo le dice Ruli y ya nadie sabe muy bien por qué.
Dice bastantes disparates. Cuando era más chica se lastimaba toda la cabeza por rascarse y se llenaba de cascaritas, si le preguntábamos cómo se llamaba nos decía “cascarita en persona”. El otro día pidió invitar a su fiesta de cumple a algunos chicos chinos que van a su colegio, no son mis amigos me dijo, pero quiero que conozcan las costumbres de nuestro país, que coman chizitos siguió disparatando.

Algunos piensan que es más grande que Consu, otros que son mellizas.
A veces se llevan bien, otras dice que odia a sus hermanas.
Es la única que se duerme en un horario normal. A la mañana desayuna jugo de pomelo o té porque no le gusta la leche.
Despierta a Octi y a Estani y juegan a la mamá. Después de ella llegaron los varones.

Ruli, Ro, Rosario, Rulito, hoy va cumplir siete años y como todos los días se va a despertar brillando.

Va a iluminar un agosto que, irremediablemente antes de terminar, se ensombrece.

jueves, 6 de agosto de 2015

Gallinas




Mañana tranquila. Luis se quedaba en casa.
Encima alguno de estos días alguna divinidad se apiadó de nosotros, de la mugre que iba avanzando de a poco, de las telarañas que colgaban de los techos, de la caca de perro que inundaba la vereda y que entraba al garage en las ruedas de los autos. Y así, de la nada, apareció Erica.
Igual tengo bastante trabajo; a la mañana es dificil hacer cosas pero a la tarde puedo adelantar mientras están todos en el cole.
De repente, un rato antes de comer empezó un olor a zorrino. Pensamos que era Tótal, o Tati, pero no; venía de la calle.
No sabía que gracias a ese olor a pis de gato alguna autoridad de defensa civil decidiría, dos minutos antes de la hora de entrada al cole, prácticamente cuando estabamos en la puerta del colegio, con Belgrano ya cruzado, con el auto lleno de criaturas, mochilas, guitarras y carpetas de plástica, que no hubiera clases.
Volvimos a casa todos. Se ponía difícil trabajar. Luis tenía que terminar una demanda, yo preparar un Quevedo más difícil de lo habitual.

Bajó Pili, que estos días también estuvo sin clases por las previas, avisando que se iba a la casa de X. Con todas las recomendaciones del caso, que a esta altura me parece que ya están absolutamente de más, le dimos permiso para algo que ya tenía decidido desde que empezó a bajar la escalera.
Solo alcancé a gritarle que se cuide, con el sentido más amplio de su significado.
Pensé en lo que me había contestado una vez Valen a esta recomendación: “Vos no sos la más indicada para decirlo”. Y, la verdad que no.
Nos entra un wa de Valen, a Luis, a mí no porque se me rompió el teléfono hace rato. Que ya terminó lo que tenía que hacer pero que se estaba yendo a la casa de Kp.
Y sí, con el panorama de todas las personas metidas en casa las dos huyeron despavoridas.
Las dos muy rápido dijeron, igual volvemos temprano.
Qué raro pensé primero, pero después se me aclaró el pensamiento: gallinas.
Los dos novios, gallinas tenían que irse temprano a la cancha.

Yo antes era de River pero a los quince años me hice de Boca porque me había enamorado de un chico que me decía que jugaba en las inferiores de Boca. Se tomaba el 113 desde mi casa y se iba a La Candela, en San Justo.
Igual no me gustaba por eso, me gustaba porque venía a mi club y era el único que era de la Fede.
Y me lo encontraba en las Ferifiestas, tenía una campera de gamuza con flecos y se tiraba re bien del trampolín. Encima era un canchero, por lo de La Candela supongo.
Ni me acuerdo cómo se llamaba.
Ahora no soy ni de River ni de Boca. 
Estoy más para el ascenso, para el Bajo Flores.


La tarde siguió.
Con todos gritando alrededor de un Quevedo que no iba ni para atrás ni para adelante; lo miré a Luis y le dije, conseguime un novio, y me voy yo también a la casa de mi novio, que sea buen mozo y de Boca así no tengo que volver temprano.
Voy a ver si se me ocurre alguno me contestó.
Pobre Luis pensé, las hijas se le ponen de novias con hinchas de River y yo lo boludeo un poco.
Por lo menos Gaspi es de Boca. Aunque faltan unos años.

No quiero más un Nissan march. Ahora quiero un Nissan Note, lo veo difícil, es más caro.
Capaz si hubiera seguido con el muchachito de La Candela que se tomaba el 113 para ir a San Justo...


sábado, 1 de agosto de 2015

Antibióticos



Viernes a la noche. Terminan las vacaciones.
Para no caer en un lugar común no digo que empiezan.
Si tengo que buscar un sustantivo para definirlas, no tengo duda seguramente sería antibiótico.
De todos los colores, en todos los formatos, todos los genéricos posibles, comprados por las distintas obras sociales y prepagas de las que gozan todos mis hijos. Amarillos, blancos, transparentes, de naranja, de ananá, de multifruti como dice Octi.
Para infecciones respiratorias, para estreptococos, para niños, para adolescentes, para adultos
Sólo quedaron sin tomar los dos chiquititos. Y Maite y Consu que no se contagiaron nada nunca.
Hoy todo termina: las vacaciones y los diez días de antibióticos. El lunes todos al cole.

La primera semana nos quedamos casi todos los días acá metidos.
La segunda salimos un poco más.
Menos el jueves que cumplió años Sonsi . Hacía tiempo que no me acordaba de esa madrugada con la bolsa rota, viendo en la salita de preparto un programa de esos que hay que armar las palabras y llamar por teléfono, esperando poder ir a la sala de partos y Sonsi que nació preciosa pero que fue medio un trámite, porque era la quinta y nació sin nombre y sin nombre estuvo como tres días.
De eso ya pasaron diez años.
Y diez fueron también las niñas que vinieron la otra noche a la piyamada a la que tomaron como una extensión bajo techo del campamento del que varias de ellas habían vuelto hacía menos de tres días. Corrieron carreras en el jardín, gritaban alentando a las corredoras alrededor de las dos de la mañana. Inventarón coreos a las tres, hicieron guerra de espuma a las cuatro. Se divertían.
A las cinco y media se despertó Luis a gritarles que se durmieran, demostrando bastante más autoridad paterna con las pobres invitadas al cumpleaños que con el muchachito que la otra noche pernoctó en el cuarto de Pili.
Así pasó el cumple de Sonsi. Me gustan más las fiestas multitudinarias con los globos tapando las rejas, el inflable en el jardín y la casa desbordando de chicos. Pero se ve que cuando crecen ya no resulta tan divertido.
Así pasaron las vacaciones, demasiado rápido, demasiado atareadas.
Desde el lunes otra vez los cruces de Belgrano, las clases de música, los actos, las reuniones, los boletines.

Igual, estas semanas tuvieron cosas impagables.
Después de dos años terminé las cuatro coplas de las sevillanas. Ahora solo queda practicar.
Los invitados que vinieron a casa a comer con nosotros un cordero que se deshacía de lo rico que estaba.
La única noche que pudimos salir con Luis a tomarnos una pinta de cerveza roja cada uno.
Maite volviendo del campamento más contenta,más grande.
Meneca diciéndome como dos veces estuviste estupenda.
Fabi, los quince días de vacaciones cuidando desde Loli hasta Valen, como un ángel, como siempre.
Las caras de Consu y de Gaspi cuando se encontraron, de casualidad, en la cola de Los Musiqueros.
Los Musiqueros que para despedirse cantaron la misma canción con la que despedimos a Ruth y a mi no sé por qué se me empezaron a caer las lágrimas pensando en lo contenta que hubiera estado Ruth con nosotros, justo ahí, en el Conti, con Loli y Tótal bailando, Estani aplaudiendo y Octi protestando porque se aburría.
Ruli, que ya cumple 7, Valen que estuvo más tiempo con Kp que en casa, Pili que en cualquier momento se nos pone de novia.

Y la certeza de que contra el tiempo que pasa no hay antibióticos.