martes, 9 de abril de 2019

Relato







Me faltaron tantas historias

La de mi cumpleaños. La de los regalos increíbles que recibí: la bici, los botines, la pelota, las crocs, los pantalones de arquera y tantos otros tan buenos.
La de Consu rompiéndola contra la UAI. La de Maite y Sonsi empezando, finalmente, las clases.
La de Valen y sus capturas de pantalla. La de la estatua de Plaza.
La de la rodilla sangrando después de caerme de la bici nueva.
La del tatuaje en Torre Minerva.
Las de las mañanas de los martes con Xime y con Noelia en Devoto leyendo Garcilaso, comiendo pollo y tratando de encontrar razones para no dejar de reirnos.
La del recorrido que hicimos con Luis por Palermo en el que conocimos a una serie de personajes interesantísimos que sabían un montón sobre la historia del fútbol y de los estadios.
La de viernes y sábado en Montevideo escuchando a Eté & los problems.

También empezó el torneo de exalumnas.

El campo de deportes en otoño tiene un color característico: el de las hojas amarillas amontonadas en el pasto seco mezcladas con la sensación de que tenés que correr una vuelta más porque ya se cumplen los doce minutos y querés dar por lo menos siete y porque además viste el auto verde de tu viejo esperando que termines, estacionado en la calle de adoquines por los que cruzan las ratas buscando algo que se cae de los camiones o de los silos del puerto y te querés ir rápido porque al día siguiente hay prueba de latín y te falta estudiar de memoria todo el vocabulario. Como tenés quince años te mandás un pique pateando las hojas que levantan vuelo apenas, y después se vuelven a confundir con el pasto seco y llegas casi a dar ocho vueltas. Entonces ese color de otoño en esas épocas siempre es victoria.

El domingo el mismo color hacía estallar el aire, pero cuarenta años después. Botines y guantes naranjas, medias, rodilleras, shorts y camiseta negras. Casi disfrazada. De Lev Yashin, araña negra, un relato soviético.
Antes del partido fui al vestuario a hacer pis, me llamó la atención cómo un lugar puede permanecer igual a lo largo del tiempo cuando alrededor todo cambió.
Me paré en el arco que le daba la espalda al sol de abril.
Tocaba jugar contra uno de los mejores equipos del torneo tienen una jugadora a la que todas llamamos Ronaldo y una arquera crack, de las que avanzan hasta mitad de cancha y patean.
Empezó el partido con una serie de pases que hicieron que tuviéramos a Ronaldo y sus compañeras adentro del área durante todo el primer tiempo bombardeando los tres palos sin ningún éxito. En alguna revolcada se me terminó de salir la costra de la herida que me hice en la rodilla al caerme de la bici hace unos días y la rodillera quedó roja de sangre. A los 15 minutos de juego, a la arquera crack que jugaba en mitad de cancha se le escapó una jugadora de las nuestras y en un contraataque glorioso nos pusimos un gol arriba.
Afuera la hinchada era nuestra y así, despacio, se terminó el primer tiempo.
En el intervalo decidimos seguir jugando igual poniéndole un poco más de atención a la arquera que pateaba unos bombazos infernales al arco.
Empezó el complemento: nuevo contraataque sin nadie del otro equipo defendiendo de mitad de cancha para abajo y la pelota que rodó despacio y en silencio golpeó la red. 2-0 arriba. El peor resultado. Se nos vinieron encima. A los 10 minutos del segundo tiempo la arquera pateó; una jugadora adentro del área amagó que iba a hacer un taco pero la dejó pasar, me descolocó y gol.
Al ratito se la empezaron a pasar entre cuatro en el borde del área, jueguito, pelotazo, la clavaron en un ángulo. 2-2. Así empezamos a aguantar lo que quedaba del partido, las teníamos a todas metidas en el arco, corners, laterales en contra, tiros libres, la pelota no les entraba. De repente otro bombazo de la arquera desde mitad de cancha, rebotó en una jugadora nuestra y la pelota se coló entre mi mano izquierda y el palo. 3-2. Cuando íbamos a sacar del medio la árbitro tocó dos veces fuerte el silbato. Se acabó el partido. Algunas se saludaban, yo me empecé a ir sacándome los guantes naranjas que brillaban demasiado, sin sentido. Escuché la voz de Ronaldo que decía “Voy a saludar a la arquera”, le dí la mano, después me senté en el cemento y me largué a llorar.
Hacía mucho tiempo que no lloraba por un partido.

Al lado mío apareció una arquera chiquita, una crack de diecisiete o dieciocho años, a abrazarme.
La reconocí en seguida: era yo hace cuarenta años, que estaba ahí en el campo para consolarme por la derrota.
Alcancé a decirle que cuando creciera iba a sacar algunas pelotas complicadas del ángulo pero que otras se le iban a escapar entre los guantes y se le iban a meter en el arco, pero que no se preocupara tanto, que a veces había revanchas.
Ella solo me dijo “sos una arqueraza” aunque las dos sabíamos que era mentira, que el tiempo no solamente le pasó a las hojas amarillas y a las canchas de polvo y que ningún disfraz de araña negra me iba a acercar siquiera a Lev Yashin. Creo que también lloraba un poco por eso.
Cuando me levanté porque ya el cemento me quemaba y la rodilla se había transformado en una bola de sangre fluorescente me dí cuenta de que la que me había dado un abrazo había sido Vicky, una gran arquera, que, a veces, me hace acordar un poco a mí cuando era chica.
Guardé todo en el bolso y me volvi a casa. No había ni autos verdes ni empedrado, ni ratas, ni vocabulario que estudiar para pruebas de latín
Pero a lo mejor habrá revancha.


El otro día Patricio me preguntó si conocía un libro que recopilaba cuentos de fútbol escritos por mujeres. “No” le respondí, “no lo conozco”. Seguramente serán buenas historias.
Casi que tanto como romperla en el arco me gustaría escribir buenos relatos de fútbol.
Ese libro del que me habló Patricio tiene en la tapa un zapato de taco pisando una pelota .
Yo por ahora solo tengo mis botines, la rodilla ensangrentada, y las lágrimas por no saber sostener un resultado.
Igual, es un montón.



sábado, 16 de marzo de 2019

Cemento





Avanza marzo.
Los lunes entrenamos en una cancha de cemento en la terraza de un club.
Villa Malcom se llama.
El primer entrenamiento coincidió con una noche de luna llena; la luz de la luna iluminaba las líneas de la cancha y las transformaba en cintas rojas, brillantes.
Para el cemento se usan unos botines distintos de los del sintético, de tapones más bajos; en el cemento la pelota va más rápido y el área es más grande.
Cuando llego a casa no necesito sacarme la ropa adentro de la ducha para que el caucho del sintético que se me mete en las medias y en el corpiño se vaya por el desagüe y no quede en el piso del baño como si fueran hormigas después del polvo venenoso que las mata enseguida.

Creo que cuando yo era chica tenía una amiga que iba a ese club y algunos días la acompañaba a clases de danza.
Creo también que esas veces veía gente bajando de un ascensor donde hoy están las escaleras y unos escaparates llenos de copas de futsal que por el polvo que acumulan parecen estar allí desde siempre.
Por eso ahora, todos los lunes, cada vez que llego a la cancha casi sin nada de aire después de subir cinco pisos pienso que hace cuarenta años debo de haberme imaginado un ascensor.

El club queda sobre Córdoba, a la vuelta de Serrano.
Muchas tardes me la pasaba en Serrano mientras mis viejos atendían el consultorio porque en Plaza no había nadie. 
Cuando iba a la primaria tomaba Nesquick y veía la familia Ingalls en una tele blanco y negro. 
Me sabía todos los capítulos de memoria. El que más me gustaba era uno que escribían en el pizarrón Jason loves Laura.

Cuando estaba en la secundaria, ya más grande, trabajaba como secretaria de los dos.Y papá me retaba cuando les cobraba a sus pacientes del PC. “Cómo le cobraste a ese que es camarada” me decía.
Cuando terminaban de atender volvíamos de Serrano a Plaza por Córdoba y pasábamos siempre por la puerta de Villa Malcom.
A veces nos quedábamos un rato trabados entre los autos porque la barrera bajaba y se hacían unos embotellamientos bastante grandes. Abelino decía “ya se hizo galleta” y mi mamá le decía “por no ir por Honduras”; después el tren pasaba, el tránsito se aligeraba y la onda verde nos llevaba a Plaza bastante más rápido de lo que nos había parecido en un primer momento.

De todas formas en breve ya no va a haber más barrera en Córdoba y en cualquier momento empiezan a demoler Serrano. 
Pronto el Nesquick de la tarde, Laura Ingalls, los pacientes camaradas a los que privé una y otra vez de la solidaridad proletaria de mi padre se van a cubrir del mismo polvo que tapa las copas de futsal que veo cada lunes cuando subo contando los escalones que me faltan para llegar a la cancha de la terraza de Villa Malcom .

Marzo sigue avanzando, 
Cumplo años. La vida sigue avanzando y con ella otra vez la desesperante relación entre los lugares idealizados, como la hierba degollada de Garcilaso que el martes llevaremos al penal de Devoto con Xime y con Noelia, y el tiempo que pasa.
Por ejemplo, esta cancha de cemento para la que no tengo botines, esa del área gigante de la que no sé salir jugando con los pies, esa en la que todas mis compañeras tienen treinta años menos que yo pero en la que hace treinta años era impensable que hubiera veinte chicas entrenando cada lunes a la noche.
Enterrar los recuerdos porque con ellos en esa cancha de cemento juego peor.




viernes, 15 de febrero de 2019

Prismáticos




Ahora estoy acá una vez más.
Mirando el mar, escuchándolo romper furioso contra las piedras.
Durante estos días pocos barcos esperaron en el horizonte.
Y el horizonte, al principio, parecía estar formado por olas encrespadas. Luis se dio cuenta y me lo mostró.
Tal vez por eso los barcos preferían llegar y entrar al puerto rápido, porque no encontraban una línea recta donde anclar seguros.
Frente a nuestas ventanas sólo hay uno, es gigante. Se llama Wisdom y algo más que no logramos descifrar.
Trajimos unos largavistas. Yo le digo prismáticos o también binoculares y cuando los chicos o las chicas me hacen enojar demasiado, sobre todo Toto, porque no los quiere prestar o los ensucia con arena, me confundo y me sale decir los auriculares.
Ahí Ruli se ríe y me reta y me manda decirles largavistas, como si le diera vergüenza que usara esas otras palabras. Cuando yo era chica me pasaba eso con mi mamá: me ponia de mal humor cuando decía palabras que no se usaban o que eran raras o que no me gustaba que las usara.

Los prismáticos aparecieron en un placard de Plaza, alguna de esas tardes de enero en las que me sentaba en el piso a ordenar lo imposible, a sentir cómo me estallaba un poco el cerebro entre tantos objetos que se iban apagando.
Estaban en un estuche de cuero negro, no sé de quién son, no tengo registro de su existencia durante mi infancia, no me produjeron ningún recuerdo cuando los encontré, ninguna sensación, nada. Seguramente por eso fueron de las pocas cosas que guardé con alegría.
Del resto, no sé. Pienso en esa cantidad de fotos que no me acuerdo si tiré o no la última vez que fui a Plaza, a tratar de terminar con el orden.
Se había hecho de noche, estaba sola y me agarró el ataque que habia podido esquivar las cinco, diez, veinte tardes anteriores en las que en medio del calor más insoportable tuve siempre una cerveza helada para refrescarme pero también para descansar de la tristeza del tiempo pasando como aplanadora.
Pero ese último día llené tantas bolsas de basura que ya ni me acuerdo qué guardé y qué decidí tirar.
Sobre todo fotos, montones de fotos, albumes de fotos ordenados por fecha que empezaban en 1880 y llegaban hasta 2015 que ocupaban todo el piso del garage, que se me venían encima casi hasta aplastarme.

Y entre tantos álbums, dos sobres. Uno decía Cuentos y otro Fotos. Los dos con la letra de Abelino.
Una foto me llamó la atención. Esa creo que no la tiré. Mi papá en una cancha, las medias bajas, sin canilleras. Como los cracks, como las pibas que la rompen, como esas arqueras que juegan sin guantes, que envidio porque son de futsal y saben avanzar hasta el círculo central esquivando delanteras.
En una cancha, corriendo detrás de la pelota.
Así me enteré de que mi viejo jugaba al fútbol sin canilleras, como los cracks.
También me enteré que había escrito algunos cuentos.
Pero no sé si me importó tanto no haberlo sabido.

Dentro de poco ya es mañana, dentro de poco es sábado.
Y yo voy a bajar como cada mismo día de estos veranos pasados a mi playa preferida, a sentarme un rato en la arena que está siempre húmeda.
A lo mejor mañana el horizonte va a volver a ser una línea recta y lo puedo ver con los prismáticos, a lo mejor se vuelve más irregular aún y también lo puedo ver con los prismáticos.
A lo mejor voy a pensar en las fotos de Plaza, a lo mejor me acuerdo de otras fotos.
Esta semana la orilla se llenó de piedras, muchas con forma de corazón. 
Loli y Lucía las coleccionan.
Pero en mi playa preferida las piedras están siempre, forman una muralla.
Mañana es el día en el que esa muralla se transforma en almenas de diamante para protegerme del mar furioso, del viento y del olvido.
A veces, los mejores objetos son las piedras.




viernes, 11 de enero de 2019

Verano




El verano avanza. La casa se quedó un poco vacía.

Pili se fue a Uruguay, si no le mando mensajes preguntándole cómo está casi que no escribe.
Las cuatro scouts están acampando en algún lugar de las sierras de Córdoba.
De las grandes solo se quedó Valen. Dentro de pocos días cumple 24. Hoy me acordaba cuando le fuimos a encargar el volado para la cuna una semana antes de que naciera.
Los más chiquitos quedaron acá como enjaulados: Octi rompió de un pelotazo la canilla que llena la pileta, empezó a brotar agua de la pared como una cascada. Estani anda en bici arriba del barro. Toto se pintó el pelo de verde. Loli está todo el día sentada frente a la compu viendo unos videos en you tube de personas que hacen hablar a los juguetes.

Tengo una lista hecha con mi lapicera de cartuchos rojos para cumplir en estos días: corregir trabajos para mandar, escribir trabajos para mandar, sacar todos los libros de la biblioteca y ordenarlos, vaciar Plaza, vaciar Serrano.
Pero todavía ni siquiera saqué fotocopias aumentadas de la elegía de Lope sobre la que tengo que escribir aunque le dije a Patricio que lo iba a hacer.
En Plaza solo revisé un poco en medio del desorden, entre telarañas de todos los tamaños apareció un vinilo de Invasión 88. Creo que era de mi hermano.
En Serrano aún no incursioné pero sé que adentro de un baúl está la colección completa de Doc Savage, como doscientos libros de un superhéroe que eran de mi papá y que yo me devoré un verano en el que no encontraba nada para hacer. En ese baúl también recuerdo haber visto los diarios del día que Fidel entró a la Habana después de siete días de marcha, también en enero.
El orden va a ser difícil en ambas casas, pero en Serrano va a ser un poco peor.

Si hace calor nos quedamos en la pileta. En el fondo del jardín hay unas plantas con flores violetas, a las que vienen los picaflores. Creía que era siempre el mismo pero Luis me mostró que hay uno que tiene el pico naranja, otro unos matices azules entre las plumas y otro es todo verde. Se detienen con las alas temblando y están poquísimos segundos en cada una de las flores. Después salen volando. Los miro y pienso dónde estará el nido.
En ese mismo cantero crece otra planta que tiene flores amarillas y rojas. Una vez por semana se llena de orugas que le comen hojas y flores, la dejan como si se la hubieran comido las hormigas. Y a la semana siguiente el jardín se llena de mariposas.
Siento como si estas visitas y estas metamorfosis fueran lo único que pasa en estos días de enero en los que la casa se quedó un poco vacía.

Estas tardes, cuando bajaba un poco el sol, salí a algunos lugares.
A jugar al fútbol, a dar una vuelta con Amali para despejarnos la cabeza, a tomar vermouth con Luis a una esquina con sillas de chapa en la vereda, a tomar cerveza con Vero en una terraza llena de lucecitas en donde planeamos un asado.

Pero hubo también otros jardines, con piedras, con escombros, con basura. En algunos pudimos hacer milagros y en otros solamente acompañar mientras transcurre este enero en el que parece que nada sucede mientras están pasando tantas cosas.









lunes, 31 de diciembre de 2018

Hambre






El sol de enero, sola en Montevideo. Mirando los edificios desde el río que nunca se hace profundo. Después la mujer que tomaba agua en la canilla de un parque mientras me contaba que se le había muerto un hijo y que por eso ahora caminaba todos los días hasta el Buceo.

Las cervezas de enero, en Olivos, después de los partidos de los viernes a la noche.

El sol de febrero en Quequén, el fin de semana largo que nos juntamos los 12, que nos sacamos una foto en la playa, que hacía mucho que no coincidíamos.

Las cervezas de marzo, las innumerables botellitas de mi cumple y las botellas de regalo.

El sol de abril, el de la Pascua en la isla Maciel, ese día que almorzamos con Noelia, las nenas y sus mellizos. El día que una de las nenas miró las Adidas de Sonsi y a mí me dio vergüenza. El sol que siguió brillando cada domingo arriba del Riachuelo cuando cruzábamos hasta el sábado pasado en el que terminamos con los ojos llenos de lágrimas. El abrazo fuerte con Luis, la sensación de ver cumplirse su proyecto.

El sol de mayo, en Montevideo, ahora con Luis, viendo a Eté y los Problems, yendo en bici a Carrasco.

Las lluvias de mayo, que hicieron que se suspendieran los partidos que no podía jugar porque una patada me había sacado el dedo de lugar.

El diluvio de julio en Montevideo, los tres días que recorrimos los 11 la ciudad bajo la sudestada y que conocimos lugares que nunca antes habíamos visitado.

Las cervezas de todos colores La Ipa negra que descubrimos con Coni el día que me agarró un ataque de tos. La que nos tomamos con Ceci una semana antes de ir a Luján para planear además de la caminata un futuro posible para todes después de haberme animado a abrir el garage de Plaza en el que encontré mi libro de Pinocho.

Las de los martes en Grun, las latas que nos regalaron cuando ascendimos y nos tomamos en casa cantando Cebollitas subcampeón. 
Las cervezas que siempre recuerdan que se puede cambiar de vida.

La lluvia que caía casi todos los sábados a la mañana, la que mojaba a Sonsi, a Manu y a Solange cuando se bajaban del auto y yo los despedía con un beso y les deseaba suerte.

El sol de la tarde que tirábamos las botellas de vino picado en el container de Plaza con mi hermano. Los primos y las primas que compartieron quince días como si estuvieran juntos todo el tiempo. Los trámites. Las risas.

Las cervezas que tomamos con Patricio antes de ir a dar clase y antes de tomar examen, que me dejaban con la sensación de que podríamos habernos quedado hablando veinte horas más porque seguimos compartiendo tanto.

Las cervezas que no nos tomamos con Xime, el viaje a las Altas Cumbres que nos quedó pendiente o que cambiamos por volver caminando del Instituto hasta nuestras casas algunas noches.

El diluvio que inundó los placares, que arrasó con la ropa de los chicos y con las carpetas del jardín.

Mis botines nuevos, mis guantes nuevos, mis rodilleras y mis coderas. Después, me desgarré. 
Los otros guantes, los de Yashin, que esperan el día que puedan salir a jugar.

El diluvio que empapó a las pibas el día que los senadores decidieron que siguieran muriendo mujeres que no pueden comprar el misoprostol en la farmacia de la esquina.

El sol de agosto, en San Nicolás. Subiendo una escalera caracol, con las botas que me pesaban cinco toneladas cada una, con el músculo que no terminaba de desgarrarse, con el hospital que nunca ví aunque le tuve que haber pasado por al lado. Con el hombre del juzgado al que le conté que justo iba ese día porque Felipe hubiera cumplido 18, porque había sol iluminando el Paraná y porque alguien me estaba cuidando. Y el del otro día cuando se volvió a desbocar el jabalí, con sus colmillos ensangrentados.

El diluvio que cayó la noche que fuimos a comer al Santa Evita con Paco, que mirábamos caer riéndonos los tres y bajo el que después Paco se fue en su moto.

El sol que nos pegó de frente toda la caminata a Luján, el que nos insoló un poco, el que quemaba el asfalto cuando hablaba con Enru de tantas cosas, el que nos encandiló cuando en La Reja nos abrazamos con María que nos estaba esperando espléndida para seguir con nosotras con su carterita de NY colgando del hombro.


Las cervezas que tomamos la otra noche con Patricia y con Meneca, cambiando nuestros almuerzos de los martes por un bar al atardecer.

Sol, lluvia, cervezas, Vero. El día que dejó todo lo que estaba haciendo porque la llamé llorando y una vez más se sentó conmigo a escucharme. Más todo el resto de los días que nos reímos tanto.

El sol que iluminó todo el año a mis hermosos hijas e hijos a pesar de la lluvia del día de la madre. Las banderas, los egresos, los dientes que se cayeron, Pili el día que fuimos a ver Petróleo, Valen cuando una vez más, como siempre, se puso las situaciones al hombro, Maite, su fiesta y su calma, Sonsi y su esfuerzo, Consu y Ruli en el Palmar, Estani el día de su clase abierta de cello, Octi y sus dibujos, Lolita y Toto que cerraron 18 años de jardín y que junto con Sonsi que terminó séptimo nos recordaron que este año nadie termina la secundaria.

Y, como me escribió Luis el otro día un verso de nuestro grupo preferido de 2018, después de haberlo visto ya no en Montevideo sino en Barracas, medio mareados porque nos dieron cerveza caliente: Al final será el hambre que nos ponga de pie.

Hambre de fútbol, de goles, de atajadas, de decisiones, de risas, de cambios de rumbo, de justicia, de amigos y amigas, de cervezas, de libros, de vida.
Que en 2019 el hambre nos ponga de pie
Ese es mi deseo.




jueves, 6 de diciembre de 2018

Dos días






Es martes. El cielo es casi un insulto, azul de tan celeste.
Otra vez caminamos entre los muertos. Otra vez miramos asombrados las cúpulas de las bóvedas, las esculturas, los ángeles, las cruces, las estatuas.
Llegamos.
Me siento en el cordón a esperar.
Los adoquines parecen pulidos por alguna máquina invisible o lavados, tal vez, por las espadas del olvido.
La espera me vuelve atrás en el tiempo.
Las memorias de otras mañanas de sol en esos pasillos me acribillan.
Enciendo el Boris, escapo a Salamina y a sus soldados.
El aire está inmóvil, vuelan los pájaros pero en silencio.
Por eso el ruido del camión cuando llega se escucha como un trueno, como un rayo que no cesa, como un heraldo negro.
Bajan los hombres con sogas que adivino inútiles, no necesitan levantar nada tan pesado ni tan grande.
En dos minutos está todo listo.
Me apoyo contra una pared que no es una pared, es la puerta de otra bóveda. A lo mejor lloramos, a lo mejor no. Solo siento que me tiembla un poco la cara.
Empezamos a caminar para irnos.
El camión retrocede, frena al lado nuestro. El chofer nos dice algo, pienso que nos mira con un poco de lástima, pero no lo sé con certeza. A lo mejor me lo estoy imaginando.
Luis se toma el subte y se va al centro.
Yo camino hasta casa. En alguna esquina me cruzo con el jabalí desbocado, con sus colmillos más ensangrentados que nunca.
A la tarde, vuelvo de Puan con Diego en el auto y así, de la nada, me cuenta una historia de Felipe.

Ahora es miércoles.
El cielo sigue furioso de azul pero no lo vemos, estamos adentro de una oficina.
Un olor a cenizas de todos los muertos del universo invade el aire.
Esperamos nuestro turno. Otra vez Salamina.
No sé por qué pienso en manos: las de Estani haciendo acrobacias en las cuerdas del cello para sacarle alguna nota, las de Loli deformadas de tanto chupárselas, las de Toto con las uñas largas y mugrientas, las de Octi dibujando mapas, escudos de fútbol y ciudades tipo Metrópolis.
Nos llaman desde un escritorio.
Mis manos dejan de ser mías.
Mis manos, las de los pulgares lastimados, las de los dedos golpeados por infinitos pelotazos, se me escapan como en un reflejo para alzar a alguien en brazos.
Pero es solo por un segundo, hasta que se dan cuenta de que no hay a quién alzar.
Nos vamos.






Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caussidière por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por el tío. ¡Y a la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del Dieciocho Brumario!

Como farsa:

El olor insoportable, todas las personas esperando en esa oficina tapándose la nariz, abanicándose con lo que tenían a mano.
Une empleade cuyo género no pudimos descifrar pasaba de vez en cuando rociando el ambiente con un desodorante.
Una mujer que arengaba a los gritos a todos los que se llevaban las urnas con un “Ahora a hacerles una misa y en Navidad a festejar el nacimiento de Cristo y no a Papá Noel que es un invento de los gringos y de Coca Cola”.
El gobierno de la ciudad que repartía bolsas con su logo para todos aquellos que quisieran meter allí las urnas con cenizas.
El hombre que atendía al público que consideró oportuno explicarnos que los cuerpos de los chicos tardan más en ser incinerados que los de los grandes.
Una mujer que en lugar de una urna había llevado una lata de pan dulce.
Los empleados que salían de adentro del crematorio que imaginamos en un momento como zombis a cargo del lugar.
El aparato del alcohol en gel que nos poníamos a cada rato en las manos para no sentir el olor que nos quedó impregnado en la nariz durante todo el día.
Los ataques de risa que nos agarraban que nos hacía parecer unos irrespetuosos con todo el dolor de la gente ahí reunida y en realidad eran para tapar nuestro propio dolor.

De todas formas, como después le dije a mi hermano por wa, por suerte podemos seguir sacando de algún lado la capacidad de la risa.
O como le escribí a Vero, tal vez haya llegado el momento de debutar con el whisky.




viernes, 30 de noviembre de 2018

Puentes








El viernes nos encontramos con Vero. Era temprano, por eso habíamos decidido cambiar las cervezas por un té verde en un patio de Palermo lleno de plantas. Me confundí la dirección y dejé el auto a más de diez cuadras, crucé caminando la vía por Gorriti. Nunca me dí cuenta de que a la derecha el puente de Juan B Justo ya casi no existía más. Con Vero planeamos futuro, proyectos e investigaciones que, pese a la falta de cerveza, sonaron bastante convincentes. Hablamos también de Juli y Sonsi que cierran su año de esfuerzo y de exámenes.


El sábado fuimos con Luis a llevar a Sonsi al curso. Después seguimos viaje. Antes de cruzar el puente hacia la isla paramos en una panadería por la Boca y compramos unas medialunas; las calles esperaban la tarde llenas de banderas que después se volverían inútiles.
No eran todavía las nueve de la mañana. En el mejor lugar del puente, justo en el medio, donde tiene un piso que bajo las ruedas del auto suena como de chapas y donde los costados se quedan sin rejas se podía ver cómo el Riachuelo brillaba demasiado limpio debajo de un sol tranquilo que no parecía de noviembre.
En el lado opuesto al río, cerca de la costa llena de galpones, un bote inflable de la prefectura cortaba el agua con una espuma marrón cruzando por detrás de unos plásticos verdes.
Mucho Mankell pensé cuando los ví.
En la isla Maciel tomamos unos mates, comimos las medialunas y organizamos unas listas. Después nos subimos a una camioneta y fuimos a recorrer las obras.
Les pedimos a los albañiles una cinta métrica y anotamos las medidas para las camas y para los placares. Por el costado pasaba una ruta llena de camiones que demuestra que la isla no es una isla, porque por esa ruta se llega directo a Avellaneda, sin agua de por medio.
Me fui contenta; dentro de muy poco la casa va a estar terminada.
De vuelta en el puente, al atravesar la parte enrejada, se me ocurrió que la obra había salido menos dinero que lo que va a costar la fiesta de 15 de Maite.
Y la alegría de la solidaridad se me fue pasando. Siempre en algún lado todo sigue siendo injusto.


El domingo salí caminando del campo después de jugar un partido de mierda, trabado, perdido 1 a 0. Crucé por Cangallo y traté de imaginar ese lugar hace casi cuarenta años cualquier tarde de invierno cuando terminábamos de correr los doce minutos dando vueltas a la cancha grande.
A lo lejos se veía el puente de Viamonte, el que teníamos que usar como paso en segundo año porque el de Cangallo estaba cerrado. Con Coni hacíamos dedo con unos chicos que terminaban a la misma hora que nosotras. Una vez sola nos habíamos podido subir a una camioneta; la mayoría de las veces nadie nos paraba, teníamos que caminar entre los galpones, los camiones que esperaban para cargar y algunas ratas que de repente cruzaban corriendo por delante de nuestros pasos.
Me acordé también de que una vez el puente se había empezado a abrir, habíamos saltado para subirnos y llegar a tiempo a la clase y estuvimos a punto de caernos. Ahora dudo si eso habrá sucedido realmente.
El domingo el sol también iluminaba el agua pero como era casi mediodía lo hacia de una manera un poco más fuerte que la mañana del sábado. 
Por este año se acabaron los partidos en el cemento pensé mientras miraba algunos mensajes en la pantalla del celu; después, entre la gente que paseaba por puerto madero, volví a mi idea de que el tiempo lastima más cuando seguimos dando vueltas alrededor de los mismos lugares.


El lunes volviendo a casa crucé las vías por Córdoba. No me terminé de acostumbrar a que no hay ya puente, me acordé de mi viejo que cada vez que lo agarraba esa barrera baja volviendo de su consultorio o del Zamorano protestaba porque en vez de subir el tren habían subido Juan B. Justo. Pensé que a lo mejor ahora se hubiera puesto contento al ver que la barrera no lo iba a demorar más. O a lo mejor no.
Cuando llegué a casa tenía algunos mensajes de Vero. No eran sobre nuestros proyectos del té verde. Era una historia: Juli le había contado que se había hecho amiga de una nena. En la conversación se dio cuenta de que esa nueva amiga de Juli era la hija de Paula, una super amiga nuestra de esos años en los que había que caminar hasta Viamonte. Esos años que las tres pasábamos los veranos en IMOS, que invitábamos a los chicos que nos gustaban a ver videos casi todos los fines de semana, que íbamos a recitales en el Luna Park, que escuchábamos Abril en Managua en un cassete azul, años en los que la verdadera solidaridad no era donar dinero sino la revolución que ya venía.
Y dio la casualidad, el tiempo o qué se yo que estas dos nenas se hicieron amigas, sin saber que sus mamás habían compartido tanta vida juntas.

Entonces, los puentes.



miércoles, 14 de noviembre de 2018

Sueños








I
Anoche soñé que se moría Corina, mi profe de latín de la secundaria. Ni fue una pesadilla ni me desperté sobresaltada, ni nada.
Solo que alguien me avisaba y yo lo primero que pensaba era que tenía que mandarles un wa a Vero y a Ceci para que nos juntáramos.
Después, entraba como en un estado de lamento, no tanto por la muerte sino porque me daba cuenta de que no había visto más a Corina desde quinto año.
No entendía, en el sueño, por qué no me había hecho amiga de ella una vez terminado el cole, por qué no había aprovechado estos treinta años para pedirle libros, invitarla a mis cumples o salir a tomar cerveza, café, whisky o lo que fuera. Era haberme perdido eso, no su muerte, lo que me ponía más triste de toda la situación.
El sueño siguió. Alguien me contaba que Corina se había ido a vivir a otro país con los hijos de Jorge a quien, en mi lógica onírica supuse su marido. Ahí me empecé a dar cuenta de que algo venía mal, si había algo por lo que admiraba y quería tanto a Corina en mi adolescencia era por su fuerza de mujer sola. La historia se me empezó a desmoronar: ya no conocia con quién estaba hablando, ni entendía qué me estaban diciendo, ni siquiera empecé a estar del todo segura de lo que soñaba.
Sí seguía sintiendo intacta la pena por el tiempo. No porque el tiempo había pasado, sino porque yo lo había desperdiciado.
Todo se encaminaba a que esa sensación convirtiera el sueño en pesadilla; pero, un segundo antes de que eso sucediera me acordaba de que Corina se murió un domingo de octubre, hace treinta años, cuando estábamos en quinto.
Y ahí entonces me pude despertar un poco más tranquila.

II

Otro sueño, no sé si la misma noche, fue que Toto tenía el pelo muy largo cuando se lo mojaba. Seco lo tenía corto como lo usa él pero al salir de bañarse le quedaba más largo que cualquiera de sus hermanas. Yo lo veía de espaldas y pensaba eso es porque es zurdo y va a ser un goleador. Pero en ninguna parte del sueño lo imaginaba con la vincha horizontal marcandole la circunferencia de la cabeza tipo el pájaro Caniggia en el mundial de Italia.
Después razonaba que Octi también quiere ser goleador y tiene el pelo corto y que Estani mientras sus hermanos van a fútbol practica cello y también lo tiene corto. O que Consu es crack, goleadora y es lo de menos cómo tiene el pelo.
Sumaba también a que no era un argumento del todo claro el del futbolista pelos largos porque ahora los futbolistas van rapados de un lado y las pibas también.
Y se me ocurría que me podía rapar yo un costado aunque sabía que no me iba a animar, como tampoco me había animado a tatuarme mientras había estado desgarrada y que ahora ya era tarde porque había vuelto al caucho y al cemento y tenía que jugar cuatro veces por semana y no me podían dar golpes en el tatuaje, más que me quería hacer la F en el muslo izquierdo donde ahora brillaba un moretón violeta, negro, verde horrible, es decir en una zona propensa a patadas y pelotazos.
De ahí pasaba a pensar que tampoco me animé a probar el whisky y que tenía aun la botella cerrada. Me acordaba que hablábamos del whisky en esos almuerzos de cumple que hacíamos antes. Ahí Meneca nos dijo que se toma puro, de un trago.
Pensé también que aunque no me animara al tatuaje, al whisky, al nuevo corte o a tantas otras cosas puedo por suerte seguir almorzando con Meneca muchos martes, aprovechando el tiempo.
Y cuando ya no me quedaba más nada que pensar, el sueño se congeló en la imagen de Toto de espaldas con su pelo empapado, larguísimo, sin ninguna vincha que lo atara hasta que vino Maite a despertarme para que la alcanzara a Tronador de la B.


viernes, 26 de octubre de 2018

Día de la madre

Empecé el día de la madre en un recital de Franny Glass, un uruguayo que le gusta a Luis.
Después tocó Niños envueltos, un grupo que tiene una canción que se llama Navarro Montoya. Cuando se terminó fuimos a tomar cerveza a la vuelta de lo de Vero, donde había ido yo con Vero el día que le dieron el diploma a Pili.
Para la entrega de diplomas Pili tenía un vestido hermoso que compramos un lunes a la tarde que hacía mucho calor. El sol reventaba el asfalto en la esquina de Superí y Pampa.
La noche del recital de Franny Glass no fuimos a The Oldest porque la última vez que había comido ahí con Luis yo me había largado a llorar.
Cuando volvimos Valen se había ido a una fiesta y Pili se estaba yendo con Clari y unas botellas de vino a la misma fiesta.
A la mañana temprano me fui a jugar un partido. En casa nadie se había levantado todavía. Perdimos.
El día de la madre ideal era victoria y todas mis hijas e hijos viendo el partido sentados en el borde del cemento.
En casa comimos pulpo.
El celu me estallaba de mensajes, más que en Navidad como me dijo Vero.
¿Más hijos e hijas te harían más madre, o mejor madre? Tal vez con menos sea todo más fácil, o más difícil.
Cuando terminamos de comer les dije a los más chicos que a veces me enojo demasiado, a las más grandes que a veces no me doy cuenta de que crecieron y de que las decisiones que toman no son las que yo tomaría.
Me escucharon sin decir nada.
De todas formas después hicieron entre los diez un reglamento de convivencia que pegaron en la heladera.
Es cierto que me enojo bastante últimamente.
Es cierto también que suceden cosas como Octi que lo manda a Toto a que le corte el pelo y el otro se lo corta. O Loli decide cortarse sola el flequillo. O Ruli busca algo filoso para sacarse una cosa del diente.
Y es cierto también que nada de lo que le digo a las más grandes parece interesarles. Y pienso si mi mamá no habrá sentido lo mismo conmigo.
Eso me pone triste.
Pero en general trato de hacer todo lo mejor posible.
Si decidimos ser madres entonces somos equilibristas, no nos sostiene casi nadie. Pero siempre hay alguna gente que nos escucha.
Así terminé el día, en el puente 5 de la terminal de Retiro, lloviznaba.

Volví a casa pensando que si no hubiera sido por Franny Glass, los niños envueltos, el pulpo, el cemento del cole y esa llovizna que paraba de a ratos hubiera sido un día de la madre olvidable.
Pero después me acordé de algo que nos dijo mamá algún día de la madre a mi hermano y a mí “Qué bueno haberlos tenido a los dos en el almuerzo”.
Y se me pasó un poco todo.



martes, 9 de octubre de 2018

Bancos




En el jardín tenemos dos bancos hechos por Gonza con la madera que recubría el túnel del tren fantasma del Italpark.
Un sábado de invierno a la mañana llegaron Gonzalo y Lucía cargados con ese regalo, de madera clara, con algunas vetas oscuras y con un detalle casi de poesía en las patas.
Esa misma noche los estrenamos con mis amigas de fútbol, una se dio cuenta de que eran de diseño. Tomamos cerveza y festejamos un segundo puesto de un campeonato en el que pude atajar los últimos partidos.
La segunda parte del año prometía acercarse a la perfección. Después me volví a lastimar.

El primer fin de semana de primavera, creo que llueve. Pasan demasiadas personas por casa, suben, bajan, vuelven. Valen, Pili y Clarita comen helado. Trato de poner un bidón de veinte mil litros en el dispenser y se me queda la espalda trabada. Siento que es para siempre, que soy una inútil, que todo el tiempo tengo a mis amigas corriendo por mí, que mientras la mayoría de las personas va por una autopista y a veces agarra algunos pozos, otras vamos por un camino empedrado con vidrios.
A la noche vamos con Luis a tomar cerveza. Después, me quedo despierta hasta la madrugada.
El domingo estoy un poco mejor.
Nos sentamos con María en el jardín, tomamos entre las dos una botella de champagne.
Cada vez que River mete un gol se escuchan los gritos de festejo.
Pienso que usamos los bancos cuando estuvo mi hermano, para que se sentaran los catorce primos y primas. Y pienso que a veces necesito tanto su tranquilidad al lado mío, su mirada Abelino de la vida.

El segundo fin de semana cenamos cebiche que prepara Luis, con un vino rosado riquísimo.
No me acuerdo mucho más.

El tercer fin de semana caminamos a Luján. Somos cuatro y después cinco, hace calor.
Contamos historias, cantamos Damas Gratis, los Charros, Vilma Palma, El viejo Matías; nos reímos; lloramos.
No puedo creer que hace quince días estaba deshecha, sentada en un banco,entre los azahares del mandarino que no terminan de salir.
Ahora, al costado de la ruta, en alguna casa o en algún puesto suena El ángel de los perdedores.
El dolor fue aflojando. Tengo como un pinchazo en la pierna desgarrada que de repente desaparece y me deja caminar tranquila.
Se hace de noche y empiezan los mensajes. Me propongo que en la próxima peregrinación también esté Vero con nosotras. A lo lejos aparecen las luces del primer puente, aprieto el denario que llevo en la mano desde la salida y eso me da fuerza para seguir.
Entramos a Luján y abrazo fuerte a Ceci, se nos mezclan las lágrimas. Cuatro años caminando juntas.

El domingo duermo hasta el mediodía. Almorzamos en el quincho. Después de comer nos quedamos un rato, ahí: Luis, Pili y yo.
Les cuento historias de Luján. También nos reímos.
Aparece un picaflor, se queda un rato larguísimo, lo miramos temblar entre unas flores violetas.
Vienen Octi, Estani y Toto a meterse en la pileta, se ríen porque los shorts del año pasado les quedan apretados.
Llega Valen y se sienta con nosotros. Contamos otras historias. Nos reímos un poco más.
Después las chicas se van a estudiar, Luis a ver a Boca y yo a dormir la siesta.
Perdiendo, ganando, aprendiendo a correrme del medio, a ser un poco menos egoísta.
Y con los bancos para sentarme por si me desarmo.
Sigo.