lunes, 29 de junio de 2015

Tortuga






Hace algunos años una tarde de enero Camila nos dejó una caja de zapatos con una tortuga adentro.
Empezaban unas obras en su casa y la mejor opción era dejarla con nosotros para que la cuidáramos por unos meses. Se llama Hugo nos dijo
El tiempo fue pasando; las obras en la casa de Camila se terminaron y la tortuga se quedó acá. Todavía no sé si le pusieron Hugo por la rima, tortugo Hugo o por Chávez o por las dos cosas.
Como sea la tortuga quedó como parte del hogar.
Otra parte del hogar es Vero, una nueva chica que viene a limpiar, no demasiado frecuentemente, una vez por semana, una vez cada quince días, como pinte la ocasión.
La semana pasada tuvimos bastante suerte, vino dos veces.
El lunes y el miércoles.
Fueron días de mucho frío y Hugo ya está hibernando. Abajo de la parrilla, en el lugar donde guardamos el cloro, el carbón y la leña.
Se ve que a la mujer ese lunes le dio pena el animal y lo metió en  el cuartito, el del fondo, donde ella se hace espacio no sé cómo para cambiarse y a veces para ducharse.
El miércoles, antes de irse, me llamó con la cara desencajada. Me dijo no sé qué pasó con la tortuga, yo la puse arriba de unas calzas que habia en el cuartito y ahora no está más y encima hay una rejilla destapada cerca,para mí que se cayó, terminó el relato visiblemente mortificada.
No importa, le contesté, no te preocupes. De todas formas para tranquilizarla del disparate que me estaba planteando la acompañé al fondo a inspeccionar el piso helado del cuartito.
La calza, que no sé muy bien cómo había llegado hasta ahí, estaba tirada en el suelo.Más allá,, en el ángulo de lo que parecería haber sido una suerte de cocina, una rejilla corrida dejaba paso a un agujero cuyo fondo era imposible de ver por lo profundo.
Para mí que se cayó por ahí repitió la mujer y siguió, yo que quise hacer una buena acción para que no tuviera frío ahora lo empeoré. Es imposible que pase por ahí dijo Luis que se había sumado al concejo.Re pasa refuté yo, viene caminando medio hibernada y se cae por el agujero.
Revisamos todo con la poca luz de los celulares porque por supuesto que en el cuartito no hay ningún tipo de luz artificial y esto debe haber ocurrido el día más corto del año. No apareció.
La pobre Vero se fue muy triste recordando una tortuga que ella tenía que también se había muerto. En algún momento consideré que capaz la mujer había urdido todo ese plan para robársela, pero después yo misma entendí que le iba a ser imposible emprender el viaje hacia su casa con ese animal, que pesa diez veces más que Tati, en un bolso.

A la mañana siguiente nos dimos cuenta de que los desagües del baño de Valen y de Pili, el de la bañera y el del lavatorio, no dejaban pasar el agua, no sabemos desde cuándo está así ni desde cuando que los baños de ducha se convertían en baños de inmersión por cómo se iba llenado la bañera. Luis buscó un cable de acero para pasarlo por los desagües.
Y ahí entonces yo completé el rompezabezas: el pobre Hugo caido en la rejilla había empezado a deambular por los caños y había precipitado el taponamiento de todas las cañerías, el agua en la bañera y en el lavatorio de Valen y de Pili se estancaba porque la tortuga estaba ahí metida.
Luis le dio con el cable, se puso un guante y sacó a las puteadas dos, tres, cuatro bolas de pelos podridos pegados con crema de enjuague llena de sarro, puso todo en una bolsa que no se podía ni agarrar del olor a podrido que tenía.

Y mientras tanto, Valen -a lo mejor compadecida del padre, al que solo le hubiera faltado tener que destaparles el inodoro- entró al cuartito con una linterna, revisó todo exhaustivamente y encontró a Hugo bien lejos, contra una pared, abajo de una cama.

Por las dudas, tapamos la rejilla.



sábado, 20 de junio de 2015

Nardos



Hace unos meses que descubrí los nardos.
El perfume de sus flores blancas logra que la casa parezca estar un poco más arreglada y que la ropa que se apila en el comedor esperando la plancha de Luis no se note tanto.
El otro día pasé por el kiosco de flores de Belgrano R y no había
Hoy fuimos con Pili, Octi, Estani, Loli y Tótal a comprar el regalo del día del padre.
En el negocio me preguntaron si eran todos míos, falta la mitad les contesté.
Se sentaron los cuatro (Pili no) en el piso para no tocar la ropa, especialmente unas corbatas fosforescentes que estaban puestas ahí, a mano haciendo un círculo de corbatas fosforescentes.
El negocio es todo de madera, hay olor a nuestras camas nuevas dijo Estani y se rieron.
Eligieron los regalos, Octi, Estani y Tótal salieron cada uno con una bolsita.
Después les compré una caja de lápices de colores para que le hicieran un dibujo al padre.
En el camino pasé otra vez por el kiosco de flores y esta vez sí conseguí los nardos.

En estos días estuve inventando unas historias con unos nardos, además del perfume que tienen me parece que la palabra suena bien y me gusta verlos marchitarse de a poco sin perder del todo el brillo. En la historia me servían además para disimular el olor a zapatillas sucias del cuarto donde conviven las cinco niñas de bebés a preadolescentes.

En estos días también estuve recorriendo un poco mi infancia y mi adolescencia.
Me acordé que odiaba el colegio.
Que cuando estaba en quinto grado me fui a Europa y llegué recién en abril.
Que ese mismo año empecé a ir a teatro en el Zamorano los viernes a la noche.
Que en el descanso nos sentábamos todos los chicos alrededor de una mesa larga a comer sandwichs de salame y queso.
Que volvíamos a casa a cualquier hora con mi papá contando los autos rojos que encontrábamos por el camino.
Que el viernes se fue transformando en el mejor día de la semana.
Me acordé que, ya más grande, me encantaba ser arquera de hóckey.
Que había partidos en los que me comía muchos goles.
Que en un partido en el que me hicieron bastantes goles saqué uno increíble en un ángulo estirándome no sé cómo.
Que cuando terminó el partido, mi papá que siempre trataba de venir a verme me dice pero qué bien esa pelota que sacaste en el ángulo.
Y yo, desanimada, me puse contenta por mi mejor hincha.

En estos días también me da pena, vacío o rabia tener que preocuparme solo por el regalo de Luis para el día del padre.
Pero compro los nardos, perfumo la casa.
Y en algún lado cantamos como tantas veces en el día del padre, en nochebuena, en el zamorano.

Marchitándose pero con brillo. 
Los nardos.




lunes, 15 de junio de 2015

Compras



Sábado a la tarde. Casi noche.
La abuela hizo un té con sus amigas y nosotras pasamos con Valen un rato a la salida de los scouts de las chicas.
Venían Xime, Guille y Lu a comer lentejas.
Antes de volver a casa teníamos que ir a Jumbo a comprar algunas cosas, pan, morrones y bebida. Salimos de lo de la abuela Valen, Maite, Sonsi, Consu, Ruli y yo, más un teclado gigante que Kp le había prestado a Sonsi para que llevara a los scouts que no sé cómo Gastón lo hizo entrar en la camioneta de Luis, más el pie del teclado que nos olvidamos y tuvo que volver a buscar Maite.
Todos a Jumbo.
En el estacionamiento acordamos que bajaba yo sola, sobre todo por la seguridad del teclado y su pie.
No sé cómo se escabulló Consu y cuando me dí vuelta ya la tenía al lado mío en la rampa.
A los dos minutos veo a Maite y a Sonsi cruzando a las corridas el estacionamiento para que las esperara y a los cinco Valen y Ruli con la excusa de que no nos vamos a quedar solas en el auto.
Buscamos el pan, el morrón y las mando a buscar Coca, sí o sí tengo que comprar forros, se nos acabaron hace unos días y en eso ya somos fundamentalistas.
A veces me imagino nuevamente embarazada, ahora de trillizos y una larga fila de gente con nombre y apellido encabezada por mis hijas mayores y detrás de ellas otras personas conocidas más todos los profesionales presentes en mi última cesárea reprochando nuestra irresponsabilidad.
Sí o sí tengo que ir en procura de los forros.
Pero cuento con algunas desventajas: no me puedo sacar de encima a Sonsi, Consu está manija para comprar las figuritas de la Chile y tenemos que pasar las cosas por el scanner de la caja rápida.
Maite y Valen ya están en la caja, hago tiempo la mando a Consu a buscar sus figuritas, Sonsi pide permiso para comprar chicles, le digo que sí y también me la saco de encima.
Encuentro lo que busco.
Tanto las figuritas como los Prime vienen en cajitas de plástico, Maite scanea las figuritas sin problema pero no puede creer lo que le estoy dando en la otra cajita.
Pone cara de asco y se lo aleja del cuerpo.
Y el scanner no pasa, la pobre Maite vuelve a probar frente a los gritos de sus hermanas que preguntan qué es eso y los forros no pasan.
De atrás escucho la voz del sentido común, la de Valen, que me avisa mirá que en farmacity hay dos por uno.
Los devuelvo a su lugar. Volvemos a casa.

Más tarde tengo que llevar a Pili al subte, le contamos la historia, Valen insiste con el dos por uno. Uno para vos y otro para ella reflexiona Pili y Valen se enoja.
No necesito dice, y pienso que ya no quiero ni abrirle el placard por no encontrarme con la tableta de pastillas.
Pienso que por lo menos Pili no dijo uno para vos y otro para mí.
E inevitablemente pienso también que rapidísimo que crecen todas.
De vuelta del subte paramos en farmacity.
Valen se queda en el auto con Sonsi a la que no nos podemos nunca sacar de encima. Fijate lo que comprás me dice antes de que me baje, no vayas a confundirte y cuando llegues a la caja hagas el papelón de tener que ir a buscar otra marca u otro modelo.
Le faltó decir por hoy ya hiciste bastantes papelones.


jueves, 11 de junio de 2015

Desorden

Terminé el prólogo de Santa Teresa, la convertí en un erizo, una tortuga, una mujer de espinas y caparazones, crustácea.
Terminé de completar formularios. Pidiendo dinero, pasajes, sillas, mesas a una gran cantidad de instituciones y con distintos fines.
Me fui dos días a La Plata, a un congreso.
Cuando volví se portaron todos pésimo durante un tiempo largo. Me pelée con Valen porque no me dejó lavar los platos.
El domingo festejamos los 92 años del Zamorano, con la ropa de mi abuela. Como no llegué a coser una cinta de la pollera la arranqué para no andar arrastrándola.
Este año la ropa no olía tanto a humedad como en los años anteriores. Como Luis estaba con fiebre me tuve que llevar a los siete más chicos a la comida.
La peor parte la tuvo Enru. Los tuvo que cuidar a todos ella.
Y le tuvo que cambiar la caca a Loli que con el pis todo bien pero para la caca le falta un poco.
Entre aniversarios y congresos abandoné a mi familia.
Así, en casa, la mugre avanza lentamente en todos lados, telarañas, manijas que se caen, puertas que no cierran. La única solución sería reconstruirla.
Tenemos un presupuesto para pintarla antes de la primavera, la pintamos y me despido definitivamente de mi Nissan March azul eléctrico o el color nuevo azul petróleo.
El desorden también avanza, no tan lentamente.
Experimenta un retroceso aparente cuando decidimos ordenar, pero en seguida los cuatro más chicos vuelven todo a su momento de origen.

Miro, por ejemplo, alrededor de mi escritorio, cifra de la desidia y del caos.
Un termo nuevo que nos ganamos el domingo en el Zamorano, en el medio de la fiesta. Para alegría de Xime y del próximo viaje en nuestro auto a Jujuy. Claro que no tengo modo de decírselo, no me andan los mensajes del celular y ella no tiene ni wa ni puede ver facebook.
El mate con yerba de cuatro días que está ahí arriba desde antes de ayer.
Poesía reunida de Arnaldo Calveyra con la tapa llena de otoño y con el poeta sentado en un banquito en medio de las hojas caídas. Con versos que dicen orillas, una lluvia de malvas.
Mis castañuelas. En su estuche casi fucsia con puntos blancos brillando entre el negro de los cordeles.
Todavía no las sé hacer sonar como quisiera pero son lindas a la vista. Cada uno que pasa las saca del estuche y las empieza a tocar con distinta suerte.
Otro libro, las Soledades, el discurso contra las navegaciones. Con versos que dicen sombra del sol y tósigo del viento.
La foto de siempre, la del zoológico.
Con el lago atrás, verde como la pileta de casa.
Los dos tan llenos de rulos. Riéndonos. Tan iguales, en un tiempo inmóvil, agua estancada.
Entonces, reformulo.
No hay caos, no hay desorden

Acá, ahora, sobre mi escritorio, libros, mate, foto, castañuelas, el paraíso.

lunes, 1 de junio de 2015

Hormigas







El otro día encontramos un rato y fuimos a comprar los colchones para Loli y Tótal.
La situación con Loli por las noches se había vuelto insostenible.
En algún momento, siempre cerca de las 3 de la mañana,  se despertaba aprisionada entre la pared de red de su cuna y un mueble. 
Y empezaba el llanto.
En un movimiento mecánico y sonámbulo me levantaba, la alzaba y la ponía en el medio de nuestra cama con todo lo que ello significaba.
El martes trajeron los colchones, cerramos las cunas para siempre y les armamos las camas de abajo de las camas nuevas de los dormitorios.
Loli con las chicas, cinco en un cuarto.
Tótal con sus hermanos, los tres durmiendo juntos. Se hace el canchero para que los otros dos se rían, ya no me da bola. Creció, en cualquier momento deja la teta.
Nuestro dormitorio quedo inmenso, parece vacío.
Los otros de a poco van adquiriendo las características de lo que supongo serán los campamentos de refugiados. 
Donde duermen las cinco niñas casi que no se puede entrar del olor que hay. 
El de los varones está un poco más ordenado a costa de que meten todo, absolutamente todo adentro del placard.

Anoche me quedé trabajando hasta tarde. Tengo diez mil cosas que resolver y no puedo solucionar ninguna.
Encima volvieron las babosas a la cocina.
Luis se había bajado el documental de Alex de la Iglesia sobre Messi y suponía, con razón, que a mí no me iba a interesar nada.
Pili estaba corrigiendo un informe de Física y se quedó conmigo.
Yo estaba tratando, sin éxito, de pensar algo original sobre las ventajas de que una epístola de principios del siglo XVII esté escrita en liras y no en tercetos.
A la una y media con la cabeza quemada subí a dormir.
Luis me esperaba despierto. O a lo mejor lo desperté yo.
Después de cuatro años de estar compartiendo nuestras noches con dos criaturas no sé por qué se preocupó por cerrar la puerta del cuarto.

Antes de ir a lavarme los dientes deduje en la oscuridad que alguien había dejado un pedazo de banana en mi mesita de luz.
No había comido nada de postre así que pensé que iba a ser una buena idea comérmelo antes de dormir, por si me faltaba potasio, o me agarraban calambres a la madrugada.
En la oscuridad, la puerta cerrada no dejaba pasar la luz que hay que dejar prendida para que nadie se caiga rodando por las escaleras.
Hace un tiempo que tiramos a la basura los veladores cuyas pantallas no podían sostenerse derechas.
En esa oscuridad, entonces, con el mismo movimiento mecánico y sonámbulo que alzaba a Lolita, extendí la mano, agarré la banana y me la metí en la boca.
Camino al baño sentí un latigazo ácido en el labio.
Pensé que la banana se había podrido demasiado rápido, que a lo mejor alguien le había tirado perfume encima, suelen vaciar frascos de perfume en lugares.
Con todo era una sensación rara; ácida pero móvil. Ya la sentía en la garganta.
Temí caer envenenada.
En los dos segundos que duró el camino a lavarme los dientes descarté posibles tósigos, recordé una vez que me intoxiqué con unos zapallitos, me imaginé todo el día siguiente en la recuperada cama pero vomitando.
En el baño tomé un vaso de agua y sentí como el líquido lo único que hacía era empujar esa sensación al estómago.
Empecé a escupir, tomé más agua pero para escupir más fuerte.
Prendí la luz del baño. Miré lo que había escupido.
Ni veneno, ni podredumbre, ni perfume.
Tenía la boca llena de hormigas.




jueves, 21 de mayo de 2015

Km 230




Llegan al mismo bar una vez cada dos o tres años.
A alguna mesa cerca de las ventanas. A una botella de cerveza casi congelada.
Intentan ver el río más allá de una barranca de árboles raros en medio de lo profundo.
Sin suerte.
Y sin embargo traen en el cuerpo el sabor azul del agua.

Algo los empuja a hacer de vez en cuando ese mismo recorrido.
Ahí, en las mesas cerca de las ventanas, se distraen con la gente que camina por las veredas tan angostas, tan cerca de las que deambulaban las noches de febrero buscando un lugar para comer y las persianas de todos los negocios cerrados.
Cuando tan pobres y tan ciegos.
Adelanto fugaz del desamparo

La piedra de las calles les parece la misma, más blanca.
La plaza tal vez les parece la misma, más blanca.
El calor siempre es el mismo, abril, diciembre, octubre, julio.
Después sabrían que eso era también el gusto del humo.

Pero igual se perdían, se había secado el rastro.
Brillaba como un cristal pero era de sangre. Y no había pájaros cortando el cielo
Así, cada vez, oscuros la noche, no los encontraba.

Aunque de día todavía los guia el cansancio que domestica las tormentas.
A la noche ya la conocían, ahí sentados, no les había dado nada.
Un poco de vidrios.
Ni amargos, ni ácidos, nada.

Hay veces, segundos antes de irse, que por esas veredas angostas, blancas, los lastima la carrera desbocada del jabalí esmeralda.
Cabalga desenfrenado, rompiendo el puro aire, con los colmillos de marfil enfurecido.
Él sí encuentra el río. Revuelto aguas adentro.
No se animan a seguirlo.

Terminan la cerveza.
Suben al auto.
Al costado de la ruta. Adivinan el perfume de las naranjas envueltas en una red finita.
Compran casi diez kilos.
En dos o tres años vuelven.
Nunca llueve.





domingo, 17 de mayo de 2015

Gripe



Cinco de la tarde empieza mi clase.
Como siempre la sensación de que con tiempo podría haber salido mucho mucho mejor.
Son las tres y tengo todo controlado con excepción de una gripe que parece insinuarse lentamente a través de un dolor de cabeza y una serie de estornudos, de todas formas nada grave.
Son las tres, y tengo todo controlado hasta que Luis se levanta de su escritorio y me anuncia que se va a llevar unos papeles a Liniers.
Miro la hora, calculo que los chicos del jardín salen a las 4, que el tránsito en esta ciudad es un caos absoluto, pero entre el sentido común y el amor salvaje elijo creerle a Luis que me tranquiliza con un llego perfecto a buscar a los chicos al jardín.
Termino de armar la clase que tiene que durar cuatro horas sin muchas posibilidades de recreo.
Creo que zafo: Lope, teatro, historia, si no puedo eso no puedo nada.

A las cuatro la gripe avanza, decido empezar a preparar mis cosas no sin antes subir por un ibuprofeno preventivo.
A las cuatro suena el teléfono, la optimista voz de Luis que me avisa que está en Liniers subiendo a la General Paz, que le parece que no llega a buscar a los chicos al jardín.
Pienso que a esa hora no llego ni yo, le corto rápido para poder salir al cruce de Belgrano después de un apurado sos un hijo de puta, no me podés estar avisando a esta hora, y menos no llegar sabiendo que yo a las cinco tengo que empezar a dar mi clase.
Llego al jardin no tan tarde pero tengo que estacionar en la vereda de enfrente.
A veces pienso que pagaría una cuota de colegio privado solo para tener esos conitos guardando lugar en la puerta de la escuela.
Estacionar en la vereda de enfrente significa tener que cruzar con cuatro criaturas, sus mochilas, sus guardapolvos que eligen sacarse ni bien atraviesan los escalones de salida y algunas bolsas extras.
Esta vez me ayuda Amalie a cruzarlos, pero con Oli y Cata.
Cruzamos entonces en total, seis niños y dos adultas.
Los tiro a todos adentro del auto, Octi, Tótal y Estani a los gritos. Octi porque se le había perdido el chupetín que le habían regalado en la veterinaria a la cual habían ido de excursión, Estani porque se le había perdido el imán que le habían regalado en la veterinaria a la cual habían ido de excursión. Y Tótal porque quería chupetín.
Vuelvo a cruzar a ver si encuentro por la vereda el chupetín o el imán. Encuentro tirado el imán, le prometo a Octi que el padre, que estará esperando en casa para bajarlos rápido del auto le va a comprar un chupetín naranja, como el que perdíó.
Sigue llorando, arranco. Va avanzando rápido el reloj y la gripe.

Puedo empezar la clase a las cinco y media después de dar vueltas y más vueltas a ver dónde podía abandonar el auto pensando que estaba transitando por uno de esos momentos ideales para contestar el no sé cómo hacés con tantos.
Antes de entrar, en la puerta de la facultad estacionado, como tantas veces que voy a dar clase, el Nissan march azul eléctrico, nuevo, reluciente.

Pasan dos horas. Siento que tengo más fiebre. A las siete entra el mozo del bar de enfrente a ver si queremos algo para tomar. Necesito un té pero salí de casa tan rápido que no sé si tengo plata.
No se preocupe profesora, nosotros la invitamos, me dice alguien. Es que tuve que ir a buscar a mis hijos al jardín y estoy a las corridas intenté explicar.
Y otro me dice pero profesora usted tiene hijos, sí sí le contesto, oscura como siempre.
Y cuántos hijos tiene insiste el muchacho mientras yo intento romper el sobrecito de plástico en el que venía el jugo de limón para el té, bastantes le digo sin siquiera levantar la vista de la cucharita.
No se nota profesora, escucho. No sé qué habrá querido decir.
Seguí la clase que salió bastante mejor de lo que pensaba.
A las nueve terminé. Por favor vaya a acostarse profesora y tómese la temperatura se despidió el que me queria pagar el té.

Me faltaba todavía pasar por lo de Meneca a buscar unos libros que le había pedido prestados.
Y entre los libros -mejor que un talismán, un antídoto o que el ibuprofeno más poderoso para la gripe que nunac había llegado a tomarme- un regalo increíble.
Y debe haber sido por tanta fiebre o por el regalo o qué sé yo que me dieron ganas de volver quince, veinte años atrás a leer a Lope, a estudiar el teatro histórico, a editar a Tirso, a tener las cosas más claras, mejor organizadas.


lunes, 11 de mayo de 2015

Huesos

Están pintando la casa de mi madre. Por eso el viernes vino a dormir acá, en este confortable hogar en el que faltan camas y faltan dormitorios.
Pili a cambio de que la dejaran pasar la noche fuera de su casa cedió rápidamente su cuarto para la abuela.
Pero la abuela no llegó sola, lo hizo acompañada del maple de huevos que nos trae todos los viernes al volver del consultorio y de una bolsa de huesos destinada a Kp.
Así llegó con su carga de huesos y huevos.
Los treinta huevos se gastan en menos de una semana pero con los huesos se complicaba, sobre todo porque su entrada en esta casa había sido tal vez producto de un malentendido.
Luego de varios intercambios telefónicos con Valen entendió que a Kp los huesos le hacían falta para sus estudios de medicina, cosa que Valen aparentemente nunca le había manifestado a su abuela y menos Kp.
Frente a esa situación le dije a Valen que no quería ni enterarme que los huesos estaban en casa y menos que se enteraran sus hermanas o hermanos, que en cuanto pudiera se los llevara a Kp y que si Kp no los necesitaba que dispusiera de los huesos de alguna manera.
Dedujimos entre las dos que el modo más seguro de deshacernos de ellos era que los volviéramos a poner en la bolsa y los lleváramos nuevamente al consultorio.
Por añadidura la abuela prometió un pie, que todavía no había encontrado pero que seguía buscando con ahínco, a lo que Valen le respondió que este año Kp todavía no veía pies.
A la noche Valen se iba a lo de Kp, le pedí que le llevara los huesos.
Como la chica tenía que ir caminando pensó que mejor no llevarlos, no fuera que la parara la policía y que no supiera explicar qué hacía con esa bolsa llena de huesos.
Los dejé bien guardados- me tranquilizó antes de irse- previendo mi imaginación de niños y niñas dándose con los huesos por la cabeza, usándolos como palos de hóckey o guardándolos en las mochilas para llevar a la escuela.
Me olvidé de los huesos y nos fuimos a dormir, no sin antes acompañar a Maite al cumple de una amiga que vivía en el piso 20 y comprobar que para mis hijas medianas, que formaban parte de la excursión, el ascensor es sinónimo de aventura.

A la mañana Luis se fue temprano con Maite y Sonsi y yo me quedé durmiendo un rato más.
Todos los más chicos se levantaron y amparados por Consu bajaron a la cocina a prepararse el desayuno.
Entre sueños escucho que sube Octi a pedirme permiso para que Consu les haga licuado. Entre sueños le digo que sí.
Al rato me despierta un ruido fuerte.Van entrando todos en el cuarto con vasos llenos de yogurt.
Al final no tomamos licuado, tomamos yogurt me avisan, no tomamos licuado porque se rompió la licuadora.
Recordé en ese momento que la licuadora la compramos en el verano, duró como mucho tres meses.
Les pego un grito ¿cómo que se rompió?. Sí, se cayó me dice Ruli, se rompió un poquito abajo y no engancha sigue Consu, se cayó sola termina Estani. ¿cómo que se cayó sola? Sí, sí se cayó sola siguen todos, Tótal, que no se le entiende nada me decía también algo similar a cayó sola.
Imposible que se haya caido sola insisto, a no ser que haya habido un terremoto ¿quién la tiró?
Nadie, se cayó sola siguieron repitiendo.
Bajé, cada vez más enojada, el living estaba lleno de juguetes, de hojas, del mismo desorden de siempre, pero consideré apropiado seguir gritando para que ordenaran y para que me dijeran quién había tirado la licuadora.
Amenacé con diferentes argumentos, el peor de todos fue para Consu, no vas a ver Boca-River a lo de Gaspi.
No logré ninguno de los objetivos.
Los seis, desde Loli hasta Consu, seguían firmes en sostener que la licuadora se había roto sola.
Por supuesto ninguno bajó a ordenar, quedé gritando y ordenando un tanto extraviada en uno de esos momentos en los que me gustaría que me viera toda la gente que me pregunta cómo hacés con tantos.
Alguna de las cosas tiradas se guardan en el bajo escalera, arriba de unas cajas; corrí una bolsa para acomodarlas y de la bolsa se me vinieron todos los huesos en la cabeza.
Evidentemente no estaban tan bien escondidos.
El día continuó con la abuela que encontró el pie pero que no se lo aceptamos, por lo menos hasta tener la certeza de que Kp lo va a necesitar.
Y con la imposibilidad de saber quién rompió la licuadora.
Se cayó sola siguieron repitiendo toda la tarde.

Creo que fue ahí que se me ocurrió cambiar la obra de teatro para el próximo cuatrimestre y dar Fuenteovejuna.



martes, 5 de mayo de 2015

Cítricos


Los cajones de fruta que compramos el jueves santo  en el mercado se van vaciando pero como son con seña ni los podemos tirar ni los podemos ver chisporrotear en el fuego del asado.
A veces sobreviven en el fondo algunas cáscaras que vuelan de la bolsa de cebollas.

En uno solamente quedan algunos limones durísimos, de los que hay que cortar dos cada mañana con el mejor cuchillo que tenemos para que Ruli se haga limonada.
Hoy, por ejemplo, me corté un dedo.
Cortar los limones, exprimirlos, completar con agua, ponerles azúcar y eso desayuna Ruli.

Quedan también una serie de mandarinas dispersas por las heladeras.
A la noche separamos los gajos podridos, tiramos las que están blandas y con olor y reconstruimos una o dos para Octi, Estani y Tótal.
Unas manzanas comidas vueltas a guardar que se van poniendo marrones por donde les falta la cáscara.
Y no mucho más.


El árbol de mandarinas hace dos años venía dando unas mandarinas medio verdes pero dulces.
Pero este otoño no dio ninguna.
En algún momento había un árbol de kinotos. Nadie los comía.
Ahora solo quedó el mandarino.

El otro día, cuando pasó la tormenta, después de almorzar, ví, desde la ventana de la cocina que colgaba del árbol una mandarina verde medio amarilla, mojada por la lluvia.
La fui a buscar y cuidando que nadie me viera separé de a poco los gajos y me la comí.
Perfecta, riquísima, el gusto justo entre dulce y ácida.
La mejor mandarina de la temporada.
Me sentí una egoísta. Siguió la tarde.

Casi a la noche fuimos a jumbo. Colas larguísimas.
En la cola de al lado una mujer, su marido y su niño.
Cuantas cosas que comprás me dice, es que somos doce, prendo el cassette.
No sé cómo hacés, yo con uno y lo de siempre, pero esta vez un poco peor, somos padres grandes, este chico nos agarró desprevenidos, no sabemos muy bien qué hacer, nos desesperamos por cualquier cosa, mi marido no tiene paciencia. Le dice al marido ¿sabés cuánto hijos tiene la chica? Vos no podrías, te volvés loco con uno, yo le contestó el otro y ¿vos? ¿Yo qué?¿yo soy la egoísta?
Los carritos avanzaron y me alejé convenientemente de la conversación.

Pensé en mi propio egoísmo.
Las mandarinas podridas para mis hijos varones, los limones durísimos para Ruli y las manzanas marrones para las demás.
Y yo con la mejor mandarina de la temporada.

Otras cosas, un poco sueltas
Ahora, después de tanto tiempo, venimos a descubrir que nos deslumbra ser de Español.
Y parece que deslumbra escribirlo.
Aunque ni siquiera hayamos pisado las espinas de la cancha de Platense esa tarde, hace veinticinco años.

Es casi más convincente el circo del superclásico
Valen que huyó con Kp el domingo a la noche después del 2 a 0.
Consu que generosamente compartió camisetas xeneixes con todos sus hermanos.
Sus hermanos que sin entender nada ni ver ningún partido estuvieron toda la tarde con las camisetas puestas.
Sonsi con un brazo hinchado, rojo y caliente como si la hubiera picado una serpiente venenosa.

Así, empieza la semana.
Cítricos podridos.
Con, alguna de estas mañanas, una posible nueva ida al mercado, donde el olor del verano a sandías flotando en el agua sucia ya debe haber mutado en el olor a invierno, a alcohol o al humo de las mujeres que hacen tortillas en los pasillos que separan las naves.

Con las sevillanas casi listas.

Y con la promesa, el jueves, del tercer superclásico de la semana.


jueves, 30 de abril de 2015

Tercera






El lunes a la noche antes de que se levantara tanto viento terminamos de aprender la tercera copla de las sevillanas.
Ya va a hacer casi tres años que voy a las clases y recién saqué la tercera copla.
Un promedio de una copla por año.
La tercera copla creo que es la más difícil, tal vez más que la segunda.
Pero todavía no aprendimos la cuarta
De todas formas la segunda me costó más porque tuve que faltar bastantes lunes por los teóricos y me perdí las explicaciones iniciales, fundamentales siempre para que la copla arranque bien.

La tercera empieza con un paso de sevillana y después sigue con una serie de giros endiablados que conspiran contra el equilibrio y la gracia del baile, para los que la tienen,claro.
Yo por mí parte desde arriba del escenario pongo fija la mirada en el cartel del guardarropas del Zamorano, que lo tengo justo enfrente del lugar donde me paro para bailar y sé que cuando doy la vuelta debo mirar fijo ahí cuando empiezo y cuando termino, para ni marearme ni caerme.
El cartel en realidad son unas letras negras, pintadas a mano pero bien prolijas, rodeadas por un rectángulo de aluminio.
Está ahí desde siempre, desde antes de que necesitara una referencia para la tercera copla.

La segunda parte de la copla, después de los giros, viene con zapateo, un zapateo fuerte, que sale de atrás para adelante, como si fuéramos a patear un penal pero de atrás.
El lunes zapatée fuerte, casi como para perforar la madera del escenario, agujerear el piso y poder ver el sótano de abajo, donde cuando yo era chica guardaban unas sillas de todos colores que sacaban para las fiestas y con las que mi papá me hacía como un tren para que pudiera dormir ahí cuando tenia sueño.
Ahora las sillas son marrones, pero a veces para algunas fiestas importantes las vestimos y no se pueden hacer trenes para que duerma, por ejemplo, Loli.

Y sigue la tercera copla con más vueltas y más inclinaciones del tronco.
Y después termina, con otro giro.
Los que la saben bailar deben sentir que el cuerpo es como una pluma, o un resorte.
Al resto se nos da vuelta todo y no sabemos para qué lado tenemos que quedar mirando o con qué pie arrancar de vuelta, el que quedó adelante, el que quedó atrás, el derecho, el izquierdo.
Ni me imagino aquellos pobres que no cuentan con un cartel de guardarropas como referencia.
Ni me imagino cuando tengamos que añadirle los brazos, o las castañuelas cuyo R.I todavía no logro sacar.
Tres coplas en casi tres años.

Así empecé la semana, un poco mareada pensando en esas sillas de colores de cuando era chica.
Se le sumó que a Valen se le infectó una muela y la dentista se la tuvo que sacar.
Que a Andy, la hermana de Lucas, que ahora cuida ella a los chicos todas las tardes, la tuvieron que operar de urgencia de apendicitis.
Que definitivamente doy por terminada la época de pileta y de cerveza por el viento que se levantó.
Que el hisopado de fauces de Maite, por suerte, dio negativo.

Y otra tercera. La tercera temporada de House of Cards, que se pone buena a dos capítulos del final, sobre todo porque suman algo de garche, que en el anteúltimo capítulo tiene un diálogo impagable entre Claire y una mujer de Iowa que no puede despegar a su beba de la teta, diálogo que para mí garpa por todos los no tan buenos capítulos previos.

Y una addenda. Me cuenta Pili que el candidato a jefe de gobierno de Massa había declarado que no iba a explotar en la campaña su parecido con Francis Underwood (o sea Kevin Spacey!), nada que ver me dice, es lo que quisiera. Claro, le digo a la chica no muy atenta a su diálogo.

Pero, sigue con su reflexión, como si vos dijeras que querés un tercer mandato en el Zamorano pero que no te vas a aprovechar para la campaña de tu parecido con, ponéle, Penélope Cruz ¿no?
Y sí, Pili, ponéle, es lo mismo.